Doctor HORACIO ULISES BARRIOS SOLANO, Premio Nacional de Ciencia “JOSÉ CECILIO DEL VALLE”

15 de septiembre de 2020

[1]“El 11 de septiembre de 1842 estalló en Alajuela un movimiento popular contra el gobierno de Morazán. Cuatrocientos hombres encabezados por el portugués Antonio Pinto Soares,27 atacaron la guardia de Morazán compuesta por 40 salvadoreños,27 día en que sitiaron el Cuartel de San José (en el sitio del actual Museo Nacional de Costa Rica. Ante estos hechos, Morazán y sus hombres logran repeler los ataques y se replegaron en el cuartel general. Desde allí le hicieron frente a los insurrectos que según el historiador Montúfar ascendían a mil hombres.

La lucha continuó encarnizada y tenaz. A medida que el conflicto era desfavorable a los sitiados el Capellán José Castro propuso una capitulación a Morazán garantizándole la vida, pero él se negó. Después de 88 horas de lucha, Morazán y sus colaboradores más cercanos decidieron romper el sitio. El general José Trinidad Cabañas con 30 hombres hizo posible la retirada de Morazán y sus oficiales cercanos hacia Cartago.

No obstante, la insurrección se había extendido hasta ese lugar y Morazán tuvo que solicitar ayuda de su supuesto amigo Pedro Mayorga, sin embargo, este le traicionó y le brindó facilidades a los enemigos de Morazán para capturarlo junto a los generales Vicente Villaseñor, Saravia y otros oficiales. El general Villaseñor quiso suicidarse con un puñal y resultó herido gravemente. Cayó al suelo bañado en sangre pero sobrevivió. El general Saravia murió luego de sufrir una terrible convulsión.

Posteriormente una “burla de juicio” se llevó a cabo, en la cual Morazán y Villaseñor fueron condenados a muerte por las auto constituidas nuevas autoridades. De acuerdo al historiador William Wells: “La junta que emitió esta barbárica resolución estaba compuesta por Antonio Pinto (hecho comandante general en ese momento) el padre Blanco, el infame doctor Castillo, y dos españoles de apellidos Benavidez y Farrufo”.

Después de estos hechos, los condenados fueron trasladados al paredón de fusilamiento localizado en la plaza central de la ciudad. Antes de llevarse a cabo el acto de ejecución, Morazán le dictó su testamento a su hijo Francisco. En éste, el general estipuló que su muerte era un “asesinato” y además declaró: “No tengo enemigos, ni el menor rencor llevo al sepulcro contra mis asesinos, que los perdono y deseo el mayor bien posible”. Posteriormente le ofrecieron una silla y la rechazó. Al general Villaseñor, que se encontraba sentado e inconsciente y bajo el efecto de un sedante, Morazán le dijo: “Querido amigo, la posteridad nos hará justicia” y se persignó.

Según relata el historiador Miguel Ortega, Morazán pidió el mando de la escolta, se abrió la negra levita, se descubrió el pecho con ambas manos y con voz inalterada ―como quien da órdenes en una parada militar―, mandó: “¡Preparen armas! ¡Apunten!”. Entonces corrigió la puntería de uno de los tiradores y finalmente gritó: “¡Apunten! ¡Fue…!”. La última sílaba fue apagada por una descarga cerrada. Villaseñor recibió el impacto de los plomos en la espalda y se fue de bruces. Entre el humo de la pólvora, se vio que Morazán alzó levemente la cabeza y musitó: “Aún estoy vivo…”. Una segunda descarga acabó con la vida del hombre al cual José Martí describió como “un genio poderoso, un estratega, un orador, un verdadero estadista, quizás el único que haya producido la América Central”. En octubre de 1842, los gobiernos de Centroamérica, satisfechos de que Morazán hubiese desaparecido, reanudaron sus relaciones con Costa Rica. En 1848, el gobierno de José María Castro, envió los restos de Morazán a El Salvador, cumpliendo uno de sus últimos deseos”.

