Por: SEGISFREDO INFANTE

            Desde tiempos antiguos se conoce la importancia bíblica, y más tarde kabalística, religada con el número “siete”. Y aun cuando la gente desconozca estos antecedentes históricos y culturales específicos, hay una especie de aprehensión apriorística de los seres humanos de diversas culturas en relación con los números y la numerología. Para los pitagóricos griegos el número perfecto era el “seis”. Para los hebreos el “siete”. Y para otras civilizaciones han sido importantes las bases decimales y vigesimales. No digamos el símbolo “cero” inventado por los hindúes y los mayas respectivamente, del cual deriva la matemática posicional.

            Aquí mismo publiqué el artículo “Siete Noches de Tunchac”, el domingo tres de noviembre del año pasado, tomando como respaldo siete conferencias nocturnas ofrecidas por el erudito argentino Jorge Luis Borges. Pero mucho antes de Borges, existía la referencia del coronel británico Thomas Edward Lawrence (más conocido como “Lawrence de Arabia”), quien publicó en 1926 el voluminoso libro “Los Siete Pilares de la Sabiduría”, que está redactado con los recursos de un lenguaje hermoso, vivencial, con descripciones encantadoras de las geografías, las luchas, las penalidades y los triunfos de las diversas tribus árabes y de sus aliados occidentales, para expulsar al “Imperio Turco Otomano” de Arabia, Siria y Tierra Santa. Todo esto en el contexto de la “Primera Gran Guerra” contra Alemania y sus aliados otomanos.

            Algunos autores sugieren que Thomas Lawrence adoptó la idea de los famosos siete pilares, a partir del libro de “Proverbios” del Antiguo Testamento. Es bastante probable. Pero también es probable que haya pensado aludir a los “Siete Sabios” de la Antigua Grecia, cuyos nombres se mueven entre la realidad y la fantasía, y respecto de cuyas existencias estamos plenamente seguros sólo de Tales de Mileto. No tengo a mano, por ahora, el libro de “Lawrence de Arabia”. Por eso me resulta difícil sustentar algunas afirmaciones. Pues me baso únicamente en el recuerdo de hace varios años, en que pude deleitarme con sus páginas.

            El caso central de este artículo es que tengo entre mis manos el volumen antológico de Lucius Anneo Séneca titulado “Los Siete Libros de la Sabiduría”. No creo que Séneca haya pensado agrupar una parte de su obra en prosa bajo semejante nombre. Más bien pienso que se trata de una táctica mercadológica de sus editores actuales. Sin embargo, una de las reflexiones de este filósofo hispano-romano se titula justamente “De la constancia del sabio y que en él no puede caer injuria”. Como en mi segunda juventud había leído, de Séneca, sus “Epístolas a Lucilo”, y “De la brevedad de la vida”, el contenido de estos otros textos me resulta familiar.

            Séneca pertenece al subgrupo de filósofos estoicos tardíos, que configuran una especie de tripleta con Epicteto y Marco Aurelio. A estos dos últimos, recuerdo haberles dedicado sus respectivos artículos. En el caso de Séneca su obra exhibe extrañas curiosidades. En varios renglones pareciera haber leído el “Libro de Job” del Antiguo Testamento. Algunas de las preguntas son casi las mismas, aun cuando las respuestas al problema sean diferentes. Lo mismo podría hipotetizarse respecto de sus proximidades con el discurso cristiano, habida cuenta que Séneca sería un verdadero contemporáneo de Jesucristo, de Simón Pedro y de Pablo de Tarso. Sin embargo, una diferencia sustancial entre los discursos judeocristianos y los escritos de Séneca, es que este filósofo reafirma simultáneamente a Dios y a los “dioses”.

            Como estoy formado en los sistemas filosóficos “cerrados”, en los modos de Aristóteles, Nicolás de Cusa, Renato Descartes, Immanuel Kant y Guillermo Hegel, me resulta fácil leer los textos de los filósofos estoicos. Séneca escribe con profundidad y superficialidad simultáneas, con el objetivo casi inmediato de ofrecer consejos prácticos para la vida cotidiana. Es evidente que había leído algunas cosas sustanciosas de Aristóteles, y que admiraba al orador Marco Tulio Cicerón. También es evidente que sin haber creado ningún sistema filosófico abierto o cerrado, había llegado a sus propias conclusiones sobre la vida, la sabiduría y la muerte.

            Me parece que con el tema de la muerte se adelantó a los existencialistas europeos, y que incluso se anticipó a una famosa frase de Martin Heidegger, quien en uno de sus textos subrayó que “somos para la muerte”. Diecinueve siglos antes que este filósofo alemán, Séneca le aconsejó a un posible interlocutor lo siguiente: “Advierte que naciste para la muerte y que el entierro en silencio es menos molesto.” Y en otra epístola sugiere que “Los mortales hemos recibido lo que es mortal”.

            El doctor Alex Padilla, un buen amigo nuestro, ha sugerido la posibilidad de retornar a los filósofos estoicos. Creo que más allá de nuestras propias simpatías filosóficas, vale la pena releer a Séneca, quien era adversario de las difamaciones, envidias y tergiversaciones que se han puesto de moda en nuestros días.

            Tegucigalpa, MDC, 28 de junio del año 2020. (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el domingo 05 de julio del 2020, Pág. Siete). (Se reproduce también en el diario digital “En Alta Voz”, gracias a la colaboración espontánea de los periodistas Mario Hernán Ramírez, Elsa Ramírez de Ramírez, y Lourdes Ramírez).         

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