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LA VIDA EN LOS CAMPOS BANANEROS DEL DISTRITO DE OLANCHITO E ISLETAS (1947-1965)

Juan Ramón Martínez

PARTE VIII

Concluidos los estudios primarios en 1954, regrese a la Jigua, incorporándome a la rutina de la vida familiar en la que mejor me sentía. No tenía planes futuros; pero anticipe como cosa natural que al año siguiente regresaría a Olanchito para iniciar mis estudios secundarios. No sé en qué momento –mi mamá o mi papá–, me dijeron que no tenían dinero para ponerme en el colegio. El eje del problema era el pago de la colegiatura mensual de 12 lempiras, porque la estadía en la casa del abuelo estaba garantizada. No experimente molestia ni quise rebelarme, huyendo de casa. O buscando auxilio en otras personas que me quisieran ayudar. Me sometí mansamente, creyendo –como nos había enseñado nuestro padre– que todo era momentáneo y que el año siguiente seguramente las cosas cambiarían. Mientras tanto, el refugio perfecto fue la revista Bohemia que llegaba todas las semanas cada viernes y que constituyo un suplemento cultural extraordinario que me dio satisfacción y conformidad inicial y madurez porque tuve acceso a conocimientos que mis compañeros de colegio no tendrían en el futuro. Gracias a los escritores de esa publicación semanal –que costaba 50 centavos– y que tenía más de cien páginas, conocí a Jean Paul Sartre, Albert Camus, Pablo Picaso, José Ortega y Gasset, Ernest Heminguey, Albert Einstein, Sigmund Freud y a los grandes escritores cubanos de la época: Jorge Quintana, Juan Marinello, Jorge Mañax, Enrique de la Osa, Andrés Vadespino, Raul Roa, Lezama Lima, José Marti. Conocí el movimiento artístico, la política cubana y de repente, los más importante: la historia de la isla de Cuba, sobre la idealización de la independencia con la exaltación de José Marti, Maceo y Máximo Gómez. En lo especifico, las dos páginas de “Así se forjo la nación”, sección semanal a cargo de Quintana, fue la orientación fundamental para mi compromiso con la historia y el manejo de la memoria y las fuentes externas, como tarea que orientaría mi vida. En algunos momentos en que la ansiedad me rodeaba, la lectura de la sección deportiva a cargo de Jess Lozada y especialmente cuando mostraba la carrera de los boxeadores elucubraba que sí, estuviera en Cuba, yo habría usado el boxeo para luchar a golpe directo con la pobreza y dejar el campo bananero. Mi papa me dio ocupación. Había sembrado una milpa a la orilla del rio Yaguala. Y al tiempo de la cosecha había que cuidarla para que los pájaros –especialmente los loros– no estropearan las mazorcas generosas. Desde antes que alumbrara el día, tenía que andar gritando y haciendo otros ruidos con una lata en cuyo interior había depositado unas piedras para ahuyentar a los pájaros. Al medio día dejaban de atacar el cultivo, para intentarlo de nuevo en horas de la tarde. De manera que, cada día regresaba en horas de la noche a cenar en la casa. Alguna gente del campo creyó que había regresado a Olanchito porque no me veían durante el día. Una vez concluida esta tarea, de las más ingratas que me ha tocado realizar, mi papa consiguió con el mandador un contrato para confeccionar un bozal especial, tejido de cuerdas de fibra natural, para impedir que las mulas que conducían el banano no mordieran los racimos. Entonces se exportaba el racimo, de modo que uno solo de los “dedos” estuviera afectado. Era rechazado por los controles de calidad. El trabajo tenía una puntada que no recuerdo, tampoco cuantas hacía al día; y menos cual fue la cantidad que al final me toco hacer. Pero la tarea duro varias semanas. Acostumbrado a cierta distancia del dinero, nunca le pregunte –ni por broma– cuanto nos estaban pagando por mi trabajo. Hacía mis tareas y nada más. Concluido este contrato, mi papa consiguió otro, en virtud del cual, tenía la tarea de doblar unas bolsas plásticas con las cuales se envolvía el racimo en crecimiento, para evitar que los insectos le causaran daño. Esta tarea era en la sombra, tediosa; pero interesante que cumplí disciplinadamente, formando mi carácter para escuchar y cumplir órdenes, básicas para quien en el futuro tendría la obligación de dar órdenes y supervisar resultados. Tampoco supe cuando cobró mi papá por el trabajo, cosa que repito, no me interesaba de ninguna manera.

