Por: SEGISFREDO INFANTE

            No me refiero a las competencias electorales. Ese es un tema particularísimo de aquellos que para bien o para mal están metidos en el ojo de un huracán metafóricamente grosero, zafio y agresivo. A lo que deseo referirme es a las cualidades mínimas que debiera poseer un buen ciudadano pero, sobre todo, alguien que aspira a convertirse en gobernante de una nación; o en formar parte de la élite gubernamental.

            Mis viejas y mis nuevas lecturas me obligan casi siempre a retornar a los filósofos griegos. En el caso de hoy vuelvo al tema recurrente de Platón, cuando pone en boca de Sócrates, como si fuera una “síntesis” previa de su análisis, las cuatro grandes virtudes cardinales del ciudadano: La prudencia, el valor, la templanza y la justicia, convirtiendo la justicia en uno de los temas recurrentes de su discurso. Estas mismas competencias o cualidades, según Platón y un par de interlocutores, son las que debiera interiorizar en su alma quien pertenezca al grupo de los políticos que aspiran a gobernar un país. O cuando mucho gobernar, de lejos, la “República Ideal” de Platón, la cual era como una especie de negación de las realidades políticas tumultuosas y vulgares de la antigua Atenas y de otras ciudades de la liga ateniense.

Varios autores han exhibido la propensión a sublimizar la situación de Grecia en la época en que florecieron los filósofos y los poetas trágicos. Pero la verdad es que aquellos lejanos días podrían clasificarse dentro de una “época de oro” sólo en tanto en cuanto consideremos que, a pesar del grave deterioro de la vida cotidiana de los griegos aparecieron, sin embargo, unos filósofos audaces y geniales reflexionando de manera sustancialmente diferente a como lo hacían los políticos de oficio y la mayoría de los pueblos. Sócrates, Platón y Aristóteles, amén de recoger y conservar las mejores tradiciones griegas, se hallaban descontentos con los sucesos dolorosos ocurridos en su propio terruño. Y aunque en el curso de los años y las décadas he publicado diversos artículos, charlas y ensayos relacionados con estos tres personajes, deseo puntualizar dos textos recientes de mi autoría: A) “El genio de la República, llamado Platón”, publicado en LA TRIBUNA del 18 de febrero del año 2021. B) “Distorsionar a Platón”, publicado en el mismo sitio el 05 de septiembre del año que transcurre.

Aun cuando se trata de un “Estado Ideal” compendiado en el discurso filosófico, político y antropológico de Platón, pensado para los griegos con nociones más o menos universalizantes, algunas de las sugerencias de su obra se escapan de sus propias páginas y adquieren cierta actualidad. Inclusive en sociedades históricamente inmaduras o adolescentes como la hondureña. Cuando Platón (por boca de Sócrates) habla de la “justicia”, no se refiere de ninguna manera a los tribunales ni mucho menos a los expertos que pasan litigando día y noche. El concepto platónico de justicia pareciera caminar más allá de las leyes convencionalmente aprobadas. La justicia es aquella que practican los ciudadanos todos los días de su vida, sin meterse en la vida ajena y sin destruir las propiedades y los oficios de los demás. Queda muy claro en el discurso de Platón, que los mejores gobernantes son aquellos que trabajan por la felicidad de todas las clases sociales, incluyendo las más humildes. Literalmente dice: “no fundamos nuestra ciudad con vistas a la felicidad de una sola clase, sino para que lo sean todos los ciudadanos sin distinción alguna”. Los gobernantes y guardianes deben ser educados, desde niños, con gimnasia y buena música y, en consecuencia, con saberes filosóficos. No deben ser “hombres malos y cobardes que se insultan e injurian mutuamente”, o “se dicen obscenidades” unos a otros. “Porque es bueno quien tiene un alma buena.” Esto desdice en gran porcentaje los señalamientos de autores adversos como Karl Popper, contra Platón.

La injusticia serrucha las cuatro virtudes cardinales arriba señaladas. Por ejemplo, para Platón, es un acto de injusticia que alguien sin cualidad para gobernar pretenda convertirse en “guardián” del pueblo. En tal caso “se produce un trastorno y una confusión que origina la ruina de la ciudad.” O de la nación. Para el filósofo de las “Ideas” la injusticia es producto de la “maldad e ignorancia.” Además, “la injustica procura sediciones y odios, y luchas entre ellos”. E “introduce el odio donde quiera que ésta se encuentre”. Y “nada hay más vergonzoso que dejarse llevar fácilmente por el odio de los demás.” Termina rematando Platón en este tema particular.

Resulta casi obvio que en el presente artículo me he detenido en una mínima parte de “La República” de Platón, aun cuando su discurso creativo se encuentre como disperso en la mayoría de los “Diálogos”. Por mi lado sólo queda, por ahora, invitar a diversos lectores serios a que profundicemos en el pensamiento riquísimo de este clásico.

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