¡Sí se puede prevenir la violencia, a través de la generación de oportunidades para la niñez y la juventud! En Alta Voz te cuenta las historias de resiliencia de varios jóvenes en esta serie de reportajes de periodismo de soluciones.

Cómo el baile permite a miles de jóvenes huir de las pandillas y la muerte

Los centros de alcance hacen renacer a la juventud de San Pedro Sula, en la región norte de Honduras

50,000 jóvenes han sido beneficiados por los programas de los centros de alcance (CDA) en las zonas más violentas de Honduras. Los CDA alejan de las pandillas a la juventud por medio del emprendimiento, el aprendizaje, los oficios, la diversión y la autoestima. Al menos 670 beneficiarios, incluyendo expandilleros, se han convertido en emprendedores por medio del proyecto Génesis.

Los 3,200 voluntarios de los centros forman a los jóvenes, dándoles herramientas para sobrevivir en medio del desempleo y el crimen. El baile le salvó la vida al voluntario Jefferson Chávez, quien espera que los pasos que enseña ayuden a la juventud a superarse.

San Pedro Sula, Honduras. El mundo está en silencio a las ocho de la mañana en Chamelecón. Nada de balazos, carreras de sombras por los callejones ni tipos paseándose con fusiles de grueso calibre por la calle de tierra para controlar quién entra y sale.

La alarma del celular despierta a Jefferson Chávez.

La madrugada de marzo fue fresca en Chamelecón, en el suroeste de San Pedro Sula. Chamelecón abarca dos de los 20 distritos que desde 2014 dividen el mapa de esta ciudad de 801,258 habitantes en la costa norte de Honduras.

Al salir de San Pedro Sula por la carretera del Sur, vemos a la derecha las montañas de El Merendón, erizadas de torres eléctricas y telefónicas. A la izquierda, Chamelecón se extiende entre un verde mar de árboles en una amplia depresión del terreno.

Entre las copas se asoman pocas casas de dos plantas y ningún letrero de franquicia de comidas rápidas. De lejos, la zona se ve pacífica bajo el sol, entre la vegetación compacta de mangos y guanacastes. Todo cambia al entrar por la calle principal del distrito. Sobre el pavimento cuelga un silencio inquietante, quebrado por motores y cantos de pájaros.

Jefferson y cualquiera que entrara aquí pasaba por el control de las dos pandillas que se “rifan” los barrios y los han cortado en territorios. Según los habitantes, hay una “frontera invisible” que solo atraviesan los atrevidos o quienes no conocen el laberinto llamado Chamelecón.

Jefferson ha visto un cambio en las operaciones de maras y pandillas en los últimos cuatro años. Sigue siendo un lugar violento, pero, con tanto policía suelto, las bandas han movido sus bases a Villanueva y Santa Cruz de Yojoa, a 17 y 64 kilómetros de Chamelecón.

En el distrito se instaló en 2017 una base de la Policía Militar del Orden Público, creada por decreto en 2013 por el presidente Juan Orlando Hernández para amordazar las críticas a su reelección, según la oposición, y no para “combatir la delincuencia”.

Más adelante nos topamos con un puente de concreto sobre el río Chamelecón, cinta achocolatada que sirve de frontera sur del distrito. Para ir a Cofradía, doblamos a la derecha antes del puente y subimos por una calle entre cerros. Esa ruta lleva a Ruinas de Copán, en el occidente del país.

Jefferson acaba de despertar en su casa en una de las 66 colonias de Chamelecón. No tiene que levantarse a las siete porque no hay evento en el centro de alcance (CDA) 10 de Septiembre, donde es voluntario. Cuando hay evento, trabaja duro preparando juegos y presentaciones.

Los CDA como el 10 de Septiembre previenen la violencia juvenil. Motivan a los jóvenes a rechazar la violencia, desarrollar o mejorar competencias, construir un plan de vida y ser parte del desarrollo de su comunidad. Los locales pertenecen a la sociedad civil y reciben apoyo gubernamental y empresarial.

Hoy Jefferson tampoco hará videos. Compró cámaras, trípodes y computadora después de quedar desempleado. Hacer grabaciones publicitarias y videotutoriales es casi tan importante para él como ser voluntario.

Hoy llegará a las dos de la tarde para ayudar a niñas y niños en las clases de computación y coordinar el área de juegos. Permanece en cama quince minutos más antes de levantarse, cepillarse los dientes y peinarse el pelo largo y ondulado.

A las nueve sale al patio a dar comida y agua a sus mascotas. Se queda quince minutos con sus gatos. Para Draco, el alma de la casa, Jefferson fabricó un juguete con una vara y bolas de aluminio colgadas de hilos. Al final vuelve a darle agua.

Jefferson desempolva los muebles, barre y trapea la casa de su familia, donde ha vivido 12 años y de la que ya se fueron sus hermanas y su madre. Su familia es como muchas de la costa norte de Honduras. Gente tranquila y laboriosa que huye de los problemas en este distrito que por años fue uno de los epicentros de la violencia pandilleril en Honduras.

Los vecinos de Jefferson toman autobuses públicos para ir a trabajar en las empresas de San Pedro Sula, conocida por tener el mayor desarrollo del país. Otros se quedan en el cinturón industrial en la carretera del Sur o se van en bus a las cementeras, azucareras y jaboneras del otro lado del río.

Los que trabajan dentro del distrito tienen pulperías o comedores que venden baleadas ―tortillas de trigo rellenas de frijoles fritos, huevo y queso―, carne y bananos verdes fritos con repollo y mayonesa.

Jefferson, por cierto, es todo un chef. Podría guisar carne, freír pollo o hacer las baleadas que les gustan a sus amigos, pero hoy tocan espaguetis. Jefferson, de 25 años de edad, aprendió habilidades para la vida en el CDA 10 de Septiembre, donde ahora enseña computación a la niñez. A los adolescentes les enseña breakdance, el baile robotizado nacido en los años 80.

Jefferson empezó a practicar breakdance en 2010 y hasta tiene nombre artístico: Elektro. Es experto en “backflips” o saltos mortales hacia atrás. Los saltos mortales que irónicamente lo salvaron de la muerte.


Mapa de Chamelecón

A Jefferson, el breakdance le salvó la vida. Literalmente.

Bailando salió vivo de la casa a donde una mara lo llevó para matarlo. Esa noche de septiembre de 2012, Jefferson dio clases de baile en el Instituto Modesto Rodas. Conocía la fama de Chamelecón, pero esperaba que no pasara nada malo.

Los secuestraron a él y su hermana. Se los llevaron en carro, apretujados entre hombres amenazantes y armados, a una casa en un laberinto de callejones. Lo confundieron con un pandillero enemigo porque en su mochila estaba escrito su nombre artístico, Elektro.

Con lo que aprendió en los centros de alcance, Jefferson mantuvo la calma incluso mientras los mareros debatían cómo matarlo. Se lo llevaron a un cuarto donde el jefe de la mara estaba tendido en un sofá. Obligaron a Jefferson a desnudarse para buscarle tatuajes y lo interrogaron. Les explicó que era bailarín y voluntario, pero no le creyeron. El jefe, colérico, se levantó, pistola en mano, y le dio una pechada que lo hizo retroceder.

Entonces a Jefferson se le ocurrió la idea que lo salvó.

Cuando recobró el equilibrio, dio varios saltos mortales hacia atrás. La pandilla quedó asombrada. “Vos sí sabés bailar”, dijeron. “Sos buena gente, podés irte y regresar cuando querrás”.

Jefferson huyó de la muerte con los pasos que perfeccionó como beneficiario, voluntario y empleado de las organizaciones de desarrollo. Antes era tan tímido que hasta perdió un año de colegio. “Cuando empecé a bailar y salir a eventos del centro de alcance, a involucrarme con la gente, eso me dio confianza, cambió mi vida y me convertí en una persona diferente”, cuenta. “Cuando empezó mi voluntariado, abarqué a muchos jóvenes para inculcarles las buenas prácticas y el baile”. Es posible escapar de la violencia. Lo prueban las historias de los jóvenes sobrevivientes de Chamelecón. Como Jefferson Chavez, que hoy cuenta su historia y la de otros que, como él, rehacen su vida con apoyo de los centro de alcance.

El baile y el voluntariado lo salvaron. “Eso me sacó de un agujero. Yo estaba atacado por muchas cosas negativas por lo que vivía en Chamelecón y por los conflictos en mi familia. Entonces pensé hacer voluntariado en el centro de alcance enseñando a bailar. Así comenzó esa carrera”.

Jefferson quiere repetir su historia con la niñez y juventud del 10 de Septiembre. Podría haberse ido de Honduras, como sus familiares, pero está “casado” con el voluntariado.

No sería raro que Jefferson se fuera de Honduras. Aquí nadie tiene segura la comida ni la certeza de llegar vivo a casa. “Lo único seguro es la muerte”, como dicen los hondureños. Las familias hondureñas siguen huyendo de la inseguridad alimentaria, el desempleo, la corrupción institucional y sobre todo la criminalidad.


