Por: SEGISFREDO INFANTE

            En alguna página olvidada leí que los maestros (o pedagogos) de la Antigua Grecia se autoconsideraban ellos mismos como pregoneros de la educación estatal. Es decir, que los maestros griegos eran el Estado mismo. Tanto en Esparta como en Atenas. Pero, sobre todo, aquellos que se movían bajo el espíritu de libertad de los atenienses y de las ciudades amistosas con estas prácticas y principios. No es nada descartable que tal página la haya leído en el libro la “Historia de la filosofía; o el pensamiento antiguo”, del escritor italiano, hoy casi olvidado, E. Paolo Lamanna (1952). O en otro volumen similar.

De hecho, aunque soy escéptico respecto de los manuales y de los manualitos en general, tengo a la vista este viejo texto formidable, bastante didáctico, de Paolo Lamanna, que es un auxilio alentador para seguir el camino entrelazado entre la historia de la filosofía, de la ciencia y el de la educación en los antiguos pueblos mediterráneos, que son como arquetipos de la “Cultura Occidental”, hoy tan fragmentada. Parejamente soy consciente que al hablar de este asunto particular estoy incursionando en territorios ajenos, en tanto que en Honduras existen personas con mayor autoridad para tales abordajes. Entre ellos el doctor en filosofía de la educación don Oscar Soriano Salgado. Y el viejo profesor don Mario Membreño González, un apasionado de estos temas del espíritu. A quienes raras veces invitan a dialogar sobre temas educativos vitales, excepto, creo (con el derecho de equivocarme), cuando nosotros lo hicimos, algunas veces esporádicas, en el programa televisivo de “Economía y Cultura”.

Puntualizado el párrafo anterior, quiero poner sobre el tapete mi propia percepción (o mis propias lecturas) sobre la relación de la existencia del Estado mediterráneo y el papel de los profesores y discípulos de la Grecia Antigua, que a pesar de todas las volatilidades actuales sigue siendo el paradigma de todos los paradigmas educativos más o menos formales de los tiempos civilizados. Pues cuando se olvida, o soterra, la experiencia de los griegos, se está renunciando a la médula de lo que nosotros los occidentales somos o hemos pretendido ser. Creo que aquí vale nuevamente aquella sentencia bíblica salomónica, subyacente en el saber popular latino, de “Nihil Novum Sub Sole” (“Nada Nuevo Bajo el Sol”), tomada del Eclesiastés, y poetizada por Miguel de Unamuno.  

El profesor Paolo Lamanna dice literalmente lo siguiente: “El concepto fundamental de la pertenencia del individuo a la ciudad-Estado y de la absoluta supremacía del interés político suministra así a la educación su finalidad.” A tal extremo que “toda la sociedad era una escuela”, en donde se mancomunaban “la personalidad del educador con la del educando”, dentro de una especie de “filosofía de la vida” primigenia. “El hecho educativo no ha podido progresar sino elevándose a la idea. La idea surge del hecho; pero, por lo mismo que lo ilumina y revela su espíritu y su valor, influye sobre el hecho y lo transmuta”. No como en los tiempos actuales, en donde se impone la moda, la banalidad y el hecho vulgar de cada día sobre supuestos submodelos educativos. “Cada uno de nosotros” (sigue diciendo P. Lamanna) “pertenece a una familia, es ciudadano de un Estado, tiene una profesión, tiene una posición social determinada, tiene amistades: en una palabra, vive dentro de un sistema de relaciones con otros individuos y organismos sociales.” En Atenas la educación se proponía “hacer del ciudadano un hombre de vida rica interior, de múltiples inquietudes, apto para desarrollar libremente en los más diversos sentidos las propias energías físicas y espirituales; se proponía desarrollar esa genialidad y diversidad de aptitudes”, sobre todo en la población de adolescentes, de los cuales se ocupaba centralmente el Estado ateniense, dejando para las familias la educación de los niños.

Desde una primera lectura cuidadosa (incluso crítica) de este libro filosófico y pedagógico de Lamanna, se pueden sentar algunas premisas lejanas que se han olvidado o perdido de vista en los tiempos que corren. La primera de todas en que en aquellos tiempos los maestros de distintas tendencias de pensamiento eran estadistas. Pero también los estudiantes se consideraban ellos mismos el Estado, en una relación dinámica entre soldados, maestros, estudiantes y  sociedad. Nadie se miraba, a sí mismo, fuera del Estado. Sin importar demasiado los liderazgos transitorios. Cuando el ciudadano Querefón llegó al Oráculo de Delfos a indagar sobre Sócrates, para validarlo al margen de las formalidades escolares, lo hacía como un representante genuino del Estado de Atenas.

Cuando los “profesores empíricos” de Honduras impartían clases en casuchas destartaladas o bajo los árboles como Cantinflas, a cambio de ser pagados mediante “especies fiscales”, intuían que se trataba de un apostolado y que ellos mismos, consciente o inconscientemente, eran el Estado de Honduras, al margen de quien fuera el presidente ocasional de la República. Así que en este punto es indispensable que volvamos a convertir a toda Honduras en una escuela general de principios éticos y estéticos de alto vuelo.

Tegucigalpa, MDC, 10 de noviembre del año 2019. (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el jueves 14 de noviembre de 2019, Pág. Cinco). (Nota: En estos últimos cinco meses aproximados del año 2019, los artículos se han reproducido en el diario digital “En Alta Voz”).

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