Los conductores de la dictadura saben que una condición para hacer posible el control y subsiguiente triunfo electoral, es mantener a la oposición dividida y peleada entre sí.  Necesitan una oposición que garantice legitimidad a todo el proceso, por eso la necesita dentro, pero controlada. La oposición que no encaja en su esquema, hay que despedazarla de otras maneras.  El sector oficialista trabaja en este terreno desde hace mucho tiempo, y sin duda lo acrecentará en la medida que avance la agitación política. Hasta el momento esta estrategia les ha funcionado casi a la perfección.

Los cachurecos no necesitan mucho esfuerzo para exacerbar los ánimos. Basta que un dirigente político vierta una opinión en público para provocar las más virulentas y agresivas de las respuestas. Las redes sociales se convierten, en esta estrategia, en campo de batalla, en donde las voces de los diversos sectores de la oposición se alzan con toda su furia para despedazarse entre sí, y cada quien se desgañita culpando a otros y cada quien se exime de toda responsabilidad.

Desde las redes sociales, la campaña política se convierte en un polvorín de confrontaciones, desnaturalizando las capacidades que puedan tener las diversas expresiones opositoras para un posible proyecto unitario de conjunto. Los cachurecos saben de la sensibilidad y desconfianzas persistentes en líderes y activistas de la oposición, y saben que son de mecha corta, que con muy poco que se les atice, explotan. Tocan el toro o la novilla con vara corta, y lo demás corre por cuenta propia de los dinamismos alborotados.

La oposición perdió la oportunidad de ser verdadera oposición. Se quedó a la altura de la oposición que necesita la dictadura. Se perdió la oportunidad de una amplia alianza opositora, y los cachurecos están convencidos de que la oposición nunca alcanzará acuerdos internos que pongan en peligro su continuismo. Hoy celebra haber logrado que la oposición esté resquebrajada y a la altura de lo que su proceso electoral necesita para dar continuidad a su proyecto autoritario y de despojo.

La oposición va dividida a las elecciones generales de noviembre, y esto ha sido así tanto por la estrategia del cachurequismo de atizar confrontaciones, como por condiciones subjetivas al interior de los partidos de oposición y de sus liderazgos. Al final la perdedora está siendo la sociedad hondureña de los pobres, porque el control del proceso electoral ha quedado en manos de las tenebrosas fuerzas cachurecas.

Lo que nadie puede poner en duda a estas alturas, es de la oportunidad que se perdió para lograr una propuesta de amplia alianza. Lo cierto es que los sectores de oposición se están despedazando, y cada vez que uno ataca al otro, se desprestigia a sí mismo, y fortalece el proyecto autoritario dictatorial y el pacto político de impunidad que lo sostiene. Bien vale aquí aquel dicho de de sobra conocido, “hay tres cosas que nunca vuelven atrás: la palabra pronunciada, la flecha lanzada y la oportunidad perdida”.

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