Entrevista con Jefferson Chávez. Foto: Cristina Santos

Las cifras del crimen en Chamelecón reflejan las de San Pedro Sula. La tasa anual de muertes violentas en la ciudad se disparó a 107 por cada 100,000 habitantes en 2013.

Los homicidios treparon a uno de sus picos en 2014, con 1,136 cometidos en el municipio, pero desde ese año las cifras han bajado y se mantienen en 350 por año, según el sitio web especializado en investigaciones periodísticas Revistazo.com de la ONG Asociación para una Sociedad más Justa (ASJ). Con 259 homicidios en 2018, los números cayeron en picada ese año, indican las estadísticas más recientes del portal Contando Homicidios.

La versión de la Policía Nacional es distinta: en 2018 hubo 365 homicidios, es decir 106 más que los registrados por la ASJ. La institución de seguridad actualiza los datos y asegura que en 2019 se cometieron 438 homicidios en San Pedro Sula, 73 más que en 2018. El 2019 cerró con 43 homicidios por cada 100 mil habitantes.

Chamelecón ya no está a la cabeza de los distritos más castigados por la criminalidad en los últimos cinco años, según estadísticas de la Policía Nacional de Honduras y el Instituto de Acceso a la Información Pública. Lo mismo pasa en San Pedro Sula. Hace seis años era la urbe más violenta del mundo, pero en 2020 es la número 15 de la lista del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, de México.

Este violento país debería abrazar a jóvenes como Jefferson. Pero desde hace más de 20 años los rechaza debido al surgimiento de las maras y pandillas.

El Instituto Nacional de Estadísticas (INE) indica que en 2019 había 3.3 millones de jóvenes de 12 a 30 años, es decir el 36.1% de la población nacional. El INE añade que el 58% de la población sampedrana tiene menos de 30 años de edad y siete de cada 10 jóvenes pertenecen a la población económicamente activa, pero muchos carecen de oportunidades de trabajo y desarrollo.

Casi 50,000 jóvenes sampedranos no trabajan ni estudian y, según la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), en 2016 había 36,000 miembros de maras y pandillas en Honduras.

Para evitar que los chicos se desvíen a un mundo de criminalidad como víctimas y perpetradores se crearon los centros de alcance como el de Chamelecón, donde Jefferson es voluntario.

Homicidios en San Pedro Sula (2015-2019)

Los CDA nacieron en Guatemala en 2006, se extendieron a El Salvador en 2008 y a Honduras en 2009. El primero en Honduras se abrió en el distrito Rivera Hernández en pleno golpe de Estado que destituyó al presidente Manuel Zelaya para instalar el gobierno de facto del empresario del transporte Roberto Micheletti.

En Guatemala, el Gobierno de Estados Unidos estableció el centro de alcance Casa Joven, pero los usuarios recorrían grandes distancias para acudir al local donde niños y niñas tocaban instrumentos musicales, pintaban y jugaban Nintendo.

Casa Joven falló al acabarse el financiamiento, ya que tenía instalaciones costosas y la juventud beneficiaria no tenía dinero para desplazarse. Tras el primer intento se creó el modelo actual, situado en las zonas donde viven los beneficiarios.

Los nuevos CDA tienen un impacto considerable en la región. Según un estudio de la Universidad Vanderbilt en 2014, los reportes de asesinatos y extorsiones en Centroamérica se redujeron a la mitad con programas como los centros de alcance.

“Uno de los encargados de implementar el programa PNUD en Honduras nos dijo: ‘Varios jóvenes han expresado que estaban haciendo algún tipo de trabajo, entre comillas, con la pandilla. Y que al llegar al centro de alcance lo abandonaron completamente’”, según Vanderbilt.

Los CDA, por medio de la formación en línea de EDUCATEH, tienen excelentes resultados reintegrando a jóvenes salidos del sistema escolar, señaló en julio del 2020 la Iniciativa Global contra el Crimen Organizado Internacional, que sistematizó la experiencia de los CDA en Honduras. EDUCATEH tiene matriculados a más de mil jóvenes.

Por otra parte, con las habilidades para la vida y el mercado laboral aprendidas, mil jóvenes han sido contratados por empresas aliadas. Además, unos 670, incluyendo expandilleros, se han convertido en emprendedores por medio de los CDA.

Los criterios para crear un centro de alcance incluyen existencia de pandillas, alto consumo de drogas, elevadas tasas de violencia, gran cantidad de residentes jóvenes, una comunidad con deseo de trabajar en proyectos sociales y una organización comunitaria, ya sea institución religiosa o patronato, que administra la institución.

Cada CDA recibe de USAID un impulso inicial de 25,000 a 30,000 dólares en equipo y restauración de locales, casi siempre edificios abandonados. La Fundación Nacional para el Desarrollo de Honduras (FUNADEH) administra el dinero y recluta a voluntarios que manejan el centro a cambio de un estipendio de unos 300 dólares mensuales por persona. Otros fondos provienen del Gobierno de Honduras y de las municipalidades.

El resto de los gastos se pagan con ganancias obtenidas mediante servicios del CDA, como uso de gimnasio, impresiones y copias de documentos.

Los centros “trabajan en prevención primaria y secundaria”, dice el director del Proyecto Génesis, David Medina. Esos dos grupos son “vulnerables porque viven en zonas de riesgo y son simpatizantes de pandillas”.

El Proyecto Génesis fue creado por FUNADEH para encargarse de los CDA hasta octubre de 2020. Actualmente se está constituyendo una asociación nacional de CDA para hacerlos autosostenibles.

Según Medina, la intención es “llevar algo diferente dentro del barrio para que ellos tengan otras distracciones que no sean entrar a las pandillas. Los CDA no rehabilitan ni recuperan personas de las pandillas. No es esa su naturaleza. El objetivo es de prevención primaria, brindar factores de protección a jóvenes vulnerables para que tomen mejores decisiones y no se vinculen a las pandillas”.

El proyecto pretende que los 25 CDA de San Pedro Sula y los 70 de Honduras sean autosostenibles. Durante cuatro años, el programa Génesis fortaleció y supervisó los centros, alcanzando a 50,000 beneficiarios y de 500 a mil por centro, incluyendo a Jefferson Chávez. Desde julio de 2020, el proyecto sigue respaldando los centros sin involucrarse directamente.

Jefferson se echa al hombro la mochila donde lleva una camisa extra y una USB para su trabajo en el laboratorio del CDA. A la una ya se está sintiendo el típico calor sofocante de San Pedro Sula. En su moto llega en dos minutos al centro de alcance a quince cuadras de su casa. Otros días se va a pie y tarda diez. La moto es buena para andar por Chamelecón, que sigue bajo el poder de bandas delictivas y se divide en el norte, donde domina la MS, y el sur, controlado por la mara 18.

Es peligroso ir de una colonia a otra. “Hay sectores donde no podemos entrar”, dice Jefferson. “Acá la violencia es fuerte y pasan cosas malas, que no son las más importantes porque también pasan cosas buenas”.

La violencia pandilleril ha disminuido en el distrito, pero las extorsiones siguen y Jefferson no puede ir adonde quiera. A otros más jóvenes que él pueden reclutarlos o matarlos. No hace mucho había tiroteos a diario. Las balas no tenían favoritos.

Las masacres en Chamelecón eran, hace unos pocos años, “el pan de cada día”, como dicen los medios hondureños. Sujetos encapuchados y vestidos de policías irrumpían en casas o negocios para balacear a hombres, niños, mujeres o ancianos.

La muerte ha rondado a Jefferson. Integrantes de sus grupos de baile han caído bajo las balas. “Una persona que me motivó a bailar murió en una masacre el 14 de septiembre de 2014”, dice.

Uno de tantos crímenes que sacudieron al público fue el asesinato, en septiembre de 2013, de seis miembros de la familia Rivera Carías en la colonia 10 de Septiembre de Chamelecón. Entre las víctimas había una niña de cinco años.

Varios amigos de los voluntarios del CDA 10 de Septiembre han sido tentados por la “vida loca” o son víctimas de delitos. Algunos ya no pueden contar su historia. Están muertos.

Informes policiales culpan de las masacres a maras y pandillas por represalias, negocios o peleas de territorio. “Ajuste de cuentas” es otra frase trillada que los medios y la Policía usan para explicar los motivos de estos crímenes.

De 2011 a 2014, San Pedro Sula fue, para medios internacionales como la BBC y The Guardian de Inglaterra, el New York Times de Estados Unidos y El País de España, la ciudad más violenta del mundo. “Una ciudad con la tasa más elevada de asesinatos fuera de zonas de guerra”, anunciaba The Guardian en 2013. Vivir en uno de los distritos más peligrosos de la ciudad más peligrosa de todas no era un honor para Jefferson Chávez y los habitantes de Chamelecón.

Evolucionaron las maras y pandillas que dominaban la ciudad y los distritos. Hace veinte años andaban a pie o en bicicleta, se mataban con “chimbas” ―tubos con gatillos hechizos y balas de verdad―, machetes y cuchillos.

