Por: SEGISFREDO INFANTE

            No recuerdo el momento exacto en que nos conocimos. Me parece que fue en una fiesta de independencia de una embajada del norte. Años después compartimos ciertas actividades culturales y políticas. Pero lo más importante fue el nivel de confianza que comenzó a crecer entre nosotros. Recuerdo que alguien lo convenció a que se metiera de candidato a diputado en uno de los varios lanzamientos presidenciales, internos y externos, de un personaje cuyo nombre conviene omitir. En esos trajines el amigo Ronald cosechó, por primera vez, un severo problema de salud. Luego en su campaña él insistía sobre la importancia de los temas éticos. No sabemos con exactitud por qué perdió la posibilidad de convertirse en congresista, si otras personas menos capacitadas (o sin ninguna capacidad) de diversos agrupamientos políticos consiguen, dicen ellos, “representar al pueblo” en el hemiciclo legislativo.

            En ocasión de subrayar los nombres de los amigos y de otras gentes valiosas, comparto las mismas prácticas escriturales del hondureño Ramón Oquelí Garay, en el sentido que nunca debemos permitir que tales o cuales personas vayan siendo relegadas al olvido. Si acaso cabe en nuestras posibilidades el acto de recordación, es preferible que lo hagamos mientras los ciudadanos de que se trate continúen con vida, tal como lo hicimos con el doctor en matemáticas Oscar Montes Rosales, poco después que le practicaran una operación “a corazón abierto”. Siempre recordamos al doctor Montes aun cuando ahora pase recluido “en sus habitaciones particulares”, tal como se decía en los periódicos que llegaban pregonando los canillitas al “Barrio Villadela”, en la capital de Honduras, en los lejanos días de mi infancia.

            Ronald Barahona es uno de los fundadores de la “Revista Histórico-Filosófica Búho del Atardecer”. Cuando le era posible me llamaba para que fuera a recoger su colaboración numismática, con el propósito de publicar una nueva edición del “Buhito”, como cariñosamente él ha nombrado a nuestra revista, la cual ha circulado gratuitamente, desde el primer número hasta el día de hoy. Lo ha cristalizado sin ningún interés particular. Jamás ha publicado en el “Búho” y nunca ha sugerido nada. Ha sido por el simple deseo de contribuir, en algo, con la cultura escrita.

            Desde hace unos tres años aproximados la salud de Ronald Barahona ha menguado un poco. Ha viajado a Estados Unidos a tratarse con excelentes médicos que le han prolongado la vida. Pero tengo la impresión que en las fechas actuales casi nunca sale de su residencia. Con el doctor Abraham Pineda Corleone (QEPD) lo fuimos a visitar en cierta ocasión, a fin de auxiliarle un poco en su problema de salud anterior, cuando andaba en campaña política. Pero la verdad es que ahora mismo me extraviaría al tratar de encontrar su dirección. En otro momento Ronald y el autor de estos renglones fuimos los únicos en visitar a un candidato presidencial supuestamente “derrotado”, durante un árido mes de enero, cuando nadie deseaba visitar al personaje aludido. Ese personaje, cuatro años después, se olvidó de nosotros (¡¡gracias a Dios!!) al momento de alcanzar la presidencia de la República.

            Como solíamos reunirnos en una de sus oficinas con el único propósito de conversar, en algún momento le hice la confidencia que me encontraba en aprietos económicos y que me era imposible pagarle la colegiatura a un pariente cercanísimo que estudiaba en el “Instituto San Miguel”, y que tal vez se presentaba la oportunidad de conseguirle una beca. Pocos días más tarde me llamó y me informó que un empresario se encargaría de financiar los estudios del pariente durante aquel año. Pero que alguien muy alto, dentro de la jerarquía católica, le había aconsejado mantener en secreto el nombre del empresario encargado del auxilio. Así que el personaje anónimo pagó durante aquel año los gastos de mensualidad en dicho colegio. Dejó de hacerlo porque mi pariente “equis”, en la misma proporción aritmética en que es inteligentísimo, igualmente ha sido desaplicado en sus clases o ha padecido de “déficit de atención”. Y este fenómeno es incomprensible para la mayoría de los profesores.

            Varios años después descubrí que el empresario que había pagado las colegiaturas mensuales durante un año en el “Instituto San Miguel”, era el mismísimo Ronald Barahona. Secreto generoso que todavía él guarda en su corazón. Pero que yo necesito divulgarlo, moralmente, como una muestra de amistad invariable en una época en que el amigo se ha alejado del “mundanal ruïdo”, tal como decía el poeta sefardita Fray Luis de León, en uno de sus poemas mejor logrados.

            Percibo que la frágil salud de mi amigo ha mejorado en un aspecto; pero se ha deteriorado en otro. En todo caso deseo que recupere hasta donde sea probable su salud física y emocional. Querido amigo Ronald, te hago llegar mi abrazo fraterno hasta el lugar en donde tú te encuentres. ¡!Sea!!

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