Por: SEGISFREDO INFANTE

            El martes cuatro de mayo de este año que avanza y retrocede, Frances Simán me envió una fotografía de un ensayo sobre César Vallejo, de mi autoría, que publiqué hace demasiado tiempo, al grado que lo había borrado de mi memoria, como si nunca lo hubiese escrito. El artículo-ensayo lleva por título “El Odio de la Ternura”, fechado en junio de 1983, y publicado en la “Revista Frente” de aquella misma época. Tengo la impresión que tal vez se reprodujo en la “Revista Andrómeda” de Costa Rica. O en otro medio divulgativo. No lo sé. En todo caso nosotros éramos muchachos y han transcurrido alrededor de treinta y ocho años. En consecuencia, las percepciones y cosmovisiones conceptuales se han modificado. 

            Sin embargo, la relectura de aquel ensayo lejano me ha permitido una revaluación de mi capacidad escritural de aquel momento. Creo que “El Odio de la Ternura” es un ensayo bien redactado. Pero exhibe demasiada erudición juvenil. Y la erudición excesiva, en un corto espacio corre el riesgo, a veces, de convertirse en una cáscara vacía, tal como lo expresé en otro ensayo más o menos reciente: “Fermentación Conceptual en Hegel”, de noviembre del 2011, en tanto que la erudición sólo cobra sentido cuando hilvana ideas coherentes y posee un verdadero contenido conceptual.

La ventaja del ensayo juvenil de 1983, es que me facilita un reingreso autónomo a la buena poesía. Esto significa que puedo leer con solvencia el poemario “Los Cisnes Negros” de Rolando Kattan. No soy un lector apresurado. Ahora me gusta leer con detenimiento, especialmente cuando se trata de “Filosofía” y “Poesía”. En verdad he paladeado este poemario de Kattan en el preciso momento en que su señora madre, doña Luisa Fernanda Bojórquez (mexicana), yacía en una funeraria de Tegucigalpa. Es más, Rolando la menciona varias veces en su poemario. Le escribí un mensaje al amigo expresándole literalmente que su mamá era una señora espléndida, dulce y sana de corazón como la miel de jimerito.

Bajo la pesadumbre he leído cada verso y cada palabra de “Los Cisnes Negros” de Kattan. Y he percibido un trasfondo de soledad y de inquietud en varios poemas y en la personalidad misma del autor, fenómeno que al parecer se resuelve mientras el poeta se baña en la ducha y las cosas de la vida se escapan tristemente por el desagüe. Este es el único poemario que desconocía de toda la obra de Rolando. Sin embargo, hay dos o tres poemas que me resultan familiares: “La Ermita de Gualcinse”, “Otredad” y creo que el “Efecto Coriolis”. Rolando me los había leído en voz alta. 

Rolando Kattan ha alcanzado en este poemario la delicadeza del verso. No hay politiquería ni sarcasmo exhibicionista. No necesita la buena poesía de tales poses histriónicas de adolescencia tardía. Pero hay, eso sí, un dolor contenido y un sentimiento profundo de ausencia frente a la vida, con toques de descreimiento. Su amor obsesivo por la poesía y su caminar por distintos puntos del planeta, le han conducido a experimentar una cierta vaciedad existencial que el autor cubre con el manto del amor hacia las personas, y con el cincel con el cual pulimenta sus versos. La dulzura de su madre se ha consubstanciado con algunos de sus textos más hermosos. Con el refuerzo de su poema “Transmigraciones” sostengo mi afirmación: “En el jardín teníamos lirios de los valles,// condenados a mirar la hormiga y no la estrella.// Con pequeños vocablos los cuidaba mi madre,// musitaba a la flor y les dejaba un cariño.// En las flores ella sentía el ojo de Dios.” (…). Y ahora “Florecen todavía los lirios en el patio// y en la flor ahora encuentro el ojo de mi madre.” Tal como si fueran versos premonitorios. También le dedicó un lindo y doloroso poema a su padre: “La Memoria del Origami”. Leamos, sólo por hoy, dos versos: “Sonríe inerte el rostro de mi padre// en el oxígeno desgastado del retrato.”

Para sustentar mi tesis de “soledad y serenidad inquieta” en la obra laureada de Rolando Kattan, conviene volver a la lectura de los versos más significativos, o que más me atraen, desde el ángulo de una percepción poética preliminar. Pero antes debo decir que la tesis se robustece con la visión existencialista, deliberada o subconsciente, del poeta sereno y emotivo que transita por este mundo buscando asideros espirituales; pero con la sensación de la fugacidad, real o aparente, del orden fenoménico que lo envuelve.

Opino que para entrever sus imágenes poéticas debemos recurrir al método de Gaston Bachelard, en el sentido de penetrar su mundo con el objeto de capturar imágenes ahí donde menos las esperamos. Este método exige abandonar los prejuicios “científicos” y “políticos”, y retornar una y otra vez a la lectura sosegada. Es el mejor homenaje que le podemos brindar, por ahora, al hondureño Rolando Kattan.

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