A finales de 1955, mi mamá me dijo que me preparara para ir a Olanchito a iniciar mis estudios secundarios. En el ánimo de conseguir un poco de dinero, tome la decisión de vender lotería apuntada. Montado en el caballo “moro” de mi papá, recorrí los campos y aldeas vecinas vendiendo dos pedazos de lotería chica clandestina. Muchas más personas igual que yo lo hacían y constituía su forma de vivir. La lista incluía 100 números, las personas se apuntaban y el vendedor se comprometía que si salía premiado le entregaría 20 Lempiras al ganador. En la primera semana no me ganaron. Cayo el número 17 y, por alguna razón nadie me lo compró. En la semana siguiente como las posibilidades que se repitiera el mismo número de la semana anterior eran más que mínimas, tampoco me compraron el 17, que fue el numero favorecido. De modo que cuando llegue a estudiar mi primer año de secundaria, llevaba conmigo cerca de cuarenta lempiras. Cuando mi mama me preparó la maleta incluyó dos novedades: los primeros calcetines talla única –que se adecuaban a cualquier pie adulto– y unos pantalones caqui de mi papa, que me quedaban bien –tenía casi su misma altura– y que mi mama había reducido, recogiéndolo, el tamaño de la cintura. Agregó una camisa caqui manga larga y en Olanchito, mi primo Orly Colindres, tenía una corbata que me prestó para mi primer uniforme con el cual, fui el primer día al colegio Francisco J. Mejía de Olanchito. Para vivir, no me enviaron donde el abuelo y las tías, sino que a la casa de mi prima Nena –que para entonces se había casado con el profesor Humberto Melendez– porque en la casa había mostrado una tensión en mis relaciones con mi hermana Toña que se mostraba muy hostil conmigo. Habíamos pasado de la condición de dos hermanos inseparables a una hostilidad que en un momento estallo cuando se negó a servirme la comida. Era una rebelión al modelo patriarcal en que las hembras sirven a los hermanos. O una primera indicación de una enfermedad que sin lugar a dudas le impidió efectuar estudios secundarios. Las profesoras suyas, alguna vez –un tiempo después– me decían entre bromas y afirmaciones serias que Toña incluso era más inteligente que yo. De repente por ello, siempre desarrolle la idea que tenía una deuda impagable con mi hermana porque me habían escogido a mi para estudiar –mientras ella se quedaba en la casa encadenada a los oficios domésticos– porque era hombre y ella mujer. Siempre me turbo la duda y me ayudo a superar y mejorar mis relaciones con mis tres hermanas y especialmente con Toña, mi hermana mayor favorita. En la casa de Nena Melendez, viví un año. Allí vivía mi prima Nelmy a quien visitaba quien sería su esposo Hernan Posas un hombre muy influyente en mi vida. Una vez regrese por la tarde, con la camisa por fuera y sucio el pantalón con las marcas de grama que dejaban las caídas en los juegos con los compañeros del colegio. Hernan Posas me dijo muy serio: así por ese camino usted no llegara muy largo. La reconvención tenía sentido. La guardé siempre y años después, lo convencí que estaba equivocado. Nelmy y Hernan se casaron y nació Hernancito, al que muchas veces me tocó cuidar. Le gustaban los colores de los paquines que entonces eran de mis lecturas favoritas. También a Jorge Humberto, el primogénito de Nena y Beto Melendez al que una vez al cortarle el pelo –una real travesura– le herí la oreja y me lleve una tremenda regañada que todavía guardo en mi memoria sus ecos y reclamos. Al año siguiente regrese a la casa del abuelo y las tías, hasta que llegó el año 1963 en que deje Olanchito, para establecerme en Tegucigalpa, definitivamente.

