Por: SEGISFREDO INFANTE

            En algún momento de su historia futura la población hondureña se verá en la circunstancia de detenerse, recobrar la respiración y meditar racionalmente sobre su desnivel económico y sobre las posibilidades reales de crear un aparato productivo capitalista que se instale en todos los puntos neurálgicos de la rosa geográfica nacional, es decir, mucho más allá del trillado corredor económico norte-sur, que de hecho es una “L” invertida que va transversalmente de La Ceiba hasta Puerto Cortés, bajando en forma casi perpendicular hacia Choloma, San Pedro Sula, Siguatepeque, Comayagua, Tegucigalpa, San Lorenzo y Choluteca. El resto de los municipios, con las excepciones del caso, se encuentran al margen de un posible despegue económico que incorpore a todos sus habitantes, a fin de que enderecen su camino hacia lo que es integral.

            Hay que remarcarlo una vez más: En Honduras existen pequeñas agrupaciones que se oponen a todo proyecto que huela a despegue económico capitalista. Esas mismas agrupaciones (a veces gremiales) les exigen a los gobiernos y al “Estado” que las auxilien en sus necesidades vitales. Pero parece que nunca se preguntan de dónde deben salir los fondos para cubrir todas las demandas habidas y por haber. Pierden de vista que para eso se requieren las deudas y las recaudaciones fiscales justas, las cuales están en proporción a los impuestos que derivan de la actividad económica de un país. Sin embargo, a la par de todo eso ocurre que el aparato económico hondureño continúa siendo pequeñito, si lo comparamos con nuestro crecimiento poblacional interno, y con el aparato económico de Guatemala (dos veces más grande que el catracho), un país que también sigue siendo pobre, inequitativo, pero con mejores probabilidades.

            Un solo ángulo de análisis de la problemática económica de nuestro país, es el tema de la balanza comercial, en donde nosotros exhibimos, tradicionalmente, un déficit sustantivo, en tanto que las importaciones son mayores que las exportaciones. Esto significa que las importaciones sobredimensionadas de mercancías extranjeras se traducen en fuga de divisas, y al final el fenómeno empalma con la pobreza de grandes cantidades de personas que se sienten empujadas a emigrar, por “el sueño americano”, que interiorizaron desde sus infancias por medio de los glamorosos televisores.

            Nuestro interés espiritual ha crecido, en estos últimos años, en favor de una vieja vocación que se nutre de la gran Filosofía universal. No quisiera, en consecuencia, despegarme de las ubres de esta gran señora sapiencial. Pero cuando percibo la ausencia de propuestas económicas factibles por parte de los candidatos presidenciales, me hundo en un nuevo tipo de tristeza y de impotencia catracha, y entonces retomo los temas económicos que también resultan indispensables. Esta tristeza crece mucho más cuando percibo un discurso vacío que se opone a toda forma de capitalismo, o a toda forma de desarrollo real, bajo la falsa creencia que una nación puede vivir con “autarquía” económica, sin ninguna relación con el mundo comercial y financiero restante.

            Soy contrario a los submodelos capitalistas salvajes extremosos, como el de aquellos que crearon una inmensa burbuja de mercados de valores desregulados y terminaron por hundir el sistema financiero durante el año 2008. Pero debo reconocer, con honestidad, que con el macromodelo capitalista fundado hace seis siglos, la humanidad ha dado saltos gigantescos en materia de pensamiento, ciencia, arte, democracia moderna, vacunas generalizadas anteriores al covid-19, escolarización, promedios de vida, publicaciones, medios de comunicación, etc. Y aunque las desigualdades sociales siguen a la orden del día, nunca las escondemos, como suele ocurrir en países aislados con ideologías autárquicas que exhiben falsas estadísticas.

            Lo ideal es un equilibrio relativo entre las importaciones y las exportaciones, en donde la balanza se incline un poquito, o bastante, en favor de estas últimas. En ausencia de las exportaciones crecientes cualquier sociedad está condenada al desempleo masivo, al hambre y a la pobreza extrema. Para que tal cosa se revierta en algo positivo, se requiere de la existencia de un fuerte aparato productivo en donde se combinen, creativamente, las fuerzas privadas nacionales con las grandes inversiones extranjeras. Cerrar los ojos frente a esto, significa conducir a la miseria a todo un pueblo.

            Aunque la República de Chile ha sido endiosada y satanizada casi al mismo tiempo, la verdad es que más del treinta por ciento de las exportaciones chilenas se basan en la explotación de las minas de cobre, y el otro setenta por ciento diversificado se subdivide entre las pequeñas industrias, y luego entre las grandes empresas.

            Queridos lectores, sin exportaciones mercantiles crecientes, estamos condenados a cosechar pobreza. Pero tales exportaciones deben basarse en un sólido aparato de producción capitalista expansivo, incluso en los llamados países “comunistas”.

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