Por: SEGISFREDO INFANTE

            Con Tito Ochoa Camacho, director de teatro, realizamos dos programas de televisión con el propósito de abordar la obra de Shakespeare. Cuando le expresé que “Romeo y Julieta” me parecía una obra cargada de pirotecnias verbales sobre el amor, el amigo se puso serio y se sorprendió un poco. Como para apaciguar al hondureño que comparte la idea de Harold Bloom en el sentido que el “Cano Occidental” se centra principalmente en la obra del dramaturgo inglés, le añadí, de inmediato, que tal pirotecnia resulta inocultable si la comparamos con el “Hamlet, Príncipe de Dinamarca”, una obra de gran simpleza y verdadera profundidad del mismo William Shakespeare.

            Aunque ambas tragedias se presentaron en las tablas con un año de diferencia, me parece que fueron escritas en momentos muy distantes el uno de lo otro. No es fácil imaginar que un escritor del calibre de Shakespeare haya madurado y cambiado de estilo entre 1595 y 1596. Tal cosa es incomprensible desde el punto de vista de la evolución natural de todo escritor realmente talentoso que busca la madurez y la sobriedad, en tanto que en el “Hamlet” hay laconismo, profundidad y economía del lenguaje en varios de sus “parlamentos”. Empero, tal inquietud la dejamos para el mundo de las conjeturas.

            “Romeo y Julieta”, en tanto tragedia, es una obra hermosa. Da la impresión que fue redactada por un joven dramaturgo que aún estaba enamorado; o que anhelaba obsequiarles un homenaje a sus propios amores de adolescencia. En los diálogos se puede apreciar la erudición del todavía joven dramaturgo, y una riqueza del lenguaje amoroso que podría dejar pálidos a los mejores poetas de todos los tiempos. 

            Veamos algunas frases de “Romeo y Julieta”: “El odio tiene su encanto, pero el amor vale mucho más.” (…) “!El amor!, ¡el amor es el vapor de nuestros tristes suspiros, el relámpago que brilla en la mirada amorosa, el océano tempestuoso que alimenta nuestras lágrimas!” (…) “¿Es que estás enamorado?… Pues pídele prestadas sus alas al Amor, y pasa de un vuelo por encima de las penas.” (…) “Vuestros labios han borrado mis faltas, todas mis culpas han sido perdonadas.” (…) “!El solo hombre al que debiera aborrecer (en boca de Julieta) es el único a quien puedo amar! ¡Oh! ¡Le amé demasiado pronto sin conocerle, y lo he conocido demasiado tarde!” (…) “Exhala un suspiro, y te conoceré. Declama un solo verso elegíaco, y sabré que existes.” (…) “Se ríen de mis pesares (dice Romeo) porque no están heridos como yo.” (…) “En el firmamento, inundado de luz, tus bellos ojos harían renacer el día”. (…) “Hay para mí más peligro en tus ojos que en afrontar veinte espadas desnudas.” (…) El juramento de amor “Es como el relámpago ardiente que brilla, pasa y muere antes que hayamos tenido tiempo de decir: ¡Qué relámpago!” (…) “Mi deseo de agradarte no tiene límites, como no los tiene el ancho mar; mi amor es tan profundo como él. Cuanto más te doy, más tengo.” Etc.

            En esta tragedia de amor hay un tercer personaje que por su habilidad para hablar e improvisar maravillas, por momentos podría haber opacado a Romeo. El personaje se llama Mercucio (y tal pareciera que representa al mismo Shakespeare). Mercucio “es la flor de la gentileza y de la caballería”. No debe, por tanto, continuar ensombreciendo el lenguaje de los dos adolescentes enamorados. Razón suficiente por la cual Shakespeare decide asesinarlo en el “Acto Tercero” de la obra.

            Por todo lo dicho es evidente el lenguaje hiperbólico, o aparentemente exagerado, rico en pirotecnias verbales como pocas veces se detecta en los dramas de William Shakespeare. Cualquier lector que decida apreciar diferentes traducciones de esta obra, respaldará lo afirmado. Reitero que tengo la impresión que es un drama para jóvenes, en tanto que los amores maduros suelen presentar un lenguaje más comedido y profundo, con menos arrebatos instantáneos que los de Romeo y Julieta. Sin embargo, es un amor envidiable, preñado de una “santa” tragedia medieval-renacentista inmarcesible.

            Otro ejemplo de pirotecnia verbal lo encontramos en el poemario “Prosas Profanas” de Rubén Darío, en donde el poeta se desborda a sí mismo, creando las pautas casi definitorias para transformar la poesía castellana. Si leemos estos poemas, un poco al margen de la suavidad barroca envolvente y de la técnica de los versos alejandrinos de manufactura francesa, detectaremos que Rubén Darío leyó detenidamente “Romeo y Julieta”, y que adoptó algunos de los giros shakespirianos. Pero claro, el poeta nicaragüense ha heredado, además, los motivos poéticos de Luis de Góngora y Argote, y la fluidez del verso de Francisco de Quevedo Villegas. Creo que tanto William Shakespeare como Rubén Darío en las dos obras mencionadas, crearon y utilizaron la pirotecnia verbal, agregándole belleza al lenguaje poético. La madurez literaria vendrá a nuestro encuentro en obras posteriores de ambos autores.

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