Radio Progreso

Es una palabra rara, pero impacta con fuerza en nuestra vida cotidiana. Si una familia vive en una casa de cartón y de láminas viejas, esa familia vive en condiciones de precariedad. Si una familia tiene su casa en el borde de un río o de una quebrada, y en tiempos de aguaceros o de tormentas, se inunda o se derrumba, esa familia vive en estado de precariedad.

Cuando una familia depende del sueldo de una obrera de la industria maquiladora, o de remesas que envían sus familiares indocumentados en Estados Unidos, esas familias viven en estado de precariedad, porque la comida y las necesidades básicas se cubrirán si sigue la maquila o si la obrera no es despedida por enferma o porque pasó de los 35 años, o depende si el indocumentado es deportado o no.

La precariedad tiene que ver con inseguridad, inestabilidad, incertidumbre, porque la gente vive, trabaja, sueña o se alimenta, sin saber a carta aval cómo le irá mañana, el siguiente mes o el próximo año. Así es la vida de la inmensa mayoría de la sociedad hondureña, y así se encuentra el presente hondureño con un modelo de desigualdades, y cuando las pandemias y las tormentas y huracanes desnudan la precariedad en la que vive la gente.  

Así está la situación económica de la gente. Somos una sociedad en precariedad, expuesta a amenazas. Es tan precaria la vida que miles de personas en el campo con costo tienen un ingreso diario como para comprar una libra de queso y unos tres productos básicos. Eso se llama precariedad. Esas poblaciones no saben a ciencia cierta cómo será su vida en su futuro inmediato. Viven a coyol partido, coyol comido.

Para la gran mayoría de la sociedad es una hazaña conseguir para los tres tiempos de comida. Muchos hogares se han conformado con dos tiempos de comida, y a veces se las ingenian para distribuir un tiempo de comida engañando a niños para distribuir ese tiempo de comida en dos tiempos. Se sabe de madres que hacen malabares para hacer sopas con un huevo, y alimentar a sus cinco criaturas.

Tras la pandemia, miles de obreras de las maquilas fueron despedidas, sin siquiera pagar sus derechos. Se fueron hule, como dicen las mismas obreras desempleadas. Y miles de personas tuvieron que cerrar su micro empresa porque la pandemia con sus toques de queda y las limitaciones para circular, les hizo perder sus ingresos. Eso es a lo que llamamos precariedad.

La pandemia y las inundaciones han profundizado la precariedad de la población, tanto que los expertos dicen que si con la pandemia, 7 de cada 10 personas en edad de trabajar, estaban en el desempleo, con el paso de las tormentas, aumentó a ochenta por ciento.

Solo una propuesta profunda que toque de raíz lo que origina la precariedad, nos conducirá a una institucionalidad que garantice una economía y unas inversiones al servicio del bien común y de la dignidad de cada una de las personas que habitan en territorio hondureño.

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