Ahora estos grupos son poderosos, hacen tratos con narcos y autoridades. Llevan fusiles AR-15 y AK-47, andan en carros de lujo y no se tatúan para pasar inadvertidos. Se han involucrado con las élites hondureñas, las cuales a su vez tienen tratos con organizaciones criminales internacionales, según publicaciones recientes de Univision, las cuales señalan que el presidente de Honduras recibió supuestamente un millón de dólares de manos del narco mexicano Chapo Guzmán.

Además, Antonio “Tony” Hernández, hermano del presidente hondureño, fue condenado por tráfico de drogas por tener  “una sofisticada organización patrocinada por el Estado [hondureño] que distribuyó cocaína durante años” y en el proceso convirtió a Honduras en “uno de los lugares más violentos del mundo”.

Integrantes de pandillas, según investigaciones periodísticas, culminan sus estudios universitarios con dinero de sus organizaciones con el fin de manejar sus negocios y los casos de mareros encarcelados o procesados.

“Decidieron profesionalizar a sus miembros que poseen mejor personalidad, es decir muchachos con buen físico y chicas atractivas, ambos con deseos de estudiar. Ahora, las filas de esta estructura criminal cuentan con médicos, enfermeras, abogados, ingenieros, arquitectos y especialistas en computación”, dice el diario hondureño El Heraldo.

El pico de la violencia en el distrito fue la masacre del 23 de diciembre de 2004 en la que supuestos pandilleros mataron a balazos a 28 pasajeros de un bus urbano, incluyendo seis niños. La justicia hondureña condenó a los culpables a más de 800 años de cárcel. Desde entonces han caído muchos, como el director del CDA de la colonia Suyapa de Chamelecón, líder LGBTI y del Partido Nacional, René Martínez, asesinado en 2016.

Jefferson guarda la moto detrás del centro de alcance. Ya está en su propio territorio. En el CDA ha hallado una nueva familia y una razón para seguir adelante entre la violencia y la pobreza. Abre la puerta de metal y entra en la zona de juegos.

Jefferson lo revisa todo y no ve nada raro. Los futbolitos de mesa siguen en su sitio, alineados junto a la alta pared del edificio cuadrado que alberga el centro de alcance. Hasta hoy, los ladrones han respetado el local. Hay rótulos pegados en las paredes donde han dibujado listas de responsabilidades de los voluntarios y beneficiarios.

Sube de un salto al escenario donde hacen eventos y practican breakdance, lo atraviesa con las zancadas de un bailarín experto y abre la puerta del laboratorio donde los niños del barrio hacen tareas y manejan computadoras.

En el recinto hay diez máquinas para atender a cien usuarios que se turnan. Jefferson guía a la niñez y la juventud y los alienta a dar en solitario sus primeros pasos. Se parece a la historia de la fundación que ha guiado al 10 de Septiembre para dejar que al final avance solo, desarrollando las aptitudes juveniles en las comunidades más peligrosas de Honduras.

Los niños y niñas llegan a las dos de la tarde y Jefferson lo tiene todo preparado para atenderlos durante tres o cuatro horas. Las madres y padres regresan a traerlos a las cinco y a veces piden que les ayuden con sus tareas, pero Jefferson trata de que las hagan sin mucha intervención de un adulto.

El trabajo de los CDA puede parecer invisible para algunos, pero no para cientos de niños y jóvenes beneficiados por voluntarios como Jefferson. “Los centros están ayudando no solamente a disminuir la criminalidad, porque tiene múltiples causales, aristas. Han hecho que más gente no recurra a esta forma de vivir”, dice el exdirector de FUNADEH, Fernando Ferrera.

Los centros de alcance no están solos. En el rescate de la juventud se les une la Gerencia de Prevención y Seguridad de la Municipalidad de San Pedro Sula. Invierten en programas de reducción de la violencia de manera primaria y secundaria a través del arte y las actividades recreativas en Chamelecón y otros distritos. Por otro lado, la Policía Nacional ha reforzado sus estrategias para acercarse más a la población por medio de la policía comunitaria.

Estos esfuerzos han reducido la violencia y el ingreso de jóvenes a pandillas, pero para el analista en seguridad Leonardo Pineda, la intervención de la cooperación internacional ha sido muy buena aunque no suficiente, ya que el Estado hondureño debe ofrecer oportunidades de reducir la violencia y desigualdad entre los pobladores de San Pedro Sula.

El trabajo no es fácil por la complejidad del terreno sampedrano. Las pandillas mutilan la ciudad partiéndola en “fronteras invisibles”, donde es difícil penetrar sin ayuda de las iglesias Católica y Evangélica.

“El Estado debe generar oportunidades de trabajar en la prevención y la salud para que la niñez y la adolescencia tengan oportunidades de educación y estén listos para la empleabilidad”, agrega Pineda.

El difícil acceso a zonas conflictivas y la reducida inversión en desarrollo son obstáculos para ayudar a la juventud. Los hondureños pagan una tasa de seguridad para combatir el crimen. En 2019, la tasa recaudó casi 100 millones de dólares, pero el Gobierno de Honduras solo gastó 4.25 millones en prevención de la violencia.

El método de trabajo del 10 de Septiembre es prevenir que la juventud y la niñez se pierdan en el pandillerismo o el narcotráfico, que son solo dos de las plagas que atacan a Chamelecón, a los voluntarios y al personal de los CDA.

“Los jóvenes se han ligado a actividades ilícitas por varias razones”, explica el director del Proyecto Génesis, David Medina. “En primer lugar, la falta de oportunidades educativas en sus barrios. En segundo lugar, la falta de atención en el hogar. En tercer lugar, hay vecindarios con presencia de pandillas quienes son los que más tienen popularidad, por así decirlo. En último lugar, la falta de oportunidades extraescolares”.

La juventud y la niñez de estas zonas también deben batallar contra el trauma de hogares disfuncionales donde los padres no existen o tienen demonios como el alcoholismo, el desempleo y la pobreza. Las familias hondureñas son también víctimas de la corrupción gubernamental que ha impedido durante décadas ejecutar políticas de desarrollo eficaces.

En ambientes como este, la juventud busca los abrazos y palabras cariñosas en los peores lugares. Las pandillas se convierten en un hogar donde reciben “amor”, les ponen atención, les asignan una misión y les dan importancia. También droga para escapar de la realidad y un arma para sentirse poderosos.

Lugares de San Pedro Sula con más actos violentos (2015-2019)

Jefferson, como muchos en los proyectos de prevención, viene de un hogar disfuncional. No se llevaba bien con su madre. Se sentía tan solo y sin rumbo que consideró suicidarse. Pensó que no servía para nada, pero el baile lo sacó del abismo. La actitud de su madre cambió. Ahora lo apoya en el baile y el voluntariado.

“Creo que el amor es lo más importante y, si lo reciben en sus casas, pues con ellos vendrá una buena educación”, dice el consultor y exdirector de FUNADEH, Fernando Ferrera. Para el “amor” que les dan en las maras hay un sustituto en los CDA: el compañerismo entre jóvenes que mejoran su autoestima y adquieren habilidades.

Jefferson sabe, como bailarín y facilitador de la niñez, que el juego es importantísimo en los CDA. Los niños y niñas que salen del laboratorio de computación dedican el resto del tiempo a jugar en un espacio amplio y fresco. Jefferson enciende los abanicos y los niños y niñas comienzan a jugar UNO y cuatro en línea. Las risas rebotan contra las paredes y llenan el recinto con su eco.

A las cuatro llegan los padres y madres a traer a sus hijos. A las cinco quedan muy pocos usuarios en el local, pero Jefferson y otros 3,200 voluntarios como él no tienen hora de cierre.

Desde las cinco, Jefferson practica breakdance con jóvenes de las colonias vecinas. A veces se van a los campos de fútbol, donde el zacate amortigua los golpes. Hoy se han quedado Brayan, Lázaro y Christopher. Lo primero que hacen es guardar los juegos. Luego barren y apartan las cosas que les impiden bailar.

Jefferson, Lázaro y Brayan son adictos al baile en un distrito donde las adicciones son de otra clase, donde las pandillas trafican drogas y hay niños que extorsionan y trabajan para los narcos.

El baile les ayudó a escapar de la muerte. Los tres tienen historias difíciles con final esperanzador. Todos han visto morir a balazos a amigos o familiares en una guerra urbana por territorios donde las pandillas extorsionan y venden drogas. En las tinieblas del desempleo, la enfermedad y la muerte, los tres hallaron un asidero en el baile y en Jefferson a quien les enseñó a dar los primeros pasos. “Mi amigo”, lo llama Lázaro.

Christopher se queda tocando el pequeño piano electrónico. Le gusta más la música que el baile.

El breakdance o b-boying, el baile creado en los años 80 en Estados Unidos y popularizado en videos musicales y películas como “Breakin’”, es una iniciativa de Jefferson. El baile es una adición interesante a las iniciativas de emprendimiento, empoderamiento, enseñanza y juego.

Jefferson es el ejemplo andante (y danzante) de que el breakdance les da confianza en sí mismos a los chicos del peligroso Chamelecón. Todos son ejemplos de resiliencia que el trabajo del CDA ha fortalecido.

