Por: SEGISFREDO INFANTE

            La historia zigzagueante del “Homo Sapiens” civilizado, registra la más vasta gama de situaciones contradictorias, en las que se entrelazan, en agridulce mixtura, momentos de tranquilidad; de construcción e invención creativa; de servidumbre; de esclavitud y libertad; de guerras barbáricas que han devastado civilizaciones y culturas; de distorsiones historiográficas; de luces y penumbras; de placer y de dolor; y de largas temporadas de indubitable paz. No es cierto, como sugería un pensador de mediados del siglo diecinueve, que la violencia sea la única “partera de la historia”. La “Historia”, más bien, es como un rompecabezas fabricado con mosaicos disparejos, variopintos y confusos, en que a veces el estudioso encuentra “patrones” análogos que le sirven para darle seguimiento científico a los sucesos del pasado lejano y reciente, y así poder atalayar posibles perspectivas en el brumoso porvenir.

            De hecho algunas civilizaciones se han extinguido, sin que los arqueólogos e historiadores meticulosos logren explicar, contundentemente, los resortes más ocultos de tal auto-extinción. Uno de estos casos complejos lo presentan las ciudades del periodo clásico maya, que a partir de ciertos momentos dejaron de fechar sus cronologías, como evidencia que tales emplazamientos urbanísticos poblacionalmente se habían desplazado o se habían extinguido. Otro ejemplo, pero en un rumbo diferente, es el surgimiento y desarrollo pacífico, durante miles de años, de la primera civilización prehispánica conocida bajo el nombre de “Caral”, en América del Sur, que también se extinguió quizás por problemas climáticos. No por violencias internas o externas.

            Por eso he venido sosteniendo la tesis histórico-filosófica que aunque la mugrosa violencia desempeñe un papel interesante en la “Historia”, en el fondo de los fondos los seres humanos coexisten pacíficamente por un sentido de cooperación individual y colectiva, que ha permitido que los hombres y mujeres hayan alcanzado altos grados de cultura cívica, hasta llegar a nuestros días, con rendimientos positivos en los niveles de construcción práctica; en las esferas del pensamiento abstracto; en diversos renglones científicos y artísticos. E, incluso, con grandes alcances en la ciencia médica, a pesar de las calamidades nacionales y mundiales que hoy por hoy padecemos.

            No estoy seguro, por ahora, que el sentimiento de cooperación pacífica entre los primeros hombres civilizados haya sido producto de una disposición biológica innata; o que, por el contrario, haya sido algo reflexionado o aprendido, con el paso de los siglos, sobre todo por motivos de comercializaciones internas y externas. Un maravilloso ejemplo que he mencionado en varios artículos, es el de aquellos soldados que durante la “Primera Gran Guerra”, se avisaban unos a otros, como supuestos enemigos encarnizados, en qué horarios puntuales realizarían los ataques, para de este modo contabilizar un “mínimo” de muertos de ambos bandos. Sobre todo en periodos de “Navidad”.

            Las guerras civiles altamente destructivas por regla general no conducen hacia ningún lugar. Tampoco los choques sangrientos masivos de las grandes hecatombes internacionales como la “Segunda Guerra Mundial”, una guerra absurda provocada, en un alto porcentaje, por instintos raciales primitivos, que se anidaron, ideológicamente, en las entrañas de los nazis y sus aliados. En la escala negativa hacia abajo, los terroristas han registrado los peores casos de absurdidad política. Lo único que logran los promotores de estos enfrentamientos bélicos y del caos social, es un quejido mayor de los parientes y amigos que pierden a sus seres más queridos. O de aquellos que “naufragan” en carpas hospitalarias improvisadas en la retaguardia del frente de batalla. Existe una especie de consenso que las guerras y las pestes sacan a relucir lo peor de muchos seres humanos. Pero también afloran las mejores virtudes en relación con el dolor del prójimo.

            Alguien podría contradecirme que estoy hablando o escribiendo en abstracto. Pero ocurre que en la vida real yo estuve interno, hace algunos años, en el “Hospital Escuela” en Tegucigalpa. Y pude experimentar todo lo negativo y lo positivo que alguien podría imaginar. Pero lo que más recuerdo, aparte de mis dolencias, son los quejidos de un anciano que frisaba los ochenta años de edad, que se encontraba en una camilla contigua y cuyos lamentos se prolongaban las veinticuatro horas del día. Y aunque sus parientes casi siempre le rodeaban, en algún momento lo dejaron solo y por suerte llegó, accidentalmente, un buen médico internista que me preguntó por qué se quejaba tanto el anciano. Le contesté que ningún médico anterior lo había atendido. En verdad, me dijo, “a este pobre viejito lo tienen abandonado”. De ahí mejoró un poco la suerte de aquel paciente inolvidable, y sus profundos quejidos humanos fueron menguando. También recuerdo a un “predicador” que me atacaba y calumniaba ferozmente, por sospechar que éramos de religiones diferentes. El verdadero amor individual y comunitario debe ser invariable, precisamente porque los quejidos del dolor ajeno son insondables; inmedibles; inexpresables.

            Tegucigalpa, MDC, 28 de junio del año 2020. (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el día jueves 25 de junio del 2020, Pág. Cinco). (También se reproduce en el diario digital hondureño “En Alta Voz”).

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