Por: SEGISFREDO INFANTE

            La palabra “Esperanza” se ha convertido, por regla general, en una utopía, o en una ucronía, en el lenguaje de los dirigentes de cualquier parte del mundo. Aunque tal concepto prácticamente desapareció durante el primer año de la pandemia (2020) en tanto que sólo cosas extremadamente negativas circulaban en las redes sociales, la verdad es que en el caso de países como Honduras, esa idea ha sido asfixiada, cuando menos, desde los años 2008 y 2009, en que las ilusiones y las esperanzas del pueblo fueron suplantadas, en las campañas electorales y en las conversaciones cotidianas, por lenguajes violentos y archi-groseros que han llegado desde lejanas tierras, lastimando nuestra idiosincrasia mestiza y el tejido social de la hondureñidad y de otros países centroamericanos. Amigos y parientes se han enemistado entre sí (o han fingido enemistarse), por causa de proyectos inmediatistas que, como diría Hegel, son vacíos o carecen de contenido.

            Es anti-histórico, por ejemplo, pretender postular como una gran novedad aquellos modelos económicos y políticos ateos que sufrieron bancarrotas estruendosas en el curso del siglo veinte. Y en los comienzos del veintiuno. Tal vez, en el mejor de los casos, se pueden ensayar submodelos y “modelitos” como para salvaguardar algunas apariencias positivas del pasado. O bien para pretender contradecir la “Historia” y sus hechos contundentes, que muchos prefieren olvidar e inculcar ese olvido entre los pueblos. Es sumamente fácil engañar o confundir a la gente que no sabe nada de “Historia”, o que sólo conoce algunas versiones unilaterales o sesgadas de los acontecimientos del pasado, tal como ocurre cuando se repite, mecánicamente, la “Leyenda Negra”, en relación con la fecha conmemorativa del 12 de octubre de cada año. Y lo triste es que la repiten los mestizos, que son mayoritarios en los países latinoamericanos, y cuyos antepasados principales son, en el caso hondureño, españoles blancos, indios lencas y negros africanos, sin descartar otros pequeños mestizajes. Pero lo más terrible es que se hayan soterrado o distorsionado los hechos reales, trágicos y antidemocráticos del siglo veinte, en los dos hemisferios del planeta, en tanto que muchos individuos nacieron y vivieron en dicha centuria, y fueron testigos directos o indirectos de la posible destrucción de la especie humana, frente a una probable tercera guerra mundial.

            La “Esperanza” es algo que se ha convertido en una especie de principio universal, tanto para algunos pensadores más o menos autónomos, como también para los líderes equilibrados y algunos dirigentes aislados de los pueblos. Sin embargo, la “Esperanza” se empaña, se obnubila o se asfixia a veces, por aquello de la violencia semanal y de las guerras psicológicas sucias y mentirosas que se han entronizado en las redes sociales, con las excepciones de la regla, por supuesto. Al ave de la “Esperanza”, principio universal que a veces toma asidero, o busca anidarse en sociedades particulares, tienden a cortarle las alas y a destruirle su nido maravilloso, tanto los violentos como los ofuscados. (Es pertinente incluir en el grupo de los “ofuscados” a los megalómanos, a los narcisistas, a los ninguneantes y a los mentirosos compulsivos).

            En las penúltimas campañas electorales de Honduras y de otras partes del globo, las propuestas han sido escasas, vacías, groseras e incluso archiviolentas. Parece que varios sujetos han sido incapaces de aquilatar el concepto de democracia que se expresa en una aproximación a la verdadera libertad, a la tolerancia y al pluralismo ideológico, porque cuando alguien habla de democracia debe mostrar con evidente contundencia que se encuentra en condición real de poder conversar, alrededor de una mesa, con individuos de otras tendencias e ideologías. Personalmente me siento en capacidad de conversar con todo mundo; excepto con los neonazis y con “religiosos” fanáticos extremistas.

            Pero toda conversación democrática implica, de entrada, capacidad de escuchar y de respetar, en un cien por ciento, a la otra persona, con la intención de buscar los puntos de encuentro y los empalmes proyectivos en función de la posible y probable felicidad del pueblo. Se puede ser disidente y casi al mismo tiempo democrático. Pero alguien histérico, grosero, presuntuoso e intolerante, es imposible que sea democrático.

            Hasta el momento preciso de redactar este pobre artículo no veo, por ningún lado, la búsqueda de la felicidad del pueblo hondureño ni mucho menos el alto vuelo de la “Esperanza” para todos nosotros. En vez de recibir diálogo y “Esperanza”, algunos cuadros políticos nos regalan confrontación y pedantería por doquier. Empero, nos asiste el derecho inalienable de percibir las alas espléndidas de la “Esperanza” o, cuando menos, como diría Rubén Darío, “la libélula vaga de una vaga ilusión”. Nada se pierde con ser respetuoso, conciliador, amoroso y esperanzador, sin destruir los principios y los valores occidentales, en función del futuro mediato del planeta y de la patria chica.

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