Los golpes no los han derribado. Lo han demostrado al sobrevivir en uno de los distritos más peligrosos de la que durante años fue considerada la ciudad más violenta del mundo. El logro es doble si agregamos que evitaron la tentación del suicidio, el dinero fácil o la vida criminal.

Christopher conecta la grabadora del laboratorio. Le inserta una USB con canciones y pone “IOU”, de Freeez. El primero en girar en el piso es Brayan Paredes. Jefferson lo anima, hace comentarios, aplaude.

La historia de Brayan, voluntario de 25 años, se parece a la de Jefferson. Como él, Brayan no tenía esperanzas y estuvo en peligro de morir cuando un grupo de hombres armados lo detuvo frente a una iglesia en Chamelecón. Lo dejaron irse cuando vieron que cargaba una biblia, pero se llevaron a otros chicos a quienes días después hallaron muertos.

Brayan aprendió inglés en las clases de Habilidades para la Vida. “Estuve seis meses estudiando cuatro horas en clase y otras cuatro en casa”, cuenta. “Aprendí mucho”.

“Conocí a Jefferson cuando trabajábamos en una zapatería en 2009 y luego lo perdí de vista”. Se hizo amigo de un bailarín de breakdance, que le enseñó unos pasos. A Brayan le gustó. “Soy bueno en todo, hasta para el baile”. También para ahorrar. Pagó el colegio con 10,000 lempiras ahorrados en la zapatería y ahora quiere hacerle la casa a su mamá. “Volví a ver a Jefferson y ahí sí me puse en serio a aprender a bailar”.

Brayan hace un paso difícil y se pone a descansar. Está cubierto de sudor. Es el turno de Lázaro Ramírez, voluntario de la misma edad de Brayan. Hace un “freeze”. Jefferson y Brayan giran a su alrededor. La música electrónica retumba en el edificio.

Lázaro también se formó en Habilidades para la Vida. Antes del centro, “era un vago”, recuerda. Hacía lo que se le daba la gana. En algún momento se relacionó con pandilleros, pero no los imitó.

Las cosas han mejorado en Chamelecón, dice Lázaro. Antes la gente “se moría del miedo”. Era normal ver por la calle a cualquier hora a jóvenes armados. La ‘muchachada’ “alucinaba con la pandilla porque imponía la moda. Pero abrí los ojos al ver cómo terminaron muchos de mis amigos. Yo estoy vivo de pura casualidad”.

La formación le abrió más los ojos. “Esa gente era distinta, preparada”. Pasó por la mayoría de los proyectos de la fundación. “Estuve en orientación laboral, estudié inglés y computación. Me encanta editar videos”.

Con Habilidades para la Vida creó su propia empresa. Le dieron capital semilla y puso un taller de motos durante año y medio. Lo cerró cuando la muerte de su abuela y de uno de sus hermanos le quitó las ganas de emprender. Ahora quiere poner otro negocio. Está seguro de que le irá mejor.

Mientras tanto sigue mejorando sus pasos de baile. “El baile es otra forma de expresarme”, dice, sonriendo.

Christopher Díaz se expresa de otro modo. Los sábados da clases de música a los niños y niñas, pero hoy no le toca hacer de profesor, así que pasa la tarde viendo bailar a sus amigos. De 20 años y de la misma colonia que Brayan, Jefferson y Lázaro, hasta hace poco le temblaba la voz al hablar en público. El 10 de Septiembre le ayudó a quitarse la timidez y el egoísmo. “Me cambiaron la mentalidad”, dice. “Con el voluntariado aprendí a hablar mejor, a amar a la gente”.

La violencia de su padre alcohólico, ya fallecido, lo impulsó a andar en las “gavillas” que lo llevaron al centro de alcance. Sabe que fue lo mejor que pudo hacer con su vida. Si no hubiera entrado, hoy tal vez estaría muerto como muchos de sus amigos y de los amigos de Jefferson, Brayan y Lázaro.

“Mi mamá me dice que he cambiado”, cuenta Christopher, “que ya no soy rebelde y he madurado. El CDA me enseñó a ser responsable, puntual, me enseñó el amor y la amistad”.

Para Jefferson, sería genial que hubiera más programas como el que le ayudó a cambiar de rumbo. Así, más muchachos tendrían más ofertas para desarrollarse. “El problema es que los programas a veces ven a los jóvenes como números para llegar a la meta”, se queja.

El pensamiento de los muchachos y muchachas “puede cambiar bastante con el baile”, agrega. “Todo curso y proyecto que los haga pensar distinto no solo los hace estudiar. Cambia su forma de pensar y actuar, de ver a sus compañeros”.

Jefferson les da las últimas indicaciones a los bailarines. Hacen otro par de maromas en el piso de cemento. Ya está anocheciendo en Chamelecón. Descansan un rato antes de limpiar el local para irse a casa. Se sientan en la tarima donde se presentan los eventos. Están cansados, sudorosos. Solo Christopher está fresco. Es el que sale a comprar Coca-Colas a la pulpería. Beben el líquido helado y platican. Pronto, cada cual se irá por su camino. La última canción se apaga en la grabadora.

Jóvenes de Chamelecón

“Este artículo es parte de la serie de publicaciones de la Beca de Periodismo de Soluciones de la Fundación Gabo y gracias al apoyo de Open Society Foundation, institución que promueve el uso del periodismo de soluciones en Latinoamérica”.

CRÉDITOS

Coordinación del proyecto: Dunia Orellana
Edición: Javier Drovetto, Lourdes Ramírez y Wendy Funes
Textos: Dunia Orellana y Dennis Arita
Edición de video: Dunia Orellana y Dennis Arita
Fotos y video: Cristina Santos
Gráficos: Dennis Arita
Audio de texto: Sergio Bähr y Lourdes Ramírez
Colaboración: Kenia Méndez, Cristian Martín, Luis Vallecillo y Telma Quiroz

Cómo un programa ayuda a la juventud de Honduras a salir de la pobreza

Los jóvenes graduados en los centros de alcance de Cofradía, en San Pedro Sula, en el norte de Honduras, encuentran empleo y renuncian a la violencia para bailar en zancos y olvidarse de las pandillas

El programa Jóvenes Constructores han graduado a 2,036 beneficiarios en Honduras y 1,593 en El Salvador, dándoles habilidades para la vida con las que afrontan el trabajo y las relaciones sociales.

Jóvenes Constructores han sido un éxito al lograr que siete de cada diez jóvenes estudien o tengan empleo. Además, su impacto ha reducido a la mitad los reportes de asesinatos y extorsiones en Centroamérica. Capacitándose en los CDA de Cofradía, Fernando Valladares y Selena Morales encontraron un escape de la violencia y la incertidumbre por medio del arte y el trabajo

San Pedro Sula, Honduras. “Cuántos errores pudiéramos evitar si tan sólo escucháramos a nuestros padres” es el mensaje escrito en letras anaranjadas en el parquecito junto al centro de alcance (CDA) La Fortaleza, en la colonia del mismo nombre del distrito de Cofradía. El CDA en este distrito del noroeste de San Pedro Sula, en la costa norte de Honduras, se alza sobre una loma cubierta de casas y árboles.

Frente al edificio verdiamarillo hay un campo de fútbol con porterías metálicas brillando bajo el sol. El calor secó el zacate del campito, cubriéndolo de briznas amarillentas. 

La mañana es silenciosa en este distrito rural. Para llegar aquí, doblamos a la derecha en la carretera del Sur, antes del puente de Chamelecón, y subimos por una calle entre cerros que también conduce a Ruinas de Copán. Son kilómetros flanqueados de cerros y hondonadas salpicadas de campos de labranza y vecindarios. Negocios de gaseosas y golosinas aparecen entre los árboles al lado de la calle.

Aunque es uno de los 20 distritos sampedranos que en total tienen más de 800,000 habitantes, Cofradía no tiene anchas calles pavimentadas ni edificios de más de dos pisos. Su principal rasgo es que le pertenece parte de la sierra de El Merendón, que da agua y oxígeno al municipio.

Cofradía es tan distinto que ha querido convertirse en otro municipio. Muchos de sus habitantes son agricultores. Otros toman autobuses para “chambear” en la ciudad o en las fábricas que bordean la carretera del Sur.

A pesar de su gran tamaño, Cofradía no sale en algunos mapas municipales. Tiene decenas de colonias y barrios, pero también muchas “invasiones”, es decir terreno privado o ejidal que de repente aparece sembrado de covachas de cartón y plástico. Los “invasores” no tienen agua ni electricidad, pero al menos tienen donde vivir. Se asientan donde las urbanizadoras aún no construyen casas como quien tira dados en una mesa.

Sobre el campo de fútbol del CDA La Fortaleza se desplazan cuatro tubos de metal que hacen clac al chocar con las piedritas, dejando caer sobre la hierba la sombra de una tijera que se abre y se cierra.

Después pasan corriendo pequeños pies sin zapatos o dentro de tenis descoloridos y polvorientos, con los sucios cordones sueltos. Se oyen risas bajo el sol. Los tubos se detienen bajo la sombra de los árboles que flanquean el edificio de La Fortaleza.

