Juan Ramón Martínez

Bajo la palabra “proyecto”, Mel configuró su plan de continuar un periodo más en el poder con Rixi Moncada en Presidencial. Vía electoral; o por la alteración del orden constitucional. Hernández fue de los pocos “iniciados”, después de Benítez y Alvarado, que conocieron sus objetivos y tácticas. Dentro de un hermetismo total. Mel ha manejado la palabra desde el 2007. En un momento –mientras cenábamos en Casa Presidencial– estuvo a punto de proponérmelo. Al final dijo que carecía de recursos. Era una forma de distraerme para que no anticipara el contenido de la propuesta. Anticipaba que no era confiable para sus fines.

Para Hernández en cambio, el “proyecto” era la posibilidad de ser Candidato Presidencial. Mel es hábil. Siempre ofrece lo que el ambicioso quiere. Solo le dijo a Hernández que era conveniente que desde el cargo de JEMC, debía proyectar una imagen enérgica, popular y fuerte para que las bases socialistas le vieran como alternativa incluso en caso que se sustituyera a la candidata Rixi Moncada. Hernández, cayó en la celada. No entendió.

Siguió la ruta que tenía varias fases: la primera disminuir hasta lo que la ley permitía, la imagen de las dos consejeras del CNE, como medio de espigar su carácter de líder militar fuerte, “para que recuerden a López Arellano”, le dijo una vez Mel, lisonjero, confianzudo.

Aunque López Arellano no era hombre de discursos ni de declaraciones periodísticas, Hernández escucho la expresión “guerra cognitiva”. Le gusto la frase. Y la uso. Para ello, su primera declaración fue darles una lección sobre normas gramaticales a los académicos. Sorprendió a algunos. Nos pareció esperpéntico. Después, empezó a  repartir nacatamales y café a los pobres en el Parque Central, proyectando su imagen de alto jefe militar, consiente de sus compromisos con los menos favorecidos y su elevada conciencia social.

Pero la prueba llego cuando se incomodó al enterarse que en las elecciones primarias, tenía que transportar y custodiar los materiales electorales. Aquí, le dio un fuerte apoyo su paisano de Choluteca, el Inspector General de las FFAA, que habiendo cursado derecho en la UNAH, gozaba frente a Hernández de especial predicamento, pese a que, -lo demostraron los hechos- sus conocimientos jurídicos son discretísimos. Algunos equivocados. A Hernández además, le recomendaron –no sabemos si Benítez o Alvarado–  animar a toda la oficialidad sobre la enorme tarea que tenían enfrente, confirmando que el líder único e indiscutible era él. En la mayoría de las reuniones, los oficiales lo escucharon sin hacer comentarios. Lo aplaudieron reglamentariamente. Hernandez confundió el hecho con asentimiento. En un momento desafortunado –igual que Mel en su momento– colocó a la Constitución debajo de la fuerza de las armas. Algunos oficiales de la promociones 31 y 33 fruncieron el ceño. Y cuando trascendió el asunto a la prensa, empezó a producirse un fuerte disgusto en una parte de la oficialidad sobre la forma como Hernández manejaba el tema electoral.

El tema espigó en las orillas de la crisis cuando visito al CNE. Altanero, arrogante y machista, llego rodeado de militares, buscando proyectar una imagen de “generalito sin batalllas” que no aceptaba las normativas constitucionales. Busco interpretación del concepto “a la orden” –ejercicio de le gusta hacer para demostrar su falsa superioridad teórica– y llego a reclamar que le fueran entregadas las actas electorales. Se dispararon las alarmas de los observadores.

Porque en las elecciones generales –con las encuestas en contra y la presiones para que cambiaran la candidata– Hernández empezó a sentirse nervioso e impotente. Entonces mostró cierta pérdida de control. Les grito a varios oficiales. Se peleó con algunos de sus compañeros de promoción, varios de los cuales para no obedecerlo por ilegitimo, pidieron su baja. Después del 30 de noviembre Hernández, empezó a pensar independiente y a desarrollar algunas dudas. El plan táctico de Mel era impedir que el CNE, concluyera el escrutinio general, el Congreso se abstuviera de reunirse; y se preparara para de acuerdo con su interpretación constitucional, encargarse del escrutinio. O simplemente, declarar que no habiéndose emitido el resultado, el Congreso ampliaba el mandado de Xiomara Castro por dos años. Se instalaría la Asamblea Constituyente.  Una vez  retirado del mando al concluir su carrera militar, Hernández fue nombrado Ministro de Defensa. Desde allí, podía asegurar la dirección del brazo armado que esta vez, no se pondría al servicio del Poder Judicial como había ocurrido en el 2008. No sabía que una vez sin uniforme, los oficiales que había escogido para la nueva cúpula, no le obedecerían, porque tenían otras obligaciones. Y otros mandantes. (Continuara)

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