Por: SEGISFREDO INFANTE

            Es muy difícil leer en estos días, y sobre todo deletrear artículos periodísticos, en medio de los nacatamales, las torrejas, el café con pan y otros manjares, cuando estamos a punto de despedirnos del año viejo. Pero es impostergable, desde el punto de vista crítico de la imparcialidad, y de cara a los posibles acontecimientos futuros, abordar algunos de los temas sugeridos a partir de las elecciones generales de finales de noviembre del 2021, en que el panorama político pareciera haberse enrarecido en ciento ochenta grados.

            Creo que el economista Roldán Duarte Maradiaga fue uno de los primeros en recordar que la Constitución de la República establece los gobiernos de “integración nacional”, tema que fue reiterado por Ramón Oquelí hasta el momento de fallecer, en sus textos de mayor visión estratégica. Quizás el primer gobierno catracho que intentó la integración nacional en la segunda mitad del siglo diecinueve, fue el de José María Medina, al convertir a José Trinidad Cabañas (morazanista) en el segundo de a bordo con poder real dentro de su estructura militar.  

            Un posterior proyecto de integración nacional, decimonónico, fue el de Marco Aurelio Soto y su ideólogo Ramón Rosa, con mayores alcances temporales que los de “Medinón”, al grado que el ideario romántico-positivista con su consigna de “orden y progreso” propia de los liberales reformistas, tuvo efectos pronunciados hasta las primeras cuatro décadas del siglo veinte. En tal contexto fue un gran unificador político, y un gran mecenas, el general olanchano Manuel Bonilla Chirinos, sobre todo en su segundo mandato presidencial, al grado que todas las facciones políticas estuvieron a punto de extinguirse. Tal iniciativa unificadora fue continuada por el doctor, también olanchano, Francisco Bertrand; pero, precisamente, durante el periodo de su mandato presidencial, comenzaron a resurgir, o a emerger, todas las disidencias políticas concebibles en aquel momento histórico (1918-1919); entre ellas las del doctor Alberto Membreño (apoyado por Paulino Valladares) y la del general Rafael López Gutiérrez (apoyado por Zúñiga Huete). Todo porque Bertrand pretendía el continuismo presidencial o, en su defecto, imponer la candidatura de su cuñado Nazario Soriano.  

            Durante el gobierno nacionalista del doctor Juan Manuel Gálvez, comenzó a respirarse una especie de primavera desarrollista, flexibilizando las políticas estatales e integrando, en su gobierno, a intelectuales de gran peso como Rafael Heliodoro Valle, oriundo del partido opositor. Aquella política “desarrollista” fue continuada por una Junta Militar de Gobierno transitoria, y especialmente por el gobierno liberal del doctor Ramón Villeda Morales. La concepción desarrollista continuó subsistiendo y abriéndose paso durante la época de los militares reformistas. De hecho el general Oswaldo López Arellano (incluso Melgar Castro) integró en su segundo mandato a algunos de los técnicos e intelectuales “más capacitados”, de ambos partidos tradicionales, del “PINU” y de una especie de “izquierda”, para echar hacia adelante el “Plan Nacional de Desarrollo”.

            Un pie de página interesante es el intento de hacer un gobierno de “integración nacional” por parte del perito mercantil Julio Lozano Díaz. Gobierno del cual fueron miembros integrantes dos humanistas y marxistas: Medardo Mejía y Guillermo Emilio Ayes, y luego el señor padre de don Enrique Ortez Colindres. El gran defecto del gobierno nacionalista de Lozano Díaz es que el hombre poseía un temperamento explosivo (como el de Terencio Sierra), una gran receptividad hacia la chismografía de los insidiosos, y un espíritu vengativo que terminó por arruinar sus buenos planes (bien documentados) en pro de una Honduras superior. Los peores adversarios de “Don Julio” fueron los chismosos intrigantes que le rodeaban, y el mismo Julio Lozano Díaz.

            Para dar un salto histórico, en fechas recientes Porfirio Lobo Sosa (2010-2013), presionado por circunstancias internas y externas, trabajó en favor de la reconciliación nacional e hizo, en la medida de lo posible, un gobierno de “integración”. Poseo información de primera y segunda manos, que varios militantes de la llamada “resistencia” y del recién fundado partido “Libre”, fueron empleados de ese gobierno nacionalista, incluso algunos de ellos fueron funcionarios de alto nivel. Es más, integrantes o simpatizantes de “Libre”, de la Democracia Cristiana y del Partido Liberal, laboraron abierta y tranquilamente durante la primera magistratura de Juan Orlando Hernández. Estos son datos históricos incontrovertibles.

            El título del presente artículo es una frase textual de Sergio Membreño Cedillo (del PNUD) expresada en una entrevista concedida a LA TRIBUNA, el sábado 18 de diciembre del 2021.  El problema es que, si acaso se contrariara la sugerencia conciliatoria y se aplicara la primitiva “Ley del Talión”, todos los hondureños, al final de la jornada, quedaríamos tuertos, tal como lo hubiese advertido el pacifista Mahatma Gandhi.

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