“Vaya, cipotes, hagamos un círculo”, dice la voz de Fernando Valladares, joven constructor y voluntario del CDA, quien tiene las piernas atadas a los tubos metálicos: son los zancos que lo hacen verse más alto.

Con los zancos puestos, Fernando tiene una altura de dos metros y medio. Un adulto a su lado se ve como un niño y un niño como un bebé. El zanquero que acompaña a Fernando se llama Nemis Osmar Zavala Alvarado y tiene 17 años. Ambos son delgados y ágiles.

Fernando les indica a los niños que se levanten para participar en un juego. Fernando, de 20 años, se ríe constantemente mientras se pasea como un gigante bajo los árboles. “Hagamos una competencia de fuerza”. Los niños se toman de las manos y jalan para ver quién se cae. Los zanqueros forman un arco sobre ellos. Una de las parejas se desliza y pierde el juego.

A Fernando le gusta andar en zancos y explicar cómo se los pone. “Hay que tener cuidado de dejar bien ajustado el velcro en las piernas para que no se te zafen. Tienen caucho en la parte de abajo para no caernos”.

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La luz rebota en el charco de agua que se extiende sobre el pavimento. Las gotas que caen del pico de una pistola de bomba gasolinera levantan en el charco pequeñas olas con los colores del arco iris.

La muchacha pone la pistola de gasolina en el receptáculo de la bomba. “Son 240 con 60”, dice. Agarra los 500 lempiras por la ventanilla del pickup. Se saca un puñado de billetes de la camisa roja de su uniforme de trabajo, cuenta el vuelto y se lo entrega al cliente. El pickup se aleja entre el vapor que se levanta del pavimento.

Es raro que una mujer haga el trabajo de bombero, como llaman a quien despacha combustible en una gasolinera, pero el distrito sampedrano ya se acostumbró a llamar “bombera” a Selena Morales. Ya no le extraña tanto que ella se moje de gasolina los zapatos, se manche de polvo y grasa y ande entre bombas de combustible, bajo el sol quemante.

Como toda la juventud de Cofradía, Selena afronta los problemas de vivir en una zona rural. Ella no viaja a San Pedro Sula a trabajar, pero muchos residentes del lugar tardan dos o tres horas en ir y volver de la ciudad.

La gente de Cofradía viaja a los centros de trabajo y escuelas en San Pedro Sula apretujados y sudorosos en destartalados microbuses y buses “coaster”, apodados “rapiditos”. Un obrero de esta zona que viaja todos los días a la ciudad no se da el lujo de pagar taxi.

La mayoría de los distritos sampedranos están en el sureste. Cofradía, en el noroeste, abarca 54 barrios y colonias que incluyen la Vida Nueva, donde vive Selena. Cofradía pertenece al municipio de San Pedro Sula, el “motor industrial de Honduras” porque está cerca de puertos importantes, se halla en un valle fértil y conserva sus montañas y fuentes de agua.

Cinco de cada diez habitantes del departamento de Cortés viven en San Pedro Sula, donde una de cada diez casas no tiene piso adecuado. Cofradía agranda las cifras con sus “invasiones” de casas hechas de desechos, sin servicios básicos. Algunos invasores vienen de lejos, ya que cuatro de cada diez pobladores de San Pedro Sula no nacieron en el municipio.

Selena es parte de la población más grande del municipio: los jóvenes. En áreas rurales, la edad promedio es de 21.6 años y en las urbanas es de 23.7. Selena tiene trabajo, pero otros no lo tienen en San Pedro Sula, donde la tasa de desempleo abierto es de 7.8%. La mitad de los desocupados son jóvenes. De los 291,048 desempleados del país, 49.4% son menores de 25 años, según la Secretaría del Trabajo de Honduras.

Selena trabaja en el sector de servicios, pero la mayoría de los sampedranos laboran en la industria y el comercio. Una de cada tres personas trabaja en fábricas y una de cada cuatro se dedica al comercio.

En Cofradía, la vida es barata pero compleja. Aquí se mudaron algunas pandillas expulsadas de Chamelecón al instalarse allí en 2017 una base de la Policía Militar del Orden Público, creada en 2013 por el presidente Juan Orlando Hernández para amordazar las críticas a su reelección, según la oposición, y no para “combatir la delincuencia”.

Selena no escapa de la violencia, pero sí de la incertidumbre al emplearse de bombera con esfuerzo propio y el apoyo del programa Jóvenes Constructores. La iniciativa capacitó a Selena en el CDA de Cofradía.

Selena y Fernando Valladares se graduaron en el programa. Ambos no sabían qué hacer con su vida hasta que el programa de la organización Catholic Relief Services (CRS) les enseñó habilidades para ganarse la vida y afrontar sin miedo el día a día.

CRS es una organización católica estadounidense que, según su sitio web, “cumple la misión y el compromiso de ayudar a los pobres y vulnerables en el extranjero”. Establecida en 1959 en territorio hondureño, CRS ha beneficiado a unas 285,000 personas y abarca programas y componentes que educan a campesinos y jóvenes.

Selena y Fernando son beneficiarios de centros de alcance apoyados por la institución católica. Los CDA previenen la violencia juvenil, ocupan edificios que pertenecen a la sociedad civil y reciben apoyo gubernamental y empresarial. Forman una red de 25 locales en San Pedro Sula y 70 en Honduras que motivan a los jóvenes a rechazar la violencia, desarrollar o mejorar competencias, construir un plan de vida y ser parte del desarrollo de su comunidad.

“Soy bombera. Les echo gasolina a los carros y motos”, dice Selena. “Al principio estaba apenada. Pensaba que era solo para hombres. Mis amigas me preguntan cómo me siento y la verdad es que al principio fue difícil. Para muchos es un reto salir de nuestra zona de confort”.

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Pararse en los zancos no es fácil. Algunos ocupan ayuda, pero no Fernando. Tras estirar los músculos, hunde la punta de los zancos en la tierra del campo de fútbol y va pegando saltos con un brazo, se impulsa y, ya de pie, da varios pasos hasta equilibrarse.

El equilibrio y la confianza son importantes para zanqueros como Fernando y Dennis. También son valiosos para el CDA La Fortaleza y para el programa que lo apoya, Jóvenes Constructores, componente de Senderos Juveniles de Centroamérica y Catholic Relief Services financiado por el Gobierno de Estados Unidos a través del Departamento del Trabajo.

La iniciativa refuerza y enseña habilidades a la niñez y juventud en riesgo para que se valgan por sí mismas en un ambiente de violencia, maras y pandillas, falta de oportunidades y narcotráfico.

Senderos Juveniles de Centroamérica abarca los componentes Clubes de Conexión y Familias Fuertes y fue implementado junto con organizaciones locales como Fe y Alegría, la Fundación Nacional para el Desarrollo de Honduras, FUNADEH Glasswing International y YouthBuild International en Honduras y El Salvador.

La iniciativa apoya a jóvenes de 16 a 25 años que no estudian ni trabajan para que vuelvan a la escuela, obtengan un empleo o comiencen un negocio. Se basa en el modelo de la organización estadounidense YouthBuild International adaptado por Catholic Relief Services en Centroamérica. El Salvador fue el primer país donde se implementó esta metodología exportada luego a Honduras, Guatemala y Nicaragua.

Jóvenes Constructores fue tan efectivo en El Salvador que CRS transfirió el programa al Instituto Salvadoreño de Formación Profesional (INSAFORP), el cual amplió la iniciativa a todo el país con apoyo del Banco Interamericano de Desarrollo.

El modelo acoge a jóvenes expuestos a pobreza y violencia, dándoles instrumentos para desarrollarse en las zonas conflictivas de Honduras, como Cofradía, que todavía sufre por las pandillas, pero donde los homicidios han bajado desde 2015.

La violencia es parte de la vida de los jóvenes de esta región. La historia de San Pedro Sula y de sus distritos se ha escrito al son de las AK-47 y con sangre de inocentes.

De 2011 a 2014, San Pedro Sula fue una inesperada estrella mediática al convertirse en la ciudad más violenta del mundo para medios internacionales comoThe New York Times y El País. Alcanzó en 2014 un pico de 1,145 homicidios, según organizaciones privadas y públicas, pero de 2015 a 2018 los asesinatos se mantienen en 350 al año.

La mayoría de las víctimas de homicidio en San Pedro Sula son hombres y en casi todos los asesinatos se usa arma de fuego. En 2018, de 259 personas muertas violentamente, 173 cayeron a balazos.

En 2013, la tasa anual de muertes violentas en el municipio llegó a 107 por cada 100,000 habitantes. Desde 2014, las cifras han caído, con 350 por año. Las estadísticas más recientes del portal Contando Homicidios de Revistazo.com, sitio web de la ONG Asociación para una Sociedad más Justa (ASJ), registran 259 homicidios en 2018.

Pero los números policiales son distintos: 365 homicidios en 2018, o sea 106 más que los registrados por la ASJ. La Policía Nacional tiene datos actualizados de 2019, cuando se cometieron 438 homicidios en San Pedro Sula, 73 más que en 2018. El año pasado cerró con 43 homicidios por cada 100 mil habitantes.