El primer día de clases, en la primera semana de febrero, asistí al colegio Francisco J. Mejía. Eran mis compañeros: Arturo Morales, Mario Soto, Darío Turcios, Evelio Flamenco, Adolfo Ramírez, Darío Melendes, Omar Ochoa, Justo Zelaya, Cesar Posas, Rigoberto Zuniga, Manlio Ramírez, Hernan Melara, Rodolfo Zamora, Guillermo Spiers, Ramón Fuentes, Víctor Carrasco, Ruben Carrasco, Antonio Escobar, Omar Ochoa,  Ana Melara, Sonia Quesada, Berfalia Bonilla, Hilda Ochoa, Nelda Soto, Diana Santos, Julia Asley Matute, Rebeca Rivera, Melvin Zemack, María Quesada, Cosette Morales, Ruth Zuniga, María Cristina Rodriguez, Alonso Valle y Silvia Castro. En años subsiguientes se agregaron Marianela Mejía, Nora Mejía, Felipe Ponce y Ovidio Padilla. El director del Instituto era Jesús Medina Nolasco, el secretario Max Sorto Batres y los consejeros América Fúnez y Timoteo Puerto Martínez. Los profesores Max Sorto Batres, Ranulfo Rosales Urbina, Modesto Herrera Munguia, Vidalina Caballero, Humberto Caballero, Ibrahin Puerto Posas, Joaquin Reyes Figueroa, Lisandro Quedada Bardales, Alicia Ramos de Orellana, Alfonsina Puerto Posas, Francisco Murillo Donaciano Reyes Posas y Jesús Medina Nolasco. Poco tiempo después del inicio de las clases, en el mes de junio de ese año de 1956, en Tegucigalpa empezó la revuelta estudiantil en el contra del gobierno de facto dirigido por Julio Lozano Díaz. Nosotros, aunque éramos de primero, también fuimos a la huelga. Pero los hijos de familia, casi niños como era nuestro caso, en la familia nos obligaron que fuéramos al colegio, aunque no hubiera clases. De esa manera, sin recibir clases organizamos entre nosotros diversas actividades para distraernos. Además del espacio de los cuentos y las anécdotas, organizamos tal como habíamos visto en las películas de Estados Unidos que se proyectaban en el cine Gardel, sala de jurados. Fue muy divertido el ejercicio en que dos partes, presentaban argumentos para lograr la condena o absolución del indiciado. Es probable que la decisión que posteriormente tomaron algunos, al escoger su carrera universitaria y escogieron Derecho, lo hicieron influenciados por estas prácticas. Terminada la huelga, lo más relevante fue descubrir que en la casa de la mamá de Darío Turcios había una máquina de escribir donde empezamos lo que García Márquez llamaría el oficio más bello del mundo: el de periodismo. Con Darío, en la máquina de Lolita Turcios Canelas prima del famoso Froylan Turcios, empezamos con su hijo Darío la aventura de hacer y publicar los primeros periódicos murales. Yo fundé “El Istmo” y Darío “Las Ideas”. Como en los periódicos murales hacíamos críticas y algunas veces –es probable que la mayoría– las mismas eran dirigidas hacia los mismos compañeros, en un caso que recuerdo, uno de los aludidos Hernan Melara enojado se abrió paso entre los que leían el periódico mural y los arranco y lo hizo pedazo furioso. Nosotros, como hacían los mayores, seguimos en la tarea y denunciamos el ataque como una agresión a la libre expresión de las ideas.