[2]“Amanecía  el  23  de  septiembre  de  1842,  todavía  la  inconsolable viuda y  los apesarados hijos  rezaban el  novenario  del  mártir  de  la  Unión  Centroamericana,  acompañados  por  algunas  piadosas  personas,  cuando  por  una  callejuela  estrecha  marchaba  un  sacerdote  seguido  de  cuatro  personas  de  mala  catadura.  Se  dirigían  al  cementerio y  gesticulaban  como  para  hacerse  entender mejor. No tardaron en llegar a su destino,  donde se reunieron con dos peones; uno de ellos tenía una barra y  el otro una pala.  El sacer-dote  dobló  el  espinazo  y  arremangándose  la  sotana  indicó  en  el  suelo un promontorio de tierra y  los peones empezaron  su tarea. La  hiena  o  clérigo  era  el  padre  Blanco  y  sus  compañeros  unos  camanduleros  que  iban  a  profanar  las  tumbas  de  Morazán  y  Villaseñor. Los  peones  cavaron  la  tierra  removida  y  exhumaron  uno  a  uno los dos cadáveres. El  clérigo  constató  que  efectivamente  habían  sido  fusilados  Francisco   Morazán  y  Vicente  Villaseñor.   Tenían,   pues,  esa  certeza y  había  que trasmitírsela  al  general  Carrera a Guatemala,  donde  hacía  de jefe  supremo  de  la  Iglesia  y  del  despotismo  centroamericano. Peregrinación ¿olorosa Como  ya  dijimos,  el  general  Isidoro Saget  se  encontraba  en  Puntarenas  con  quinientos  soldados  salvadoreños  y  cien  jefes y  oficiales  de  los mejores y  de todos  los  Estados.  Al  tener noticias  del  sacrificio  de  Morazán  y  Villaseñor,  se  reunieron  para  deliberar  sobre  la  resolución  que  debería  tomarse.  Desde  luego,  la  indignación  por  aquellos  sucesos  exaltó  el  ánimo  hasta  del  último  soldado  y  sin  vacilar  gritó  el  ejército:  “¡Vengarle…!  ¡Vengarle  y  proseguir  la  lucha  hasta  morir  el  último!”.   Inmediatamente  se  alistaron  para  salir  sobre  la  ciudad  de  San  José  y  derrotar  al  gobierno  que  presidía  el aventurero Antonio Pinto. Como el desastre  era inminente  para  los ticos  al  llevar  a cabo su  determinación  los  federales  comandados  por  Saget,  algunos  acaudalados  costarricenses  decidieron  abocarse  con  aquel  ejército  para  convencerlo  de  la  inutilidad  de  sus  propósitos,  ya  que  el jefe  desaparecido no volvería a la vida terrenal con ensangrentar  el  suelo  de  la  patria.  Se  llevaron a  cabo  las  conferencias  y  el  11  de  octubre,  en  la  isla  de San Lucas, se firmó  un convenio  entre los señores  doctor  José  María  Castro y  don Rafael  Ramírez,  por parte  del  Gobierno  de  Costa  Rica; y  los  señores  Nicolás  Espinosa  y  Miguel  Álvarez,  por  parte  del  general  Saget,  en  el  cual  se  estableció:  que  se devolverían los elementos de guerra de exclusiva propiedad del Estado;  que  se  retendrían  los  demás  para  que  dispusiera  de  ellos la familia  de Morazán; que serían  puestas en libertad todas las  personas  detenidas  por  el  Gobierno;  que  se  cedería  en  pro-piedad con los víveres necesarios la barca Coquimbo,  para que en ella se  dirigieran  los  morazanistas  a  donde  ellos  quisieran;  que  se pagaría  por el  Gobierno la  cantidad  que  Morazán le adeudaba al  señor  Iriarte  por  flete  del  bergantín  Cosmopolita,  así  como  también  el  pasaje  para  todos  los  que quisieran  irse a  La Unión, del  Estado  de  El  Salvador,  más  un mes  de  sueldo  como subsidio militar; y  que el  mismo  Gobierno gestionaría  con los  de El  Salvador  y  Nicaragua,  la  entrada  de  los  morazanistas  que  quisieran asilarse  en sus  territorios.  Ese  convenio  fue  aprobado  por  Saget  con  ligeras  modificaciones y  así  fue  como el  Gobierno  les  estuvo  mandando víveres; pero  luego  se  olvidó  de  su  compromiso  y  Saget  encolerizado,  desembarcó  y  atacó  la  guarnición   del  puerto,  venciéndola  y  tomando todo lo que les hacía falta a bordo.  Después  levó anclas y  se  dirigió  a  El  Salvador,  llegando  al  puerto  de  La  Libertad  en  diciembre  del  mismo  año.   Como  navegaban  en  el  barco que les  obsequió  Costa  Rica,  todos  los  soldados  federales  fueron  conocidos  por  el  sobrenombre  de  “coquimbos”.