Aunque aumentaron los homicidios en los distritos, la situación ha mejorado en Cofradía, según la Policía Nacional de Honduras a través del Instituto de Acceso a la Información Pública.

Los datos son mejores, pero Cofradía sigue estigmatizada. “Vivimos en sitios peligrosos, rechazados”, dice Fernando. “No me han aceptado en muchos empleos porque Cofradía es lejano y peligroso. Los jóvenes no nos merecemos eso porque tenemos mucho que dar. Los proyectos nos ayudan, pero no llegan a lugares donde los necesitan”.

Aunque Cofradía sigue en la lista de zonas con más actos de violencia en los últimos cinco años, según la Policía Nacional, el distrito número 19 aparece con cero actos violentos cometidos en 2018 y 2019.

Sin embargo, Cofradía sigue bajo el poder de bandas delictivas. Atravesar las “fronteras” de las maras y pandillas puede ser la muerte para los jóvenes. En Cofradía, los negocios pagan extorsión a las pandillas y maras. La violencia tiene muchas caras.

Se han transformado las pandillas que dominaban San Pedro Sula. Veinte años atrás se movilizaban a pie y se mataban con “chimbas” ―tubos con gatillos hechizos y balas de verdad―, machetes y cuchillos.

Hoy tratan con narcos y élites, cargan fusiles AR-15 y AK-47, andan en carros de lujo y no se tatúan. “Decidieron profesionalizar a sus miembros. Ahora cuentan con médicos, enfermeras, abogados, ingenieros, arquitectos y especialistas en computación”, según el diario hondureño El Heraldo.

“En San Pedro Sula, el joven está más involucrado en maras y pandillas porque el sector está muy marcado. Las organizaciones tienen el reto de abordar esta problemática. Por eso la prevención de violencia tienen que ser más específica y detallada”, expone el psicólogo y especialista en prevención de la violencia David Zelaya.

Las instituciones “se involucran con líderes comunitarios, pastores y presidentes de patronatos que han sido un pilar del desarrollo de los hogares donde ya hay penetración de un miembro de maras y pandillas para sacarlos e insertarlos en la sociedad de forma productiva, apoyándolos con capital semilla y programas sociales”, analiza la directora del Observatorio de la Violencia de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, Migdonia Ayestas.

“Pensé si valía la pena tomar seis meses para entrar a algo que no conocía”, cuenta Fernando Valladares sobre su decisión de formarse. “Tenía que trabajar porque mi familia ocupaba dinero. Corrí el riesgo y no me arrepiento. Este es uno de los mejores proyectos para mí. Tienen varias ramas en las que nos capacitaron. Tengo experiencia en voluntariado con varias organizaciones, pero siempre aprendo algo nuevo”.

Fernando es uno de los graduados de Jóvenes Constructores que han obtenido confianza en sí mismos y equilibrio en su existencia. Es un ejemplo para quienes desean librarse de una vida sin propósito porque de voluntario pasó a ser presidente del movimiento nacional de graduados del programa.

Fernando trabaja desde hace un año en un negocio de comidas rápidas de San Pedro Sula. Los graduados de los proyectos pueden dejar los trabajos, pero con las capacitaciones optan a nuevos puestos, algo que antes les habría resultado difícil.

“Al graduarse, la trayectoria de los jóvenes puede ser de entradas y salidas del mercado laboral. Pero el principal logro del programa es que obtienen una percepción de que pueden regresar a estudiar y al mercado laboral”, dice el especialista en monitoreo y evaluación de CRS, Juan Carlos Durán.

El trabajo le da de comer, pero lo que toca el corazón de Fernando es coordinar a más de 20 jóvenes zanqueros que se presentan en barrios y colonias para inspirar a la niñez y atraer a más chicos y chicas al centro de alcance y cambiarles la vida. “Zanquear” es ahora parte importante de la vida de Fernando, y no habría logrado ser “un triunfador”, según sus palabras, sin los proyectos que lo formaron.

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Antes de Jóvenes Constructores, Selena era tímida.  “Casi no socializaba ni hablaba con la gente”, cuenta. “En el programa hice amigos y me conocí, descubrí que me gusta platicar”.

Selena fue parte del último grupo en graduarse en Jóvenes Constructores antes del cierre del programa en 2020. “Me pongo triste porque sé que Jóvenes Constructores ya no va a haber otra. Fuimos la última cohorte en Cofradía y yo le digo a mi mamá ‘gracias a Dios que pude lograrlo’. A nosotros nos visitaron los de la tercera cohorte para hablarnos de sus logros y sus metas y da tristeza saber que no pudimos hacer lo mismo con la cohorte que venía después porque ya no hubo ninguna otra”.

El programa que duró cuatro años formó a jóvenes como Selena para afrontar el trabajo y las relaciones humanas dándoles conocimiento y autoconfianza. Desde 2020, la iniciativa comenzó a funcionar en los distritos Rivera Hernández, en el este de San Pedro Sula, con financiamiento de la Agencia de la ONU para los Refugiados.

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El sistema del programa empieza por las “habilidades blandas o para la vida”, explica David Zelaya. “El método reconoce los sentimientos del joven para que influyan en sus acciones. Cuando estas dos se unen, sus acciones se van transformando”.

“Han sido cuatro años de un programa que entre sus principales resultados puso a trabajar y estudiar a jóvenes que estaban fuera del sistema educativo y del empleo”, señala Juan Carlos Durán. El programa ha sido un éxito, según un estudio longitudinal de 2020, al lograr que siete de cada diez jóvenes estudien o tengan empleo. Ha graduado a 2,036 beneficiarios en Honduras y a 1,593 en El Salvador.

Senderos Juveniles y su componente Jóvenes Constructores tuvieron un 73% de eficiencia y eficacia, señala la Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social. Varias sedes de Senderos, incluyendo las de San Pedro Sula, están en vecindarios con elevada actividad de pandillas o afectados por la violencia política tras las elecciones de 2017. Eso dificultó que los jóvenes asistieran y completaran el programa.

El costo de implementación por jóvenes inscritos, graduados y colocados fue de 971 a 2,204 dólares. Senderos Juveniles es más costo-efectivo cuando se trata de colocación: 2,157 y 2,204 dólares por joven colocado.

En Honduras, jóvenes como Selena deberían ser prioritarios, pero con el crecimiento de la violencia pandilleril en los últimos 25 años ha crecido la desconfianza hacia la juventud. En 2016 había 36,000 miembros de maras y pandillas en Honduras, según la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID).

Los jóvenes son mayoría en el país. En 2019, el 36.1% de la población nacional eran personas de 12 a 30 años, indica el Instituto Nacional de Estadísticas, y agrega que el 58% de los sampedranos tienen menos de 30 años de edad, pero casi 50,000 de ellos no trabajan ni estudian.

Senderos Juveniles de Centroamérica abarca los componentes Clubes de Conexión y Familias Fuertes y fue implementado junto con organizaciones locales como Fe y Alegría, la Fundación Nacional para el Desarrollo de Honduras, FUNADEH Glasswing International y YouthBuild International en Honduras y El Salvador.

El impacto es notable. Los reportes de asesinatos y extorsiones en Centroamérica han bajado a la mitad debido a programas como los CDA, según la Universidad Vanderbilt.

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Al principio, Fernando tenía temor de entrar en Jóvenes Constructores. “Me dio miedo porque duraba seis meses y yo tenía que buscar trabajo para ayudar a mi familia”, relata.

No se arrepiente de haber entrado. El método del programa le ayudó a ser un líder y le enseñó soluciones prácticas con las que sortea los problemas que existen en Cofradía, una comunidad “estigmatizada”, según Fernando, donde la violencia, las maras y la falta de oportunidades son obstáculos en el camino de la juventud.

Jóvenes Constructores “tiene componentes relacionados con el liderazgo de la persona, habilidades para la vida, para el trabajo, un componente de formación vocacional con habilidades prácticas y un componente muy importante que es el servicio comunitario”, explica Juan Carlos Durán.

“El componente de Habilidades para la Vida y el de Habilidades para el Trabajo me ayudaron mucho”, dice Fernando. “Me gustaba el servicio comunitario porque salimos de las aulas para ayudar a las comunidades. Les enseñamos a los niños lo bonito que es zanquear y vimos que podíamos usarlos para ayudarles”. Para él, los zancos son un “símbolo de paz”.

Como los beneficiarios del CDA en Chamelecón, Selena Morales en Cofradía pasó seis meses de clases y entrenamiento en el centro de alcance de su comunidad, al que se iba a pie desde su casa situada en un pasaje de la colonia Vida Nueva. “Los tres CDA de este distrito (La Fortaleza, 24 de Abril y Cofradía Centro) tienen un gran impacto en la vida de los jóvenes y hasta en la mía”, explica la promotora de Jóvenes Constructores, Linda Alvarado.

Linda conoció las historias de muchos jóvenes como Selena durante su estadía en el programa de Catholic Relief Services. “Antes yo creía que tenía problemas, pero al conocer las historias de estos muchachos y muchachas me di cuenta de que tenía que dar gracias por mi vida”.

