Por: SEGISFREDO INFANTE

            Con Luis Martín Alemán (QEPD), y mi segundo hijo y una amiga cuyo nombre se me escapa al momento de redactar este artículo, conversamos en cierta ocasión, hace tantos años, sobre la posibilidad que los niños pudieran penetrar en el mundo de la filosofía. Les comenté que estaba leyendo un libro relacionado con esta posibilidad. Como el volumen en cuestión se encuentra debajo de una “montaña” de libros apilados en el piso, me es muy difícil recordar el nombre del autor. Quizás se trate del profesor Gareth Matthews, quien comenzó un estudio (1980) relacionado en forma directa con la capacidad de los niños y de los adolescentes en general, de formular preguntas filosóficas y científicas con un interesante nivel de complejidad. Habría que añadir el nombre del narrador Jostein Gaarder y su novela más o menos didáctica “El mundo de Sofía”.  

No me refiero, en el presente artículo, a los niños superdotados que sobresalen muy por encima del promedio. Pero que cuando son adultos y consiguen un empleo mediocre o incluso satisfactorio, se les suele dejar en el olvido, aun cuando hayan sido estudiantes brillantísimos. Tal cosa ocurre en los países desarrollados. No digamos en los países atrasados en donde los formalismos curriculares extremos (especialmente en la parte que se conecta con la redacción de exámenes pedantescos y tramposos) terminan por destruir el talento natural, o trabajado, de los muchachos.

            Quizás el primero en percibir la capacidad filosófica intuitiva de los niños y adolescentes, fue el mismo Platón en la Antigua Grecia. Platón sugirió que el Estado se encargara de instruir, gratuitamente, a los niños, en las asignaturas de gimnasia y música, con el propósito de encaminarlos más tarde hacia la gran “Filosofía”. Los niños y los jóvenes formados con tales virtudes físicas e intelectivas, estarían en condición prospectiva de convertirse en los futuros gobernantes de la República, y en los jefes guerreros con determinación de resguardarla y defenderla. Debemos suponer que el ideario de Platón era, de manera predominante, una utopía que, con el paso de los siglos, a veces pareciera configurarse en realidad concreta, sobre todo en los países en donde existen numerosas oportunidades aristocráticas y democráticas ligadas a la academia y a la praxis. Sócrates, por su lado, al parecer había sugerido, con antelación, que incluso los esclavos estaban en condición de realizar reflexiones filosóficas. Algunos siglos más tarde Epicteto, un greco-romano que había sido esclavo logró convertirse en un filósofo estoico que ofreció clases y pronunció discursos. En épocas más recientes nuestro prócer José Cecilio del Valle soñaba con que los indios centroamericanos fueran educados como “filósofos”. Una utopía vallista, que hoy en día se podría vertebrar en realidad.

            Hace varios años, cuando mi segundo hijo era preadolescente, sugirió la extraña ocurrencia de formular preguntas en caso de encontrarnos con Dios Altísimo. Se nos ocurrió preguntar qué había antes del “Big Ban” y sobre la tremenda fragilidad física de los hombres y mujeres frente a una existencia orgánica tan fugaz e infeliz. Creo que la mayoría de los niños inteligentes preguntan qué cosa podría existir por encima del cielo. En cierta reunión informal, muy posterior en el tiempo, mi hijo menor, también preadolescente, estaba exponiendo un subtema relacionado con los misterios del Universo. Y una distinguida dama lo interrumpió para señalarle que ese día “no se había lavado los dientes”. Todos reímos; pero el joven quedó desanimado. Sin embargo es posible que algún día, cercano o lejano, mi hijo menor (que ha tenido buenos, malos y pésimos profesores) retome las intuiciones filosóficas tal vez desde un ángulo epistemológico. Por otro lado mis hijas (cuando todavía eran niñas) estaban leyendo el libro “Sócrates Café” de Christopher Phillips. 

            Las preguntas y cavilaciones ingenuas de los niños inteligentes se ligan a los problemas y principios filosóficos que establecieron los distintos pensadores presocráticos, quienes después de muchas observaciones penetrantes sobre el enigmático entorno natural alcanzaron, en ciertos momentos, niveles extraordinarios de abstracción mental, como en el caso de Anaximandro y su principio de “ápeiron”, imaginado como una substancia indefinida o infinita. Luego habría que agregar el caso del filósofo y teólogo Jenófanes, tal vez el primer monoteísta griego, quien ejerció influencia teorética sobre Parménides y Platón.

            No significa, con lo que arriba hemos expuesto, que los niños nazcan siendo filósofos, en tanto que las mismas intuiciones requieren cierto grado de experiencia directa o indirecta previa. Lo cual depende del nivel cultural de la familia, del entorno social, de los profesores que hayan aparecido en los distintos círculos escolares. Y depende, además, de la capacidad cerebral congénita del niño de que se trate, pues es difícil negar que unos niños son más avispados que otros, o con mayor capacidad de observación reflexiva detenida, como en el caso de Albert Einstein, un supuesto mal estudiante en los estándares decimonónicos.   

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