El profesor más influente en los primeros años de secundaria, fue sin duda alguna Modesto Herrera Munguía que nos daba física y química. Como había un pequeño laboratorio con un equipo mínimo, las clases suyas eran sumamente interesantes. Como era natural, el más interesado siempre en cada cosa, era yo. Termine convertido en su ayudante de laboratorio, de modo que me encargaba de lavar el equipo de química, encender los mecheros y, además, arreglar para que operara un pequeño motor eléctrico. Pero lo más importante es que era el profesor que, además, tenía un discurso en el cual se distinguía fácilmente una propuesta que, en la distancia, tiene todos los componentes para despertar la imaginación de un estudiante que se imagina llama a contribuir en la transformación o cambio de su país. Yo era uno de esos estudiantes. El discurso de Tico Herrera –como le llamábamos al profesor que siempre vestía saco de dril y la camisa blanca adornada por una corbata, modesta pero equilibrada– era muy sencillo: desde una afirmación fuerte e inicial: dormimos, comiéndonos las uñas sobre un colchón de oro, la alternativa es emitir a los países que incluso desde dificultades mayores que las nuestras, podemos hacer desarrollo y crear prosperidad. El ejemplo suyo favorito era el Japón. Apenas hace unos años, vencidos en la guerra, desde las desgracias mayores se han puesto de pie y se anticipa que antes que termine el siglo será una de las grandes potencias económicas mundiales. Y la clase de todo era la voluntad, la educación y la disciplina. El profesor Modesto Herrera era incansable poniendo ejemplos, destacando como desde pequeñas cosas, innovando y reduciendo costos, se podían llevar a los mercados los productos que al final convencidos de sus utilidades, todos comprarían. No sé qué pensaron los demás compañeros, pero el que me dio las primeras líneas para ver hacia afuera y a lo alto fue el profesor Herrera Munguía. El otro muy influyente fue Ranulfo Rosales Urbina. Este era periodista y dirigía un semanario llamado “Renovación” que cada sábado llegaba a los hogares de los lectores de la ciudad. Además, Rosales Urbina tenía un prosa galana y oportuna, sabia usar el lenguaje como un arma para llamar la atención. Escuchándolo descubrí las posibilidades inmensas del lenguaje y la primera metáfora que usó: que la carretera, sobre las curvas, se suicida en el abismo, me hizo saber que con las palabras se podían hacer maravillas. El barroquismo de Olanchito, que empezara a usar muy pronto en mis discursos, de alguna manera está anclado en las clases que nos dio este distinguido mentor.

En el plano político y social, el maestro es Francisco Muriillo. Alegre y dicharachero, campechano en el uso de las anécdotas y en el manejo del lenguaje en la orilla exacta de la verdulería, demostraba que era posible ser cercano e inteligente sin hacer trampa con el lenguaje. Era el maestro de la comunicación, el político que se arriesgaba y hacía sentir a los alumnos la posibilidad de intervenir en política, defendiendo posturas sin perder la dulzura del carácter. Ha sido posiblemente el más popular e innovador maestro que tuvo nuestra generación y casi todas las diez posteriores a la nuestra. Porque fue el creador de la Semana Cívica, el que le dio carácter al Instituto Francisco J. Mejía, el iniciador del periodismo local y el mejor promotor de la construcción del carácter de la ciudad.

“Chimino” Batres, por su parte, fue el hombre de los límites. El que nos enseñó que nos podíamos acercar a las curvas, ver la profundidad de los abismos; pero sin marearnos y hundirnos en sus anegadas obscuridades. Me enseñó como era el juego de la política, como se podían hacer cosas desde al anonimato, sin tener que correr el riesgo del enfrentamiento y la ruptura. Fue en una palabra el diplomático de los profesores.  Con Batres Sorto o Sorto Batres. Hicimos periodismo. Con él fundamos el “Puntero Semanal” para hacer crítica a los políticos, los ricos, los profesores y los curas.

