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¡Sígueme!

Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y se levantó y le siguió.

(Mateo 9:9)

El llamado de Cristo a sus discípulos no fue finánciame, sino sígueme, algo que no afectaría tanto su bolsillo como su tiempo, y es esta precisamente la paradoja de nuestros días: hoy hay más gente dispuesta a poner su mano en el bolsillo que gente dispuesta a poner su mano en el arado.

En los últimos tiempos se ha hecho mucho énfasis en que los cristianos descubran sus dones, habilidades y talentos, entonces encontramos personas que conocen su llamado, pero no lo cumplen, ya que están muy atareados y afanados en sus propios beneficios: ora desarrollando negocios, ora cuidando de sus familias, ora cuidando de sus cuerpos, ora entretenidos o divertidos, todos estos asuntos que tienen mayor o menor valor, pero nunca una importancia superior al llamado de Cristo. ¡Sígueme!

Esto nos lleva a esta primera situación “hay llamados desatendidos”.

Cuántos llamado se encuentran ahora mismo desatendidos porque sus destinatarios no han encontrado el tiempo, la energía o la atención para asumirlos como se debe. Muchos, al enfrentar esta realidad se consuelan dando más dinero; pero no terminan de entender que lo que esperaba el Señor de Mateo, un banquero, no era que le firmara un cheque, sino, que dejando el banco donde cobraba los tributos, ocupación que sin duda le retribuía grandes beneficios (reconocimiento, poder, relaciones) y recursos con lo que podría contribuir a la causa, lo dejara todo y le siguiera. Mateo puso las manos en el arado, no en el bolsillo.

Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y se levantó y le siguió. (Mateo 9:9)

El mayor reto para una iglesia en este tiempo no es levantar dinero, sino manos. La mies es mucha y los obreros pocos, lo que necesitamos con más urgencia no son papeletas, sino manos.

El papel moneda de muchos países tiene estampados los rostros de figuras de gran prestancia y renombre, gente que en su momento hizo mucho por alguna causa. En nuestro país, por ejemplo, tenemos al Indio Lempira, Francisco Morazán, José Trinidad Cabañas, José Cecilio del Valle, etc. No fueron sus contribuciones económicas la razón por la cual sus rostros figuran allí, sino sus esfuerzos. Ellos no pusieron la mano en el bolsillo, sino en el arado: dieron su tiempo, su energía, su sudor y hasta su vida para que hoy tengamos un mejor país: defendiendo, educando, o peleando. Por muchos Lempiras, o Cabañas que de por la causa, es muy poco lo que ellos pueden hacer, pues ya no tienen manos: no tocan, no cuidan, no siembran, “con dinero se puede construir la infraestructura, pero con sólo papeletas no se hace un gran país”.

Esto nos lleva a esta segunda situación: “Qué espera Dios; obreros, consultores o patrocinadores”.

Seguir a Cristo para convertirte en su discípulo requiere que sacrifiques algo más que un poco del fruto de esa labor a la cuál le atribuyes más importancia que a su llamado; lo que más hace falta no es que traigas a su casa un poco de peces a fin de mes, sino que, de ser necesario, dejes atrás todo el barco. Dejar atrás posiciones de influencia, como Mateo, familiares y compromisos de menor valor.

Pienso que es altamente ofensivo rechazar el llamamiento de Cristo y luego querer compensarlo con un poco de la recompensa recibida por aquello que consideraste más importante. Es como si Pedro le hubiese dicho a Cristo: Señor, no puedo seguirte, pero te prometo una buena ofrenda para mañana, o como si Mateo le dijera, ve tú y yo te financio.

Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había apoderado de él, y de todos los que estaban con él, y asimismo de Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serás pescador de hombres. Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le siguieron. (Lucas 5:9—11)

Cristo está buscando obreros, no consultores o patrocinadores. Constantemente encuentro hermanos diciendo, recomendando o sugiriendo lo que la iglesia debería de hacer, pero cuando le pregunto que cuál es su disponibilidad, dicen que están ocupados; hazlo tú o busca alguien que pueda hacerlo, que yo lo pago. Una hora de mi tiempo vale mucho, mejor busquemos otro hermano que no tengan tantas “obligaciones” para que limpie la iglesia, dijo otro.

Si no puedes sacrificar tu tiempo por la causa de Cristo, de nada sirve el dinero. Gloria a Dios por los hermanos que no solamente dan, sino que también hacen. Gloria a Dios por aquellos que no descuidan su llamado ni cumplen su ministerio contratando a otro, sino que se sacrifican doblemente, tanto para producir recursos como para utilizarlos en beneficio de su causa. Gloria a Dios por el hermano que compra el jabón y al mismo tiempo limpia el piso, por el que compra el pan y lo reparte, por el que paga el alquiler y se congrega.

 “La filantropía no puede ni debe reemplazar la misión, gloria a Dios por aquellos que ponen una mano en el arado y la otra en el bolsillo”.

Dios les bendiga
Denis A. Urbina Romero
Licenciado en Ministerio Pastoral
Email: daurbinar@gmail.com

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