Escrito por Bladimir López, analista del CESPAD

2 de abril 2020

En el primer análisis, alrededor de la pregunta: ¿hasta dónde nos está llevando la irresponsabilidad organizada de la élite política?, realizamos una valoración de los elementos de la coyuntura para comprender la forma en que la actual crisis, desde sus inicios, dejó al descubierto la falta de capacidad política, científica y estratégica de la élite, respecto a la dimensión y atención de la crisis social y humanitaria provocada por el Coronavirus.

En este segundo análisis buscaremos responder a la siguiente pregunta: ¿Cuáles son los bloqueos que impiden una gestión democrática de la actual crisis en Honduras? De fondo, se busca poner en debate la tesis acerca de que las actuales medidas para atender la crisis están generando una serie de contradicciones que, traducidos en bloqueos, impiden que la actual crisis se gestione democráticamente y dé respuestas contundentes al estado actual de crisis social, sanitaria y humanitaria del país.

Del 21 al 30 de marzo, Honduras entró a la quinta etapa de radicalización expansiva del Coronavirus. La actual etapa coyuntural se diferencia de las cuatro etapas anteriores, en que esta fase ha dejado al descubierto, con mayor fuerza, los bloqueos que impiden la gestión democrática de la crisis, en una coyuntura en la cual se han hecho públicas distintas propuestas para superar la crisis, desde espacios académicossociales y políticos.

La gestión democrática comprende tres (3) aspectos básicos: i) Participación de distintos sectores en el manejo de la crisis de manera deliberativa y transparente, ii) Respuestas a la crisis científicamente sustentadas, estratégicamente viables, políticamente consecuentes y socialmente eficientes y, iii) Respeto a las distintas autonomías y visiones diferenciadas sobre la construcción pública de la realidad social.

En la actual coyuntura, se identifican cuatro (4) bloqueos que están impidiendo la gestión democrática. Primero, bloqueo político-ideológico: Prevalencia de dominio del campo burocrático sobre el campo científico. Segundo, bloqueo económico-social: Prevalencia de un fascismo social de derechas sobre los derechos humanos. Tercero, bloqueo social-humanitario: Prevalencia de la criminalización de la pobreza sobre medidas redistributivas. Cuarto, bloqueo motivacional-existencial: Prevalencia del miedo como terror social que paraliza, inmoviliza, sobre la seguridad existencial de la ciudadanía.

I. Bloqueo político-ideológico: La disputa por el poder y el saber en tiempos de Coronavirus

Decía Pierre Bourdieu[1] que el Estado, más allá de ser un mero órgano de coerción o que reclama para sí el monopolio de la violencia física legitima, aparece también como constructor de la realidad. En ese marco, el Estado, como un espacio social, es un campo de fuerzas y un campo de luchas dentro del cual los actores se enfrentan, con medios y fines diferenciados, según su posición, para conservar o trasformar la realidad.

En la actual coyuntura se enfrentan distintos campos que se disputan el poder y el saber, en los esfuerzos de dirigir, gestionar y administrar la crisis. Se identifica tres campos de poder en permanente disputa: campo burocrático (Secretaria de Salud, Ejecutivo y COPECO), campo científico (Colegio Médico) y un campo político-social de contrapoder (Partidos políticos de oposición y organizaciones sociales).

El campo burocrático instalado en el poder en la actualidad administra y gestiona la crisis y en el fondo busca mantener el actual orden y estado de cosas (precarias medidas sociales, sanitarias y humanitarias). Mientras que el campo científico y el campo político-social de oposición, buscan incidir en ese actual orden y estado de cosas para transformar la actual dirección y gestión de la crisis (radicales medidas sociales, sanitarias y humanitarias).

El campo burocrático está subordinado a las órdenes del Ejecutivo; lo lideran personas que profesionalmente no cuentan con los conocimientos especializados para gestionar la crisis y no cuentan con métodos de planificación e intervención social adecuados. El campo científico es más autónomo, lo lideran especialistas y científicos que tienen una trayectoria cultural y política de oposición. Mientras que el campo político y social de oposición, lo componen líderes sociales y políticos, académicos, investigadores, intelectuales con una trayectoria progresista consolidada.

En sociedades con regímenes políticos democráticos, los campos establecen estrategias autónomas de colaboración mutua[2]. En Honduras y con la naturaleza de un régimen político autoritario, el campo del debate se ha cerrado, conllevando a secuelas negativas: ausencia de procesos de ciudadanización del conflicto, clausura hacia el pensamiento crítico que no pertenece al poder y saber dominante y el distanciamiento entre la política y la ciencia.

En conclusión, la hegemonía y dinámica del campo burocrático genera un tipo de bloqueo político-ideológico que no permite que la crisis se gestione democráticamente en sus niveles de  conducción políticos-estratégicos (debate democrático, coordinación, transparencia, estrategias efectivas), conllevando a una serie de desatinos: i) Decisiones sanitarias, sociales, humanitarias sin reflexión científica y consenso democráticoii) Medidas económicas y sociales de gestión de crisis de corte clasista y, iii) Vulneración de los derechos de los sectores más excluidos y frágiles.

II. Bloqueo económico-social: Fascismo de derecha contra los derechos humanos

Las actuales medidas impulsadas en el país para atender la crisis están generando una serie de contradicciones sociales. Analizaremos las que se generan en el campo de los derechos humanos. El problema de fondo con las actuales medidas económico-sociales, es que son medidas de carácter clasista: promueven y protegen los intereses de la burguesía empresarial y financiera, en menor medida a las clases medias y marginan a los sectores excluidos y vulnerables de la sociedad.

