Juan Ramón Martínez
La crisis que abate a Cuba ilustra más que cualquiera otra cosa, la importancia de crear los mecanismos para garantizar la soberanía energética. En este momento no producimos toda la energía que necesitamos para operar una sociedad libre. Hacemos compras en el exterior. Pudiendo tener más autonomía. Porque gozamos de más de trescientos veinte y cinco días de luz, agua y pendientes suficientes, incluso para modificar la matriz generadora de la electricidad. Y zonas de viento para producir energía eólica, incluso.
Pero detrás de todo hay problemas de organización. Hasta principios de 1950 Honduras tenia desconcentrada la generación eléctrica. Cada municipalidad contaba su propio sistema manejándolo en forma autónoma. La mayoría con plantas movidas a diésel. Algunas municipalidades en Occidente y en Olancho operaban pequeñas plantas generadoras de electricidad utilizando el agua. Recuerdo Corquín, Copan y Catacamas en Olancho. Tegucigalpa tenía su Planta de Agua y Luz que funcionaba en Buenos Aires.
Con Gálvez, empezó a la centralización que se presentó por los teóricos del desarrollo internacional, como la panacea. Permitía operar a escala y reducir los costos unitarios. Pero hasta 1970 por lo menos, había pequeños espacios para que la iniciativa privada produjera energía y la distribuyera directamente a los usuarios. En Langue en 1966, operaba una pequeña planta que daba servicio a los usuarios de la ciudad entre 6 y 10 de la noche.
Ahora tenemos un monopolio legal responsable de la producción, conducción y distribución de la energía, manejado por una misma unidad administrativa. Una concentración dentro de la concentración. De forma que nadie en el país, puede producir energía y venderla a los usuarios, en una región o en una municipalidad. Que además de monopólica opera deficitariamente consumiendo recursos incalculables. Y además, absorbe la mayor parte de la deuda externa. La matriz eléctrica ha tenido modificaciones para responder a la demanda que ha significado el crecimiento casi demencial de la población que se ha establecido en ciudades caóticas. Y la electrificación rural que es más costosa y que la ENEE tiene dificultades para cobrar.
De repente el mayor problema es la concepción del servicio eléctrico. Se imagina como un derecho ciudadano – no como un servicio que hay que pagar – y consecuentemente como un recurso político para atender a la clientela electoral. Por ello la ENEE es de las pocas “empresas” que compra caro y vende barato. Con lo que acumula un déficit de pago a los proveedores individuales de energía que a la larga, por los servicios bancarios a los que tienen que acudir los proveedores, incrementa los costos, complicando la operación.
Hay una concepción equivocada de seguridad nacional. Igual que ocurrió con los teléfonos que manejaron los militares e hicieron del mismo, un medio de espionaje ciudadano ineficiente y un mecanismo de acumulación de dinero para financiar otras operaciones gubernamentales. Una vez que se abrió a la iniciativa privada todo el mundo pudo tener teléfonos, en todas partes del país, mostrando los valores de la iniciativa privada. Y destruyendo la idea que manejan algunos nostálgicos de las dictaduras mentales: que solo el gobierno es competente. Y que ciertas actividades deben estar en manos “nacionales”, para garantizar la seguridad
La ENEE entonces es una momia intocable, sobre la que tremola la bandera nacional, para esconder el fracaso y el daño a los hondureños. Si la deuda externa es una loza encima de todos, la recuperación de la ENEE es una entelequia que nadie podrá manejar jamás.
Hay algunas alternativas. Por supuesto pasan por eliminar el monopolio legal de la energía. Y desconcentrar a la ENEE dejándole al gobierno la producción suya y la conducción porque es publica la red de trasmisión. Y separando la distribución que puede ser publica – municipal – o privada, en manos de las alcaldías, de organizaciones privadas; o de cooperativas. De esta forma se comparte el esfuerzo. Se dan oportunidades locales y se crea empleo en todo el país, animando el desarrollo de capitales que ahora no necesariamente se concentran en el interior del país.
La solución del problema nos dará garantías para ser independientes. Podemos modificar la matriz eléctrica, utilizando agua de los ríos – que no son de los pueblos originarios o derivados—el viento y la luz solar. De forma que en un momento de crisis mundial o regional, no dependamos como le ocurre a Cuba en este momento de Centrales Eléctricas antiguas que incluso dependen para el reemplazo de piezas y reparaciones de operadores externos.
Todavía tenemos tiempo para ser en energía, soberanos e independientes.
ACLARACION.
En “El Puntero Semanal” 51 de ayer confundimos el nombre y el cargo en la nota referida a la representación de Naciones Unidas en Honduras. El nombre correcto es Alejandro Álvarez, Representante Residente del PNUD, argentino poco amistoso con el proceso electoral hondureño que además anduvo “haciendo abogacía en favor de las pretensiones continuistas de Mel Zelaya”. El señor Alessandro Fracassetti, italiano, es Coordinador Residente de Naciones Unidas y ha tenido una conducta impecable de publica cooperación con el proceso electoral. Que conste.
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