Por Mario Hernán Ramírez

No es preciso llegar hasta la cumbre que lograron escalar excelsas mujeres de la talla de Juana de Arco (Francia), la madre Teresa de Jesús (España) o Sor Juana Inés de la Cruz (México), para otear en el panorama mundial a las grandes mujeres que precisamente han marcado huella y desde ahí conocer, por lo menos desde a principios del segundo milenio, época hasta la cual llegan nuestras investigaciones.

En Honduras, también, ha habido ínclitas féminas que de igual forma han ido dejando huella en su transitar por este mundo. Por ejemplo, aquí vamos a recordar a Sor Magdalena, religiosa que consagró desde muy joven su dilatada existencia al servicio de la hondureñidad, primero con la dirección de la Casa del Niño que, originalmente funcionó en un predio anexo al Correo Nacional, lugar que posteriormente fue reconstruido y entregado a la Proveeduría General de la República, exactamente frente al edificio donde funcionó la Lotería Nacional; enseguida, esta benemérita hondureña cuando alcanzó uno de sus sueños, que era la construcción de su propio local amplio y funcional, en el barrio La Bolsa de Comayagüela, volvió sus ojos a los ancianos y fundó el asilo para éstos con el nombre de Salvador Aguirre, a inmediaciones de la colonia Villa Olímpica, albergue para las personas de la tercera edad que trabaja en dos pabellones, uno, para los completamente pobres de solemnidad y otro para los que tienen capacidad para rentar su permanencia en el asilo.

Pero nuestro objetivo es, resaltar la inconmensurable actividad de Sor María Rosa otra monja ejemplar, que sin duda alguna está escribiendo páginas gloriosas a su paso, también, por este planeta, misma que comenzó su jornada humanitaria como enfermera del hospital La Policlínica, precisamente, cuando los centros asistenciales de Tegucigalpa, San Pedro Sula y La Ceiba eran atendidos por estas mujeres eximias, cuyo vestuario las distinguía del resto de las de su género, independientemente de que portan en su pecho un enorme crucifijo que las eleva a su condición de religiosas. Sor María Rosa inició su carrera humanitaria con el doctor Salvador Paredes fundador del hospital La Policlínica y también del centro social Country Club, dicho sea de paso, a inicios de 1930.

Esta extraordinaria dama ya ocupa un lugar cimero por su inconmensurable obra en la rehabilitación de niñas y niños de corta edad, las que ya sobrepasan los noventa mil, desde que en 1976 consagrara su vida a esta noble y benemérita actividad. Es enorme, inconmensurable, gigantesca, diría yo, la jornada terrenal que Sor María Rosa ha logrado escalar y que, ni siquiera lo avanzado de su edad (93 años) le impiden seguir compartiendo su bendito proyecto, el que posiblemente, de acuerdo con la voluntad del Altísimo redondeará las cien mil criaturas que en Honduras a través de generaciones proclamarán su nombre, alabándolo y elevando plegarias por su salud y larga vida, porque mujeres como ella no nacen todos los días ni en Honduras ni en China, Europa ni en ninguna otra parcela terrenal.

Es por eso que, ahora a 5 años que la Asociación de Jubilados y Pensionados de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras le tributara uno de los más sentidos homenajes junto a otras 36 distinguidas personalidades de nuestro mundo, queremos recordar esa memorable fecha, en que la también ínclita dama doña Matilde Medina de Izaguirre, sentada en su silla de ruedas a sus más de 90 años gritó a todo pulmón “Viva la vida”.

Sor María Rosa durante los últimos días se ha encontrado con su salud quebrantada, merced a la propagación de la “bendita” pandemia conocida como Covid19 y que, algunos dicen tiene de rodillas a la humanidad entera; nosotros diríamos, manos arriba, esperando que este tormentón, huracán, ciclón o como quiera llamársele a la devastadora enfermedad, sirva nada más para abrir los ojos y los oídos a aquellos que se proclaman agnósticos, herejes o simplemente ateos, que tienen que someterse, definitivamente, a la voluntad del Creador para que despierten de esa horrible pesadilla de la incredulidad.

Obras son amores y no buenas razones.

En lo personal, soy un milagro tangente y viviente del poder superior.

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