El  Estado  de  El  Salvador,  siempre  valiente  y  humanitario,  permitió  el  desembarque  de  aquellos  soldados  huérfanos  de  su  gran  caudillo,  señalándoles  el  departamento  de  Sonsonate  para  que  se  establecieran.   Luego  comunicó  a  los  gobiernos  de  Guatemala,  Honduras y  Nicaragua  su  noble  acción,  esperando aprobaran  su  proceder,  pues  los refugiados  estaban  en  la  mejor disposición  de dedicarse  al trabajo,  olvidando  la  guerra  que  tantos  desastres  había  ocasionado.  Carrera tenía  que  reprobar tal  procedimiento y  protestar  por  el  desembarque  de  los  “coquimbos”  en  territorio  salvadoreño.  Pero  Honduras,  que  estaba  mandada  entonces  por  los  conservadores, contestó:  “que siendo el  asilo  dado por  el  Supremo Gobierno  de El  Salvador a  los  ENEMIGOS  DE  CENTROAMERICA,  atentatorio,  acerca  de  los  solemnes  pactos  celebrados  entre  los  Estados,  el  de  HONDURAS  PROTESTA  contra  aquel  acto  mientras  no  merezca  el  ascenso  general  de  los  aliados”.  Esta  protesta  es  el  eco  de  los  repiques  de  campanas  con  que  el  mismo  clericalismo  celebró  en  Tegucigalpa  la  noticia  de  la  muerte  de  Morazán.  Pero  un enemigo jurado  del gran  paladín, se  empeñó  por que el  Gobierno salvadoreño no reembarcara a los asilados y  a pesar de  las  protestas  de  Guatemala  y  Honduras,  quedaron  viviendo  en tierras de Cuscatlán; ese gestor que odiando a Morazán ayudó a  sus  huérfanos  soldados,  era  el  general  Francisco  Malespín.

Era  el  15  de  noviembre  de  1843,  catorce  meses  después  del  fusilamiento   de  Francisco  Morazán,  cuando  el  presidente  de  Costa  Rica,  Antonio  Pinto,  se  presentó  ante  la  Asamblea  Constituyente  de  dicho  Estado,  explicando  a  su  manera  los  sucesos  que  tuvieron  lugar  el  año  anterior  y  que  comenzaron  el  11  de  septiembre;  exponía  todos  los  fantasmas  que  él  vio  en  aquellos  días  aciagos  y  las  razones  que  creyó  oportunas  para  convencer a los diputados  de que había  obrado dentro  de su  deber como presidente  provisorio;  hablaba  de  mentidas  garantías   ofrecidas  a  Morazán  y  a  sus  compañeros;  de  la  exaltación  del  pueblo  para  oponerse  a  sus  disposiciones;  de  las  amenazas  para  él  y  para  todos  los  costarricenses;  de  la  necesidad  racional  del  medio  empleado  para  salvar  la  situación  mandando  fusilar  a  Morazán  y  a  Villaseñor;  en  fin,  era  una  María  de  Magdala  implorando  el  perdón  de  sus  iniquidades.

Antonio Pinto Soares

Con tal  mensaje  quería  Pinto  que la  Asamblea  aprobara  sus  actos  de  gobernante  provisional  y  que  con  tal  aprobación  sancionara  el  asesinato  cometido  el  15  de  septiembre  anterior,  en  el  que  inmolaron  a  dos  personajes  de  alta  talla  política  e  inocentes  ante  la  luz  meridiana.  Afortunadamente,  la  Augusta  Asamblea  no  quiso  cargar  con  ese  sambenito y  resolvió  que  no estaba  dentro  de  sus  atribuciones  conocer  de  la  actuación  de  Pinto  como  jefe  provisorio,  y  así,  dejó  sobre  aquel  aventurero  todo  el  peso  de  la  responsabilidad de tan  horrendo  crimen  que  indignó  a  todo  Centroamérica. Antonio  Pinto  quería  lavarse  las  manos  imitando  a  Poncio  Pilato,  pero ha tenido  que pasar a  la historia  como  un criminal empedernido  y vulgar. 


[1] https://sites.google.com/site/gralfrancisco/home/muerte

[2] Francisco  Morazán, su Vida  y su Obra de J.  Jorge  Jiménez  Solís

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