Por: Segisfredo Infante

Despejar este problema habrá de conducir, a quien lo intente, hacia los caminos de la “Historia” y de la “Filosofía” desde los tiempos de la Grecia Antigua hasta topar con los momentos transitorios de la actual posmodernidad mundial, y con los tristes ensayos desregulatorios excesivos y burbujeantes de las economías y las finanzas.

Platón, que todo lo observó y casi todo lo anticipó mediante esbozos dialécticos, inclusive la teoría de los sueños de Freud, dice en “La República” que la libertad es lo contrario de la esclavitud. De cualquier tipo de esclavitud. Porque los “tiranos”, según Platón, terminan siendo esclavos de su propia “tiranía”. Cito “La República” en tanto que he leído en forma completa los diez libros que la integran, en por lo menos dos traducciones diferentes, considerando la purga de los traslados idiomáticos.

A partir de Platón y de otros pensadores, el filósofo alemán Guillermo Hegel determinó, en forma reiterada, que el “Hombre” nació para ser libre. Esta misma idea fue retomada por el filósofo francés Jean-Paul Sartre, a pesar de las diferencias teóricas entre el subjetivismo-objetivo de Hegel, y el existencialismo de Sartre. Pero es una idea antiquísima que los seres civilizados nacieron para ser libres, siempre y cuando la libertad individual respete los intereses de las colectividades y viceversa, que las colectividades, o el “Estado”, respeten las libertades ciudadanas del individuo. Con este párrafo entramos en el tema del liberalismo y de los partidos liberales. O progresistas.

El liberalismo moderno empalma con el concepto de tolerancia religiosa, cuya necesidad fue resultado de las intolerancias extremas en las guerras de religiones a partir del “Renacimiento”, en los comienzos turbulentos de la Modernidad. Es decir, hace cuatro o cinco siglos. Por otro lado, el liberalismo coincide con el desarrollo del capitalismo mercantil mundializado. No es casual que Miguel de Cervantes utilice el concepto de liberalismo varios siglos antes que lo introdujeran en la Constitución de Cádiz en 1812, de tal forma que liberalismo y tolerancia religiosa (y política) son conceptos hermanos.

La confusión empieza con la obra “La riqueza de las naciones” de Adam Smith, en que los lectores mezclan los términos rimados de liberalismo con “librecambismo”, el cual es más propio del primer capitalismo industrial. El librecambismo es, por lo menos en la esfera teórica, algo contrario al proteccionismo. De ahí que los llamados neoliberales contemporáneos se hayan apropiado, sistemáticamente, desde hace más de cuatro décadas, de la palabra “liberalismo” para autoproclamarse ellos como liberales clásicos, confundiendo incluso al Partido Liberal de Honduras y a muchos partidos liberales del mundo, haciéndoles daño teórico y práctico a las nuevas generaciones de las clases medias, nacionales y mundiales, incluyendo a los pobres. De hecho, los vocablos técnicos correctos para referirse a los neoliberales, son los de “neomonetaristas” o de “neoconservadores”. (“Neocon”, les dicen en Estados Unidos).

Con el neoliberalismo desregulatorio penetrando las entrañas de la sociedad mundial y de casi todos los partidos políticos e instituciones financieras, varios cuadros dirigentes e intermedios del Partido Liberal de Honduras, extraviaron su horizonte político, económico y social, y perdieron de vista el humanismo renacentista que de alguna manera directa o indirecta habían heredado. Se quedaron, con las buenas excepciones del caso, repitiendo las formulitas verbales de coyuntura, que vienen como recetas de ciertas metrópolis del hemisferio norte, sin ningún criterio profundo. O, en su defecto, algunos dirigentes comenzaron a coquetear con las consignas del neopopulismo, por causa de la vaciedad teórica y de los desconocimientos históricos.

La confusión ideológica anterior ha debilitado, radicalmente, al Partido Liberal de Honduras y a muchos otros partidos democráticos, provocando dispersión centrífuga en los conglomerados populares que han sido sus seguidores tradicionales. El Partido Liberal de Honduras, si anhela sobrevivir, debe volver por sus principios realmente liberales, en forma inmediata pero también estratégica. Es decir, tomar la tolerancia mesurada como principio rector, que se traduce en libertades ciudadanas, como la libertad de expresión, de propiedad y de locomoción; pero también se traduce en el concepto fraseológico de “liberalismo social”, con instituciones estatales, privadas y economías fuertes.

El verdadero liberalismo es contrario al anarquismo neoliberal. Y es contrario a toda expresión de “gobiernos tiránicos”, ello para usar una expresión platónica. Un auténtico liberal no puede ni debe ser dogmático ni tampoco libertino, en tanto que la libertad excesiva, o una democracia demasiado permisiva, se convierten en libertinaje y terminan dañando los intereses de la democracia misma. Este es un momento histórico único para la rehabilitación y deslindamiento del Partido Liberal de Honduras.

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