Ibrahin Puerto Posas en cambio aprendimos que se pueden elevar los ojos hacia el cielo y pensar alto. Nos llevó a la filosofía haciendo discurrir entre lo materialismo y el idealismo. Nos dio más duradera en mi memoria –no la mejor porque deben otras mejores– definición de filosofía: es de Risieri Frondizi, argentino, “Es una cosa, tan cosa que es otra cosa que no es cosa”. Aunque su discurso materialista, hacia mofa de los idealismos que a nosotros también nos parecieron interesantes, por primera vez pudimos atisbar que el pensamiento podía especular y construir edificios teóricos. Suya fueron dos cosas que vale la pena recordar porque son importantes en nuestra formación: tuvo la primera y única polémica teórica de la ciudad. Con Wilfredo Mayorga Alonso discutieron desde las dos orillas, los primeros temas profundos de la idea del mundo, de la vida y de las sociedades. Pero Puerto Posas es el primero que hace extensión educativa. Creó el Circulo Cultural Jacobo V. Cárcamo, en que los jóvenes con más potencialidad podíamos espigar hacia fuera de la sociedad. Allí estuvimos alumnos de diferentes clases y nos tocó viajar a Arenal, para honrar la memoria del poema del regreso a la tierra natal, convencidos que, aunque cayera, siempre lo veríamos, “con los brazos levantados como generosas plantas de maíz”. 

Y en la forma como dirigir instituciones educativas sin duda, el ejemplo era Jesús Medina Nolasco. Él era una cátedra completa. En la forma de vestir –sabíamos al verlo que buscaba la perfección– en la manera de reaccionar –siempre tranquilo y ecuánime– y firme siempre respaldado en la obediencia de la ley.

En tercer curso, empecé a actuar en política estudiantil. En la pelea de los Melara –los Melara ricos y los Melara pobres– por la dirección de la organización estudiantil, me incline por estos últimos. Era también una división entre nacionalistas y liberales. Aunque la mayoría de la ciudad era liberal, los seguidores de Oscar Melara Murillo eran la mayoría. Sin embargo, impedimos que tomara posesión del cargo de presidente de los estudiantes. Con Oscar Melara no hablamos de este asunto, pese a nuestra cercanía en Tegucigalpa, ya cuando el había dado un giro desde las facciones cachurecas hacia el Partido Liberal. En el cuarto curso fui el Secretario General del Consejo Estudiantil presidido por Hernan Melara Vega con el cual, tuvimos que enfrentar la defensa del vandalismo estudiantil que se acostumbraba los onces de junio en Olanchito y que, en aquella ocasión, una parte del estudiantado, usando como ariete una carreta de bueyes de mi padrino Tomás Avila Ruiz, destruyó el muro de la Escuela San Jorge, propiedad de la Iglesia Católica. El padre Guillermo Moore reacciono en forma muy disgustado, porque asumió la tropelía estudiantil, como un ataque a la Iglesia por parte de grupos comunistas infiltrados entre los estudiantes. Nunca nos perdonó el padre Guillermo Moore.