Las chicas como Selena, quien vive en una pequeña casa de bloques al final de una escabrosa calle de tierra, la tienen difícil en Cofradía, donde hay muy pocas oportunidades para hombres, y no digamos para mujeres.

En 2019, el programa Senderos Juveniles de Centroamérica ayudó a Selena a desarrollar sus aptitudes para el emprendimiento y las relaciones humanas. “Jóvenes Constructores (en inglés, YouthBuild) apoya a los jóvenes de 16 a 25 años que no estudian ni trabajan para que vuelvan a la escuela, obtengan un empleo o comiencen su propio negocio”, según la web oficial del programa.

La protagonista del programa es la juventud, señala la subdirectora de Senderos Juveniles, Pilar Escribano. “Se centra en el joven como partícipe de su vida, como un líder. Al final sale creyendo que puede salir adelante porque le damos herramientas y opciones para que esto suceda”.

El programa ayudó a Selena a vencer su timidez. “En Jóvenes Constructores nos pusieron el reto de vender”, relata. “Yo nunca había vendido nada, pero cumplimos el objetivo más difícil y ganamos”.

Lugares de San Pedro Sula con más actos violentos (2015-2019)

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Fernando conoció en 2018 al voluntario del CDA de Chamelecón, Jefferson Chávez, alias Elektro, quien tuvo un impacto beneficioso en su desarrollo personal. “Jefferson vino a Cofradía con otros voluntarios a convencernos de entrar en Jóvenes Constructores”, cuenta Fernando.

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Como Jefferson, Fernando comenzó como beneficiario y terminó como voluntario. Ahora replica a su modo la metodología del programa, usando los zancos para establecer un vínculo con los jóvenes. Tanto Jefferson como Fernando usan el juego y la diversión para acercarse a la niñez y juventud sampedrana y hablarle “de cultura y valores”.

“Un grupo nos enseñó zancos y muralismo”, dice Fernando. “Nos enseñaron valores y nos motivaron. Cuando terminaron las clases les pedí prestados los zancos”.

Con su elevada altura, Fernando llama la atención de la niñez y la juventud, quienes “ven algo positivo en esto y quieren hacer lo que hacemos. En vez de andar en algo malo, andan en zancos. De esto hasta hemos sacado para la comida”.

 ¿Qué opina su familia sobre los logros de Fernando? “Están orgullosos de mí, les gusta verme feliz, verme triunfar”.

También Selena conoció a Jefferson en los talleres de Jóvenes Constructores en el CDA de Cofradía. Elektro cambió el traje de baile para ponerse el de capacitador y hacer un cambio importante en la existencia de Selena y cien jóvenes más beneficiados por Jóvenes Constructores.

Los vecinos admiran a su hija, dice Mirtala, madre de Selena. “Les digo a todos con orgullo que ella trabaja en la gasolinera”. Cuando empezó a trabajar, Selena estaba “apenada” porque todos le decían que era cosa de hombres. “Ahora se quedan sin palabras”, dice.

Fernando se quita los zancos. Está cansado, tiene hierba pegada al pelo y la ropa. “Imagínese si en un día les enseñamos a 20 muchachos y al otro día a otros 20. En cinco días serían cien. En el futuro veo un rimero de jóvenes enseñando, haciendo un efecto multiplicador”, dice mientras se masajea las piernas y ve los árboles meciéndose bajo la brisa.

Selena se despide de sus compañeros de trabajo. Mañana la espera otro día duro en la gasolinera, pero lo importante es no rendirse. “Eso les digo a los jóvenes: que no se rindan”, dice. El sol amarillento se pierde entre nubes rojizas sobre las montañas de El Merendón. “Los jóvenes tenemos las aspiraciones apagadas. Una motivación que nos den es un logro para nosotros”.

Este artículo es parte de la serie de publicaciones de la Beca de Periodismo de Soluciones de la Fundación Gabo y gracias al apoyo de Open Society Foundation, institución que promueve el uso del periodismo de soluciones en Latinoamérica.

CRÉDITOS

Coordinación del proyecto: Dunia Orellana
Edición: Javier Drovetto, Lourdes Ramírez y Wendy Funes
Textos: Dunia Orellana y Dennis Arita
Edición de video: Dunia Orellana y Dennis Arita
Fotos y video: Cristina Santos
Gráficos: Dennis Arita
Audio de texto: Sergio Bähr y Lourdes Ramírez
Colaboración: Kenia Méndez, Cristian Martín, Luis Vallecillo y Telma Quiroz

Los jóvenes sobrevivientes de la Rivera Hernández

Los centros de alcance cambiaron la vida de Nicole Madrid y Kevin Lagos. Con los CDA existe un antes y un después en las 103 colonias y barrios abarcados por el distrito Rivera Hernández, en el sureste de San Pedro Sula. Los centros han hecho que la violencia disminuya desde 2017 en esta zona sampedrana.

San Pedro Sula, Honduras. Cuando Kevin Lagos era adolescente, una mara intentó reclutarlo para llevar droga en los sacos llenos de latas que vendía para sobrevivir. Nicole Madrid también experimentó la violencia en ese distrito del sureste sampedrano. Sin embargo, ambos sobrevivieron a todas las duras experiencias de su vida, entraron en el programa de centros de alcance (CDA) en 2009 y se han convertido en guías para la juventud del distrito Rivera Hernández, en el municipio de San Pedro Sula, en el norte de Honduras.

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Los centros de alcance hicieron madurar a Nicole y Kevin. Ambos son beneficiarios del primer CDA fundado en Honduras en la Rivera Hernández, uno de los más grandes del municipio (abarca en realidad dos distritos), con unos 103 barrios y colonias y al menos 170,000 habitantes.

También ha sido uno de los más violentos. Desde 2014, unas 1,124 personas han sido asesinadas en el distrito Rivera Hernández y sectores cercanos. Algunas de las zonas vecinas, como la colonia Planeta, aparecen entre las más peligrosas de la costa norte hondureña. La tasa de homicidios en Rivera Hernández era de 124.6 por cada 100,000 habitantes a comienzos de 2014, según un sitio web de la ONG Asociación para una Sociedad más Justa. En el doble distrito no solo están la mara 13 y la 18. También hay bandas como los Tercereños y los Olanchanos, además de Los Vatos Locos, la primera mara que entró en Honduras.

Al contrario de Chamelecón, donde los grupos pandilleriles han establecido una “frontera invisible” pero claramente delimitada, en Rivera Hernández no se sabe cuándo un joven está en uno de los “territorios”. En Chamelecón hay una línea perimetral, el norte es la mara 13 y el sur es la 18, pero acá no se sabe. De repente estamos en un grupo y luego estamos en otro, lo cual aumenta el riesgo en los desplazamientos de la juventud del distrito.

LEACómo un programa ayuda a la juventud de Honduras a salir de la pobreza

Para llegar a este peligroso distrito en el sureste de San Pedro Sula tomamos un bulevar que sale del centro de la ciudad. Pasamos junto a zonas urbanas de grandes negocios, plazas comerciales y restaurantes de comidas rápidas. Es un bulevar donde junto a una destartalada carreta jalada por caballos flacos pasan camionetas de lujo y donde hay modernas sucursales de Pizza Hut y Denny’s frente a pulperías y chatarras apiladas en las cunetas en espera de clientes en busca de repuestos. El bulevar está cubierto de árboles que crecen bajo enredijos de cables colgados de postes. Cada cierto tiempo, las cuadrillas municipales llegan a podar las ramas para no poner en peligro el cableado eléctrico.

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Después de 20 minutos de viaje, doblamos a la izquierda para entrar en Rivera Hernández. Pasamos entre un hotel y las gigantescas instalaciones de la maquila estadounidense Lear, especializada en arneses de carros. Podríamos habernos ido por la otra entrada, dos kilómetros más adelante, flanqueada por almacenes callejeros de repuestos de carros (que acá la gente llama “yónkeres”) y una moderna plaza de ventas con supermercado, farmacia y cafeterías. Las dos entradas están pavimentadas.

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La entrada del distrito es una promesa de desarrollo que no se cumple una vez que nos adentramos en la red de estrechas calles de tierra de la primera colonia. Una vez dentro, lo que se ve es una sucesión interminable de casas de concreto con diseños básicos y funcionales. La vida aquí no es fácil. Lujo es lo que menos hay en las barriadas

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El bonito edificio del centro de alcance está situado en una esquina, detrás de un cerco de rejas altas. El local alberga un laboratorio de computación completamente amueblado y con aire acondicionado, un gimnasio con espejos y un área lúdica con futbolitos y juegos de mesa. Hay guitarras y carteles motivadores colgados de la pared. Además de este CDA, en la zona hay otro en la colonia Padre Claret, quien es organizado por la iglesia católica y en el centro de la Rivera Hernández por la iglesia evangélica.

