Por: SEGISFREDO INFANTE

            En medio de la batahola de una pandemia viral posiblemente “bioquímica” casi universal, pareciera una ridiculez escribir sobre la ralentización del comercio, de la economía y de las finanzas regionales o internacionales. Y más aburrido escribir sobre las falencias de las democracias permisivas del “Mundo Occidental”, que en estos últimos años parecieran estar más interesadas en autodestruirse. En verdad que estamos tremendamente tristes por unos acontecimientos casi inesperados respecto de la propagación de una peste biológica medieval-hipermoderna, que en las horas actuales está colocando celadas mortales en distintos puntos neurálgicos de aquello que conocemos como “Civilización”.

Mucha gente se ha tomado a broma, o guasa, el grave y trágico fenómeno. Pero la peste, que al comienzo sólo estaba localizada a pocos kilómetros del norte de una ciudad de una provincia del interior de China Popular, hoy avanza inexorablemente ahí por las rendijas de la irresponsabilidad de unos y de otros dirigentes del trasmundo. En este mismo espacio, en un artículo reciente, lamenté que desde mi ámbito personal percibía que la Organización Mundial de la Salud (OMS) había colocado la alarma mundial, muy tardíamente. Tengo mis razones íntimas para sostener esta cruel hipótesis, que ojalá que esté del todo equivocada. Porque entre otras razones hay una razón bioética.

Creo que en quince o veinte años quedará más menos aclarado el verdadero origen, el desencadenamiento y las cifras reales de la peste de Guhan. Y muy al margen de las teorías conspirativas que han circulado por las redes sociales, soy de la opinión que este nuevo fenómeno “viral” vendrá a sumarse a la lista de un libro pormenorizado de los informáticos Koldobica Gotxone Villar y de Félix Ballesteros Rivas. Me refiero al extraordinario libro “Grandes Desastres Tecnológicos: Los más espectaculares accidentes técnicos y científicos”, publicado en noviembre del año dos mil doce (2012). Entre ellos, para sólo mencionar dos, el accidente atómico escalofriante de “Chernobil” en la ex–Unión Soviética, y el de “Fukusima” en Japón, con atenuantes sinceros para el segundo, por aquello del maremoto. Es una pena que los triunfalistas excesivos hipermodernos casi nunca reparen en esta clase de publicaciones históricamente demostradas. Para ellos y ellas su ideología unilateral está primero. La realidad del “Hombre” real, subjetivo y objetivo, se relega para después. Es más, lo aconsejable para los triunfalistas hipermodernos de diverso signo, es ignorar las necesidades espirituales y materiales del “Hombre” real.

Todo esto pareciera escenificarse, en grandes escalas nacionales y mundiales, en momentos de vacíos gubernamentales, ocasionados, en un considerable porcentaje, por unos parlamentarismos democráticos quisquillosos que obstaculizan la asunción del poder de aquellos candidatos presidenciales o ministeriales que verdaderamente han ganado las elecciones incluso en varias vueltas electorales, casi por aclamación popular. Como “no se puede hacer gobierno”, hay que retornar a las urnas cuantas veces sea necesario; o pactar con los más fieros descalificadores de la unidad nacional de un país o de una región. O someter a “juicio político” al candidato ganador. Esto lo hemos visto, indirectamente, en Europa, en Estados Unidos y en otras partes del planeta.

Por fortuna, todavía, por encima de los gobiernos transitorios existe el “Estado” (escrito con “E” mayúscula), aquel que funciona a duras penas a pesar de encontrarse sitiado por anarquistas de viejo y de nuevo pelajes. Sin embargo, los dogmáticos aparentemente defensores de la “democracia”, que más allá de todo son también fundamentalistas, preferirían que desapareciera el Estado y la democracia misma, con tal de quedar ellos contentos con sus caprichos y fanatismos ideológicos tecnocráticos o populacheros, según sea cada caso. Nunca han comprendido, y pareciera que nunca lo van a comprender, que en ausencia del Estado desaparece la civilización misma. Y que quede constancia, nuevamente subrayada sobre este punto, que jamás de los jamases defendemos a los Estados totalitarios, porque “a contrario sensu” defendemos a los Estados republicanos y democráticos, con sus gobiernos fuertes, endebles o lastimeros.

Históricamente conocemos las altanerías que han provocado los “presidencialismos” en países como los de América Latina, expertos en excluir a las gentes pensantes. Pero en fechas recientes también hemos venido observando a los parlamentarismos excesivos que obstaculizan temerariamente toda acción administrativa presidencial, generando vacíos peligrosos de poder. Pienso que en este punto ya va siendo necesaria, también, una discusión de paradigmas y una revisión de leyes supuestamente universales. Sobre todo en un momento histórico en que gracias a la hipotética peste “bioquímica” actual los seres humanos sensitivos se sienten amenazados por algo incomprensible, que socava las bases sanitarias, bioéticas, de la modernidad y de la posmodernidad. Nosotros, por nuestra parte, a pesar de las calamidades mortales, seguiremos resguardando la “Esperanza”.

Tegucigalpa, MDC, 08 de marzo del año 2020. (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el día jueves 12 de marzo de 2020, Pág. Cinco). (Se reproduce en el diario digital “En Alta Voz”).

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