Por: SEGISFREDO INFANTE

            Entre los trece y los catorce años de edad leí un libro de poemas románticos; luego “El Quijote de la Mancha”; varias revistas de vidas ejemplares literarias y científicas de casi todo el mundo; y “El mártir de las catacumbas”. No tenía libros en mi haber, excepto la Biblia que me había obsequiado mi abuela materna a los nueve años de edad, que la estudié casi completamente, saltándome algunos de los libros finales del hermético y maravilloso Antiguo Testamento. Razón por la cual casi todo texto que caía sobre mis manos lo devoraba al instante, sin ningún juicio crítico, exceptuando el del goce estético, y una vaga y temprana disposición para el pensamiento meditativo y la poesía. 

            Así que la extraña novela “El mártir de las catacumbas”, la degusté en mi ya lejana preadolescencia. Y aunque siempre fui muy bueno o excelente en la asignatura de “Estudios Sociales” (y en “Matemáticas” también), ahora sospecho que le agarré el verdadero gusto a la “Historia” desde que leí aquella novela ambientada en la dura antigüedad romana. No volví a encontrarme con aquella novela histórica, de posible autor anónimo, durante varias décadas. Hasta que la adquirí en un puesto de libros usados el año antepasado. Pero luego se me volvió a extraviar. Sin embargo, en enero del presente año la encontré de nuevo en una librería normal, y sin pensarlo dos veces, la compré, con una curiosidad anexa: Esta vez la nueva edición, del año dos mil, traía en la lujosa portada el nombre de su probable autor canadiense: el señor James De Mille.

            La novela está ambientada en la época de una peste asoladora y del emperador Decio (Quinto Trajano Decio), quien estaba interesado en reafirmar los antiguos cultos paganos de la tradición greco-romana, para lo cual parecía necesario desatar una persecución sistemática contra las autoridades obispales de la Iglesia Católica y de todos los cristianos de Europa, de Asia Menor y del norte de África. O bien adoraban al “César” y a los dioses romanos; o eran torturados y asesinados masivamente. Y aunque James De Mille evita destacar algunos detalles relevantes, la novela posee un trasfondo histórico centrado en la vida de los cristianos perseguidos y refugiados en las catacumbas debajo de la ciudad imperial de Roma, y en sus coexistencias eminentemente comunitarias. En el año doscientos cincuenta (250) de nuestra era, el emperador Decio emitió un decreto anulando el cristianismo. Para ese mismo tiempo había restaurado el Coliseo Romano, lo cual le permite al novelista recrear las espantosas masacres públicas de cristianos devorados por los tigres y los leones; o por gladiadores de oficio.

            Desde aquella primera lectura, nunca he podido olvidar los nombres de Marcelo, Lúculo y de Macer. Mi memoria era bastante buena por aquellos lejanos días. Ahora es deplorable. Recuerdo mis recorridos mentales por el laberinto de las catacumbas y por la “Vía Apia”, y en consecuencia recuerdo vagamente las palabras de Cicerón: “Cuando salís por la Puerta Capena, y veis las tumbas de Catalino, de los Escipiones, de los Servillii, y de los Metelli, ¿os atrevéis a pensar que los que allí reposan sepultados son infelices?”. La variedad de las tumbas y de la monumentalidad de los mausoleos a la izquierda y derecha de la Vía Apia, me motivó en algún momento de mi adolescencia a recorrer los senderos del Cementerio General de Comayagüela, en busca de los sepulcros de Juan Ramón Molina, Froylán Turcios y Ramón Rosa.

            Cuando menos una cosa he redescubierto al hojear nuevamente este “Mártir de las catacumbas”. El estilo preciso del autor, medio romántico y medio clasicista, influyó inconscientemente en mi forma de escribir algunas frases aisladas en mis artículos y ensayos. Debo subrayar la palabra “inconsciente” en tanto que hasta ahora, en fecha recientísima, me he percatado de ello. Si nunca hubiese conseguido una edición definitiva del libro, jamás de los jamases me hubiese enterado de esta deuda estilística.

            Pero lo más importante es que he vuelto a meditar acerca de los motivos del olvido histórico de las nuevas generaciones de cristianos. Casi nadie recuerda a las decenas de miles de cristianos sacrificados en el contexto del Imperio Romano. Tanto en la época de Nerón, de Decio como Diocleciano, siendo este último “el más sangriento de todos”. Tales cristianos pobres y comunitarios, que yacen en el fondo de las catacumbas, suelen ser ignorados. Es más, tanto en la Baja Edad Media como en los tiempos modernos, los cristianos se dedicaron a masacrarse unos contra otros, y a acorralar intolerantemente, e impíamente, a otras minorías religiosas. Ahora mismo, en tiempos contemporáneos y de manera paradójica, los cristianos católicos, los ortodoxos y los armenios, han sido perseguidos y humillados en Asia Menor, por fundamentalistas musulmanes extremos, incluyendo Egipto y otros países africanos.

            Tegucigalpa, MDC, 21 de junio del año 2020. (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el domingo 28 de junio del 2020, Pág. Siete). (Se reproduce también en el diario digital hondureño “En Alta Voz”).   

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