Los habitantes del distrito trabajan en la maquila Lear o en las demás fábricas que hay en esta zona. También laboran en las enormes bodegas de la famosa y cercana 33 calle, bordeada de urbanizaciones y edificios gigantescos. Otros tienen pequeños negocios de venta de abarrotes y comidas. Acá son famosos el pollo con tajadas de guineo frito y las inevitables baleadas de tortilla y frijoles con mantequilla.

El calor es fuerte en el municipio. La media anda por los 30 grados centígrados. Para hacer los 20 minutos de viaje sin sofocarse, hay que abrir todas las ventanas del carro o prender el aire acondicionado. Cuando estaba en su peor momento de violencia, solo era posible deslizarse en carro de noche por estas calles haciendo “cambios de luces” para que los pandilleros no confundieran a los viajeros con enemigos.

La pobreza que se nota en este distrito sampedrano es la que muchas veces mueve a los jóvenes a buscar el “cariño” de las maras y pandillas. Kevin, de 21 años, es un ejemplo de que vivir en la pobreza no es ser violento. “Vengo de una familia muy pobre”, dice. Pero sabe que hay personas que han tenido una vida más dura que la suya. Compara la realidad hondureña con un mar donde “algunos están en flotador, otros en lancha, otros en crucero. Cada quien tiene su forma de sobrevivencia”.

A muchos como él les ha tocado nadar con flotador en la vida. Han sobrevivido en medio de la pobreza y la violencia, pero Kevin tuvo suerte de encontrar a los CDA en su camino. Ahora lidera un grupo de jóvenes líderes que fundaron “Juventud Positiva en 2016 para crear voluntariado y liderazgo juvenil” en las zonas vecinas castigadas por la pobreza y el crimen, como Chamelecón, colonia Planeta y El Carmen. Kevin estudia Sociología y es miembro del comité pro desarrollo del distrito Rivera Hernández.

Kevin fue quien impulsó a Nicole Madrid para entrar en el CDA de Rivera Hernández. “Así fue como entré a ser parte de esta gran aventura”, cuenta Nicole. “Ha sido algo muy provechoso para mí porque aprendí a socializar con las personas. Eso me ayuda a crecer como persona y a entender las necesidades de los demás”.

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“Me abandonaron en el Mercado Guamilito, en el centro de San Pedro Sula, cuando tenía dos meses de edad”, relata Kevin. Sus padres actuales lo adoptaron. “Para sacarnos adelante, mi mamá lavaba y planchaba ropa. Yo recogía latas y botellas de plástico. La pandilla quería que llevara droga en el saco y me negué. Entré en pánico, pero me enfrenté a la vida. Decidí seguir, pero sin pertenecer a una pandilla”.

Como otros jóvenes sobrevivientes de San Pedro Sula, Nicole y Kevin han visto pasar de cerca a la muerte que ronda los barrios sampedranos.

Una banda de delincuentes saqueó la casa de Nicole. “Fue algo que nos afectó psicológicamente a mi familia y a mí”, dice Nicole. La violencia hizo que parte de su familia prefiriera el desplazamiento forzado. Algunos de sus parientes migraron a Estados Unidos hace unos años.

“Un primo mío fue víctima de la violencia en los sectores más críticos de la Rivera Hernández”, recuerda Kevin. “Era como un hermano para mí. Lo asesinaron junto con dos amigos más. Era un tiempo en que en la Rivera Hernández se daban masacres”.

Una de las peores masacres de la década pasada ocurrió precisamente en los campos de fútbol en la entrada del distrito, cerca de la maquila Lear, cuando 14 personas fueron asesinadas con fusiles de alto calibre mientras veían un partido de fútbol el 30 de octubre de 2010.

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En 2014, un hecho criminal cambió las cosas en los dos distritos que forman Rivera Hernández. “Raptaron a una adolescente que estuvo siete días en lo que se conocen como casas locas. Llamaron a los familiares de la muchacha y les dijeron ‘ya no busque a su hija, está enterrada en tal lugar’. A la generación que viene detrás no le vamos a dejar una Rivera Hernández violenta como nos la entregaron. En ese punto, la policía trabajó con la comunidad y aquella casa loca la llamamos la casa de la esperanza. De 2017 para acá, los homicidios han bajado, la Policía desarticuló las bandas criminales”.

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Kevin se resistió al “dinero y a las maravillas” que le ofrecía la pandilla “porque miraban que éramos pobres y vivíamos violencia doméstica. Era muy difícil”. Afrontó lo mejor que pudo su situación hasta que las cosas cambiaron al iniciar su voluntariado a los 11 años en el centro de alcance de Rivera Hernández en el año 2009, en pleno golpe de Estado contra el presidente Manuel Zelaya para imponer el gobierno de facto del transportista liberal Roberto Micheletti. “Me formé en habilidades para la vida y desarrollo humano. En el CDA maduré. Me dio un sentido, un proyecto de vida personal”.

Kevin fue parte de una de las primeras promociones del CDA de Rivera Hernández. “Después de dos años de ser beneficiario me convertí en voluntario del proyecto Educatodos para quienes no habían culminado sus estudios primarios. Estuve tres años con cinco alumnos hasta llevarlos a sexto grado”.

Para lograr que el CDA de este distrito tuviera éxito se han unido organizaciones extranjeras y voluntarios hondureños como Kevin. La Fundación Nacional para el Desarrollo de Honduras gestiona fondos de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) para sostener el Proyecto Génesis, el cual a su vez sostiene el CDA. Para Kevin, en cambio, las Iglesias se han quedado “cortas” en su apoyo. “Si las Iglesias se unieran y no buscaran intereses personales, serían mucho mejores los resultados”, dice. “Del Mormón y los Testigos de Jehová no vemos obras aquí”.

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La Policía Nacional, que por tradición es más temida que admirada en Honduras, es importante también para el desarrollo de proyectos en esta zona de San Pedro Sula. “Apoyamos a la policía comunitaria, a un policía que dialogue con el joven”, dice Kevin. “No podemos generar más violencia y odio”.

Durante sus años de servicio comunitario, Nicole y Kevin han sido testigos del crecimiento del CDA Rivera Hernández. “La iniciativa ha cambiado vidas en el sector”, dice la coordinadora del CDA Leonela Torres. “Hemos ayudado dando alimentos” en zonas vulnerables durante la pandemia del coronavirus.

Sin embargo, el trabajo más destacado del CDA ha sido el rescate de la juventud del distrito. “El CDA tiene varias áreas de trabajo, que incluyen computación, belleza y refuerzo escolar. Tenemos un gimnasio que es la microempresa de nuestro centro de alcance y sirve para sostenerlo. Damos talleres de belleza, electricidad, inglés y computación”.

“Pasé por muchos procesos de formación, como Desafiar mi Vida, que buscó que los jóvenes crearan un plan de vida durante una de las temporadas más difíciles para Rivera Hernández, de 2012 a 2016”, relata Kevin. El CDA le dio ganas de vivir después de una profunda depresión en la que pensó que su vida no valía la pena. La formación le permitió no solo valorarse él mismo, sino además perdonar a quienes lo ofendieron.

También encontró el trabajo de su vida, el de ayudar a rescatar a quienes como él padecen por la pobreza y la violencia. “Tengo que vivir, ayudar a la gente que me escupió. Son personas a quienes les voy a ayudar, voy a estar ahí para ellos y la gente que está en mi misma situación, jóvenes que están en pandillas. Voy a evitar que estos jóvenes entren a grupos criminales”.

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El CDA ha sido un éxito para Rivera Hernández, según Nicole Madrid. “Los jóvenes hemos estado presentes constantemente y hemos sido agentes de cambio para otros jóvenes al ver cómo nos hemos recuperado”.

Para Kevin, los jóvenes deben ser la solución y no un indicador ni una cifra. “El joven necesita ser escuchado, no solo golpeado, necesita un amigo, un mentor. Yo tuve un mentor y yo le contaba mis problemas y él me ayudaba a crecer, me inspiraba, me daba aliento para seguir adelante”.

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Sacar de un futuro de violencia a la juventud es uno de los principales objetivos del CDA. “Al enseñar habilidades para el empleo, está cambiando una vida”, dice Kevin. “El joven ya no va a agarrar un arma para poder tener ingresos, va a agarrar una tenaza, un cable, una computadora para ganarse la vida”.

Este artículo es parte de la serie de publicaciones de la Beca de Periodismo de Soluciones de la Fundación Gabo y gracias al apoyo de Open Society Foundation, institución que promueve el uso del periodismo de soluciones en Latinoamérica.

Coordinación del proyecto: Dunia Orellana

Edición: Lourdes Ramírez y Wendy Funes

Textos: Dunia Orellana y Dennis Arita

Edición de video: Dunia Orellana y Dennis Arita

Fotos y video: Cristina Santos

Gráficos: Dennis Arita

Audio de texto: Sergio Bähr y Lourdes Ramírez

Colaboración: Kenia Méndez, Cristian Martín, Luis Vallecillo y Telma Quiroz

Estos artículos son parte de la serie de publicaciones de la Beca de Periodismo de Soluciones de la Fundación Gabo y gracias al apoyo de Open Society Foundation, institución que promueve el uso del periodismo de soluciones en Latinoamérica.

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