Por: SEGISFREDO INFANTE

            Necesitaba un tiempo psicológico propicio para leer con más detenimiento un extraño poemario, producto de un escritor andariego de origen estadounidense, Mr. Buckner Beasley, quien trabajó y se estableció en la costa norte hondureña. Inclusive se supo, según relata uno de sus nietos, que después de laborar con una de las compañías fruteras, compró una hacienda en los alrededores de la ciudad-puerto de Tela. Se supo, además, que durante la segunda y tercera décadas del siglo veinte, escribió varios poemas dedicados a Honduras y al trópico en general, que finalmente publicó durante el año 1969, bajo el título de “Canciones del Caribe”, cuya ardua traducción del inglés al español se debe a la pasión literaria y a la minuciosidad de la editora Frances Simán y a los aportes de la “Editorial Cisne Negro”. 

            Después de leer detenidamente casi todos sus poemas, me parece que el poeta Buckner Beasley se anticipa a varios autores hondureños que le dedicaron sus cantares líricos a nuestro país, concebido como una totalidad, tal como se puede constatar en la antología “Exaltación de Honduras” publicada por Oscar Acosta y Roberto Sosa, lo mismo que en otros poemarios de mediados del siglo veinte. Es claro que al poeta norteamericano lo hechizó la luz del trópico. Pero, sobre todo, lo hechizó la relación dicotómica entre la playa abierta frente al mar, y la jungla cerrada, como si fuera un muro impenetrable, del interior catracho, con un río Ulúa “solemne y hosco y silencioso.”

            Son varios los versos que me atraen del poemario “Canciones del Caribe”. Pero, por ahora, deseo detenerme en un solo poema titulado “Honduras”, el cual nosotros también reprodujimos en el número veintinueve de la revista “Búho del Atardecer”, correspondiente a los meses de junio-julio del año 2021. Aparte de la hermosura de algunas descripciones del país, este poema en particular posee un contenido trascendente que deseo subrayar. El autor es consciente de los defectos y de las limitaciones de estos lares en los cuales se estableció. Sin embargo, él desea destacar al máximo las virtudes geográficas, paisajísticas y gastronómicas de Honduras, en aquella relación dinámica entre el sol, “el traslúcido mar de jade” del puerto de Tela y la jungla interior con toda su fauna misteriosa.

            Viajemos, entonces, hacia la médula de los versos del poema “Honduras”: “Nos hemos aventurado en las profundidades de sus junglas;// hemos escalado a la cima de sus colinas;// hemos combatido el fuego de sus fiebres,// pero no hablaremos del peor de sus males.” (…) “No hablaremos del lodo y los mosquitos;// no hablaremos de la fiebre y las moscas,// porque el atractivo de sus lagunas nos suplica,// porque el atractivo de sus cielos nos invita.” (…) “Por el bien de la melodía de sus cascadas; por el bien de las oraciones de sus palmeras; susurrando bajo la luz de la luna// que llueve sobre sus brazos extendidos.” (…) “Por el bien de la extensión de su costa,// de sus vacilantes gamas azules,// por el bien del dorado de sus puestas de sol// descontaremos los despojos por lo verdadero.” (…) “Lo peor de las aflicciones que ofrece// las ignoraremos por lo mejor que nos brinda;// por el bien de lo bueno que cosechamos, su mal estaremos dispuestos a compartir.”

            Pocas veces en la historia los extranjeros se han expresado con tanto amor hacia este pobre y remoto país llamado Honduras. El tacto y delicadeza del autor devienen de su condición de poeta lírico. Pero debemos añadir a tal condición un amor genuino hacia una tierra en la cual habían desaparecido los bucaneros tipo Morgan, y había comenzado, en los inicios del siglo veinte, un intenso proceso de modernización agrícola bananera sobre los pantanos de la costa norte hondureña, incluyendo, en tal proceso, el “Jardín Botánico Lancetilla”, bajo la iniciativa de Wilson Popenoe. El poeta no desconoce, ni mucho menos, el fenómeno de las inundaciones, la desgracia de la malaria y otras enfermedades endémicas. Pero frente a un plato de frijoles con arroz prefiere recordar y destacar las bellezas paradisíacas que personalmente descubrió, con ojos de explorador y de poeta, tanto en las cercanías del río Leán o de los Leones, como en el valle de Sula, sin olvidar el majestuoso río Ulúa con sus guacamayas, quetzales, loros, bagres, sábalos y cocodrilos.

            La poesía exuberante de Buckner Beasley me hace pensar, de modo indirecto, en las obras de Walt Whitman, de Ramón López Velarde y de Jack London. Pero más allá de todo eso se trata de una poesía que, tal como lo expresa uno de sus nietos (David L. Dowler), es más bien “Una carta de amor” para Honduras; o una de las más hermosas declaraciones de tierno cariño hacia un pequeño país vulnerable que por regla general sólo cosecha desprecios, atropellos y maledicencias de los propios y de los extraños.

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