En quinto curso, fui el presidente de los estudiantes. El 11 de junio, por la noche turbas de estudiantes, rompían los rótulos, movían resto de vehículos automotores abandonados y tiraban piedras sobre los techos de zinc, para ofender, insultar o simplemente molestar al prójimo. Era evidente que, en muchos de los casos, el estimulador el consumo de alcohol, al cual algunos alumnos aprovechaban para expresarse. El incidente en mi presidencia estudiantil, fue derivado de la conducta airada de don Lino Santos que cuando vio que los estudiantes colocaban frente a su negocio, la estructura final de lo que había sido un automóvil, en vez de reírse, salió pistola en mano y nos hizo disparos. Todos nos protegimos detrás de las bancas de ladrillo y de cemento del parque Morazán. De repente los disparos fueron al aire porque no quedo marca alguna; ni tampoco nadie resulto herido. Enojados lo estudiantes, tomaron piedras en sus manos, para tirarlas encima del techo de una dama, que se decía que era la amiga de don Lino Santos. Además, de los efectos de las piedras en el techo metálico de la dama, los improperios en su contra y los juicios amatorios de muchos que ni siquiera se habían aproximado a la orilla de la vida sexual continua, mostraron lo peor de lo peor de las masas descontroladas. Yo que acompañaba la marcha para evitar hechos como el ocurrido el año anterior, tuve que enfrentar a los que querían derribar las puertas de la casa donde vivía con el abuelo y en el que operaba una pulpería manejada por él. Afortunadamente allí se disolvió la manifestación. Dos días después, mientras estaba en clases, llegó un policía municipal a citarme para que concurriera a una cita con el vocal de Policía. La noticia corrió como pólvora. Todos los estudiantes dejaron las aulas e inmediatamente se colocaron al frente de la alcaldía. Mientras tanto esperaban tranquilos a que el vocal de Policía –que era profesor nuestro en el Mejía– me recibiera. Diez minutos después abrió la puerta y me dijo en forma seria e imperativa, pase adelante joven Martínez. Entre y el mismo cerró la puerta por donde había entrado. Yo estaba muy tranquilo y alerta. Sabia porque me había llamado y además dispuesto a recibir la reprimenda por los desmanes de los estudiantes. Cuando los dos estuvimos de frente, con el escritorio de por medio, me dijo riéndose, “cuál fue la cara de putita que la fulana, cuando le tiraron piedras sobre el techo”. Negue que la haya visto u oído. El tropel de los gritos y los burlones improperios hicieron imposible audible uno tan siquiera. Pues solo para eso le he llamado. He cumplido con mi deber. Puede irse compañero Martínez, me dijo muy alegre al final. Regrese a clase y conmigo todos los demás compañeros, lo que parecía el inicio de un conflicto no fue más allá de un incidente memorable para incluirlo en estas memorias.

