Hay quienes ven el arte como mera técnica, un repertorio de trazos aprendidos en academias. Pero los verdaderos maestros saben que es, ante todo, un modo de habitar el mundo. Franklin Calvo Calvo, conocido artísticamente como FranD’klin, pertenece a esa estirpe: artista plástico, docente y poeta costarricense. En una reciente entrevista con el escritor nicaragüense Carlos Javier Jarquín, este creador —cuya obra ha viajado por numerosos países— desgrana las claves de su universo creativo con la misma serenidad que emplea para pintar un bambú o escribir una de esas frases luminosas que se graban en quien las lee.
Lo que distingue a Calvo es su coherencia: su vida es un solo gesto, una pincelada continua desde el aula hasta el taller, de la poesía a la tradición milenaria del Sumi-e. “Soy yo mismo con puertas abiertas a la interpretación que done al ser humano paz y tranquilidad al contemplar mis obras”, afirma. Esa paz, ese sosiego que busca en el espectador, impregna sus frases, como aquella que nos invita a recordar: “La mejor imagen sobre el orbe es tu propio reflejo tal y cual eres: auténtico, sin entretelones”.
En la charla con Carlos Javier —su amigo—, Calvo describe la técnica que marcó su formación: siete años bajo la tutela del pintor Kan Yu Chien. El Sumi-e, pintura a tinta de origen milenario, se aprende mediante “los cuatro caballeros”: la orquídea, que otorga belleza; el bambú, que da fuerza; el ciruelo, que expresa las estaciones; y el crisantemo, que enseña el movimiento. “Esta técnica milenaria toca el alma y el espíritu del artista, cuando es capaz de ver, a través del monocromo, los mil colores de la vida”, explica.
Sus frases poéticas reflejan ese aprendizaje en palabras. Cuando escribe “debemos amar siendo libres, no siendo esclavos” o “el mejor regalo es la vida, el mejor plus el amor”, traza con tinta negra sobre papel blanco la fuerza del bambú y la delicadeza de la orquídea. Sus aforismos son esa búsqueda del color en el monocromo, la sabiduría de lo esencial.
Franklin Calvo trasciende los museos y galerías: es, sobre todo, un educador. En el Ministerio de Educación Pública de Costa Rica, imparte clases de pintura y español, donde la creatividad se erige en necesidad pedagógica cotidiana, sus alumnos lo viven a diario. La Asociación Nacional de Educadores (ANDE) ha premiado su obra en dos ocasiones: en 1992, recibió Mención de Honor en el VII Concurso Nacional de Pintura; y en 1996, obtuvo el Primer Lugar en el XI Concurso Nacional de Pintura, otorgado conjuntamente con la Comisión de Relaciones Públicas.
“El sistema pedagógico nos invita a ser creativos, a usar ejes transversales. A través de la pintura y sus contornos, he implantado mis enseñanzas como docente; con mi poesía, he embellecido la materia de español”, señala. Esta visión resuena en una de sus frases, que he tenido el placer de leer: “Llevamos alondras en el alma y las tenemos prisioneras; posémoslas en los limoneros de nuestro espíritu y escuchemos su canto”. ¿No es eso la esencia de un maestro verdadero: liberar las alondras que todo niño lleva dentro?
Ante la idea de Michio Kaku de que la sociedad y la educación aplastan a los genios infantiles, Calvo responde con su serenidad característica: “Todo difiere. La sociedad ofrece oportunidades, la educación las retroalimenta. Nada aplasta si vemos la vida con esperanza, respetando lo que otros escriben y contemplándolo”. Esa esperanza y contemplación son el suelo fértil de sus enseñanzas.
La entrevista revela un dato biográfico clave: en su juventud, Calvo se inclinó por estudios religiosos, pero optó por la docencia y las artes. “Me atrajo un apostolado vivo entre las masas, para aportar mi grano de arena con mis conocimientos”, explica. Esa elección —el arte y la educación como servicio laico— ilumina su obra. Sus frases destilan sabiduría compartida, no impositiva: “No debemos esperar tener dinero para ayudar; se ayuda con la sonrisa, la escucha o un saludo sincero”.
En 2023, participó como coautor en CANTO PLANETARIO: HERMANDAD EN LA TIERRA (H.C EDITORES, Costa Rica), compilación de Carlos Javier Jarquín. Para él, fue “unirme a un todo, contemplar en poemas de iguales la belleza de la vida”. Esa unidad humana aparece en sus palabras: “Cada uno de nosotros es una estrella con su propio brillo. Muchos solo alumbramos, otros destellamos, pero en el universo de la humanidad todos nos necesitamos”.
Al cierre, Calvo envía un mensaje a las autoridades costarricenses: “No saquen nunca el arte de los parámetros pedagógicos. El arte es una sala de descanso en el correr de la vida, un avance en el perfil educativo costarricense”. Ese remanso que reclama para las aulas lo ofrece en sus frases: una pausa en el vértigo.
Leer a Franklin Calvo —en sus pinceles o palabras— es reconciliarse con uno mismo, con la belleza, con el bambú que crece firme en el alma. Como él escribe: “Vidita simple… que nos pone a los pies del maestro y nos enseña los pasos para llegar al cielo”. Y mientras buscamos entre nubes, nos recuerda que los ángeles —y los verdaderos maestros— están “tan cerca como nuestra propia sombra”.
Sobre el autor:
- José Luis Ortiz Güell es escritor, poeta, actor y columnista español. Sus artículos se publican en periódicos de España y América.
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