Por: SEGISFREDO INFANTE

            Es un tema abordado por los pensadores clásicos de la antigüedad, como un concepto que se contrapone al “bien supremo”; o a su búsqueda racional. Diríase que el mal es como una derivación de razonamientos diferenciados de pensadores del nivel de Sócrates, Platón y Aristóteles, en tanto que el fin último (o “la causa última”) de los seres humanos y el Universo, consiste en encontrar y practicar una especie de justicia divina, en tanto que ese bien supremo se traduce, según los entrelineados de la obra de Platón, en que los hombres nunca se hagan daño unos a otros. Tales filósofos, lo he mencionado en distintos artículos, al hablar de justicia o de ética cotidiana, rehuían mencionar los tribunales, con sus acusadores y defensores. Eran conscientes que detrás de las acusaciones se interponían algunas veces los falsos testimonios, o las falsas pruebas, tal como lo habían anticipado los grandes profetas del desierto.

            Platón sugiere que una de las habilidades del hombre injusto o malvado, es fingir que se dedica a hacer el bien a los demás, cuando en realidad hace el mal. Y que en todo caso es preferible ser víctima de una injustica que cometerla. El problema es que muchas veces nuestra percepción y nuestro sentido común nos engañan, por lo cual resulta difícil diferenciar, en río revuelto, a los justos de los injustos, a los piadosos de los impíos, a los constructores de los destructores. De esto se infiere que debemos ser cuidadosos al momento de pretender juzgar a los demás. No vaya a ser que caigamos en el error fanático de condenar “democráticamente” a Sócrates y a otros hombres sabios y justos.

            Desde la lógica de los filósofos griegos mencionados, el mal como práctica que contradice al bien, vendría a configurarse, más o menos, como una cosa accidental e innecesaria, en tanto que el bien, en sí, es necesario. Sin embargo, este es un tema que ha sido motivo de preocupación teórica y práctica, a lo largo de la historia de las ideas, ya sea desde el ángulo del estereotipado complejo de culpa; o desde el ángulo de la transgresión de los mandamientos religiosos, especialmente en la tradición occidental.

            Sin deslegitimar los cauces tradicionales, vale la pena reconocer que en las últimas décadas se han externado importantes esfuerzos teóricos, encaminados a convertir el concepto del “Mal” en una categoría filosófica, a fin de facilitar el estudio racional de las conductas negativas de los hombres; o el análisis psicológico y sociológico. Uno de esos autores ha sido Denis Rosenfield, quien ha realizado un estudio del posible concepto del mal y de la voluntad maligna en las obras de Kant, Schelling y Hegel. Como era de esperarse estos filósofos se distanciaron de los carriles religiosos conocidos, con el propósito de elevarse hacia abstracciones conceptuales ligadas a una problemática vital que ha interesado y continúa interesando a los cerebros más sensibles y más lúcidos de todos los tiempos. Es más, Friedrich Schelling, propenso a utilizar la dicotomía del bien y del mal, de Dios y de los hombres, introdujo reflexiones metafísicas que en su tiempo cuestionaron la naturaleza biológica del mal. Denis Rosenfield ha intentado superar a los filósofos alemanes reafirmando la idea o el concepto fraseológico de “voluntad maligna” que los clásicos en un tiempo minimizaron. Gottfried Leibniz, por el contrario, parece haber trabajado las derivaciones teológico-filosóficas del mal como un fenómeno necesario, pero antinómicamente tangencial. Esto pareciera una contradicción de principio. En todo caso habría que ahondar en el pensamiento de Leibniz.

            El caso de George Hegel es especial. No trabajó a profundidad el concepto del mal, en tanto que él lo percibía como una circunstancia negativa de la progresión de la “Historia”, en que las civilizaciones se superponen unas sobre otras. Al grado que en cierto momento redujo la problemática a la simpleza dicotómica y esquemática de la lucha entre amos y esclavos, empobreciendo su gran “Filosofía” de la “Autoconciencia Móvil”, que en un capítulo específico de la “Fenomenología del Espíritu” merecía un tratamiento histórico-filosófico superior. Es obvio que la filosofía de Hegel hubiese tomado otros rumbos menos optimistas y sentenciosos en caso de haber presenciado, directa o indirectamente, las horrendas tragedias políticas, militares y humanitarias del siglo veinte, y las amenazas nucleares, con escaso sentido humano o lógico, que subsisten todavía en los comienzos del impredecible siglo veintiuno.

            La malignidad instrumental no debiera ser, en ningún momento, el fin último de los individuos y las colectividades, en razón de que el mal atenta contra el ser fundamental del “Hombre” y en contra de las posibilidades de la verdadera libertad. En este punto sería recomendable que estudiáramos, desprejuiciadamente, el libro “Eichmann en Jerusalén”, en donde Hannah Arendt acuña y desarrolla el concepto fraseológico de “banalidad del mal”, como una variante burocrática específica de la voluntad maligna.         

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