En septiembre de 1960, viaje a Tegucigalpa para participar en el segundo Concurso Nacional de Oratoria que se celebró en la Escuela Superior del Profesorado. Llegamos estudiantes de los principales colegios del país. Desde Juventud Hondureña de Ocotepeque, Independencia de Santa Bárbara, el Reyes de San Pedro Sula, hasta un orador de La Ceiba, Puerto Cortés, Yoro, Comayagua, Siguatepeque y Olanchito. El concurso lo llamo Jaime Chavez del San Francisco San Miguel de Tegucigalpa. El Presidente Villeda Morales nos recibió a todos en el Salón Azul de Casa Presidencial. Los miembros del jurado me escogieron para que yo improvisara un discurso, mostrando la fuerza imaginativa y el talento de la juventud. Villeda Morales, el mejor orador presidente de Honduras, me felicito cordialmente. A todos nos recibió después en su despacho y nos obsequió un ejemplar de las cartas autográficas de José Cecilio del Valle, editado por el Banco Central de Honduras. Lo mejor fue la amistad que forje con algunos de los participantes: Daniel Cano Andrade, Joaquin Portillo, Salatiel Meraz y Obdulio Tinoco. Además, me permitió iniciar una larga amistad con Oscar Anibal Puerto Posas que representó al Instituto Central de Varones y conversar por primera vez con mi paisano y después breve amigo Livio Manuel Ramírez. Con el cual en Olanchito por ser el hijo de una figura muy influyente y yo se los sectores populares nunca nos saludamos siquiera. Regrese a Olanchito contento y feliz. Era la primera vez que iba a Tegucigalpa. Después, en noviembre nos graduamos, unos de bachilleres en ciencias y letras y otros, como maestros de educación primaria. Jesús Medina Nolasco nos entregó el título, cosa que me lleno de enorme júbilo. Era la primera batalla. La guerra por la vida apenas, estaba empezando. Al año siguiente, don Lino Santos que era amigo del supervisor de educación que residía en Yoro, logró que me nombraran profesor en la escuela primaria de Varones Modesto Chacón. El director era Renato Quezada, un hombre excelente. De mucho liderazgo personal y mucha habilidad para manejar los problemas y las micro crisis que eran inevitables. El primer año fui profesor de Sexto Grado, cosa que era inusual porque no tenía experiencia. Los alumnos de sexto grado, no aceptaron al profesor que los había dirigido en el quinto grado por la forma brusca con que los trataba y dijeron que, si no lo cambiaban, ellos no seguirían en la escuela. Renato Quesada me presentó como alternativa y las cosas salieron bien para los alumnos y también para mí. Me gusto enseñar. Los alumnos eran 24, algunos de mayor edad que yo. Pero todos extraordinariamente respetuosos y cariñosos conmigo. Con algunos de ellos mantuve siempre las mejores relaciones. Entre ellos, destacaron siempre Julio Puerto Posas, Carlos Muñoz, Terencio Navarrro, Jorge Melendez, Dario Rivera, Enrique Posas. Wilfredo Castillo, Joaquin Herrera, Zoylo Dario Núñez y Ciriaco Posas: Estos dos últimos residentes en Costa Rica y Estados Unidos. El segundo año me asignaron cuarto grado. Aquí los alumnos que más recuerdo son Celeo Posas, Antonio Espinoza, y Santiago Herrera. En esos dos años, se acentuó mucho más mi participación en la vida cultural de la ciudad y en las organizaciones gremiales. Continue la tarea de administrar y dirigir el semanario “Patria”, participar en el grupo de locutores de Radio Mercurio, la primera emisora que opero en Olanchito. Radio Mercurio era propiedad de Luis Enrique Aguiluz, alias “Colocho”, egresado del Zamorano y casado con una dama de la ciudad y Carlos Urcina, Felipe López (Pecadora), Juan Fernando Avila Posas, José Rascoff (Pepe), Ramon Duran hijo, Alberto Urcina, Max Gil Santos. El hecho más relevante fue la fuga romántica de los dos enamorados amigos: Carlos Urcina Ramos y Elsie Rascoff. El hecho más significativo es que Urcina era casado y que, yo en su ausencia, me encargue de mantener abierta –en horas de la noche– la oficina de contabilidad que era la primera de esa calidad de la ciudad. Junto con Lisandro Quezada buscamos la fianza para que no ingresara en la cárcel y fui testigo –que nunca declare– en el juicio que se siguió en contra de Carlos Urcina Ramos. Era el gobierno liberal de Villeda Morales y en esos años fui miembro del Bloque de Prensa de la ciudad y Presidente de la Asociación de Maestros de Olanchito. Me tocó el honor de suceder a mi profesor Francisco Murillo Soto en esa entidad gremial antecesora de los colegios magisteriales que se organizaran después de los movimientos de los maestros que lograron que el gobierno se comprometiera en la emisión de un estatuto de los docentes. El cargo lo ocupe por poco tiempo. El Bloque de Prensa aglutinaba a los periodistas de la Costa Norte y éramos integrantes del mismo, Francisco Murillo Soto, Jesús Medina Nolasco, Mauricio Ramírez, Lino E. Santos, Ranulfo Rosales Urbina, Carlos Urcina Ramos y Pablo Magin Romero. En mayo de 1962, en una excursión aérea, fuimos a Santa Rosa de Copán –en un avión contratado a la línea Aerea Sahsa fuimos a Santa Rosa de Copan donde se celebró el Congreso Anual de la APENH– Asociación Hondureña de Periodista Norteños. Éramos una numerosa delegación. La novia del Bloque de Prensa era Diana Núñez y los delegados éramos Mauricio Ramírez, Juan Ramón Martínez y Humberto Caballero. Dionisio Romero Narvaes que para entonces era el Director del Correo del Norte de San Pedro Sula, se agregó a nuestra delegación. Acompañando a Fernando Cervellon –esposo de Lolita Duran– llegó de Tegucigalpa, Daniel Casula Romero, con quien desde entonces anudamos una amistad que duraría hasta su muerte. En febrero de 1963 deje la ciudad de Olanchito para radicarme en Tegucigalpa. 

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