Las contradicciones que se dan en el campo de los derechos humanos son de carácter social, mediante un fascismo de derechas que nunca antes había sido tan radical como en la actual coyuntura. Argumenta Carlos Monedero[3] que las democracias de tan baja intensidad son regímenes formalmente democráticos, ya que existen partidos políticos, elecciones y medios de comunicación, pero socialmente fascistas, ya que albergan grandes tasas de desempleados, sin techo, enfermos, desnutridos, ignorantes y una población viviendo constantemente en precariedad.

En la actual coyuntura, ese fascismo social se presenta alrededor de las siguientes prácticas. Fascismo de apartheid. Hay amplios sectores que están fuera de los grandes beneficios de las actuales medidas para suavizar la crisis: pobres, madres solteras, gente sin techo, sector informal de la economía, a quienes no se les reconoce como ciudadanos y se le deja “a su suerte” para que enfrenten de manera individual los efectos de la crisis.

Otro fascismo fuertemente marcado es el fascismo populista de derechas. El régimen no solo excluye a los sectores marginales, sino que los instrumentaliza para apaciguar la actual crisis y descontento ciudadano que existe hacia la actual administración, a través de la entrega del “saco solidario”, evocando al pueblo en un sentido ético mientras lo desprende de su contenido social para naturalizar y normalizar las desigualdades sociales.

Existe un tercer fascismo con fuerte presencia, el fascismo de la inseguridad. Las constantes cadenas nacionales (hasta tres (3) por día), medidas coercitivas, la suspensión de las garantías constitucionales y la militarización militar y policial dan cuenta de este tipo de fascismo social. La ciudadanía desprovista de sus derechos se siente amenazada y con miedo.

Y por último, un fascismo empresarial y financiero. Este es el más virulento y depredador de los fascismos. En la actual crisis se suspenden contratos, se obliga a la ciudadanía a trabajar sin medidas de bioseguridad, no suspenden las obligaciones financieras y la medida para que los días que los trabajadores no trabajaron en la cuarentena, se tomen como vacaciones.

En conclusión, las medidas de carácter clasistas y los distintos fascismos que se generan, promueven un tipo de bloqueo económico-social que no permite que la crisis se gestione democráticamente en sus niveles de conducción socioeconómicos (planificación económica, políticas sociales integrales, redistribución equitativa, mecanismo específicos de aplicación), conllevando a una serie de impactos negativos: i) Reforzamiento de las practicas proselitistas y asistencialistas y ii) Mayor exclusión y marginación

III. Bloqueo social-humanitario: La criminalización de la pobreza

En sociedades autoritarias y con fragilidad democrática como las nuestras, esos tipos de “fascismos pluralistas” nos obligan a hablar de una “criminalización de la pobreza” contra el 60% de la población hondureña. En la actual coyuntura, la criminalización de la pobreza se está dando alrededor de dos (2) procesos: el primero de “carácter sistémico”, al que denominaremos el genocidio silencioso y el segundo de “carácter instrumental”, al que llamaremos el castigo de los pobres.

El genocidio silencioso, según Loïc Wacquant[4], se mueve en direcciones que amplían la exclusión social y las desigualdades sociales. La primera consiste en socializar el desempleo mediante políticas asistencialistas, la segunda, es la penalización a través de decretos que castigan los hábitos de los que menos recursos económicos tienen y, la tercera, es el control de la información para difundir mensajes de inseguridad y anclarlo en las conciencias individuales.

Las actuales medidas que se impulsan en términos social y humanitarias, en el fondo apuntan a ese genocidio silencio de los pobres, el que consiste en la entrega del saco solidario como medida única para solventar la inseguridad alimentaria de la población excluida, la criminalización y penalización de los sectores excluidos, al momento de salir a vender sus productos para el sustento familiar. En definitiva, el régimen ha pasado de combatir la pobreza a combatir a los pobres.

Para ello, el poder hace uso del derecho penal represivo (suspensión de las garantías constitucionales) y de acciones coercitivas. En las acciones coercitivas sobresalen arrestos contra personas que por la pobreza se ven en la necesidad de evadir el toque de queda y salir a trabajar, el cierre de mercados de abasto popular donde las personas obtiene sus recursos económicos y alimentos y la violencia con la que desalojan a las personas que protestan demandando alimentos, seguridad social y sanitaria.

La criminalización de la pobreza afecta seriamente la institucionalidad democrática, pues constituye la desnaturalización de la democracia y hace ilusoria la participación ciudadana, el acceso a la justicia y el disfrute efectivo de los derechos humanos. En definitiva, la exclusión y estigmatización a las que son sometidas las personas en situación de pobreza, las sume en ciclos insalvables de miseria.

En conclusión, las actuales acciones sociales y humanitarias para amortiguar la crisis, están generando un tipo bloqueo humanitario-social que no permite gestionarla democráticamente en sus niveles sociales-estratégicos (ayuda humanitaria integral, acciones para superar las desigualdades, sistema de protección social post- crisis). Lo anterior está teniendo una serie de reveses: i) Surgimiento de distintos focos de protesta ciudadana en demanda de alimentos, ii) Exposición pública de la ciudadanía y una mayor probabilidad de contagio y expansión del virus y, iii) Precarización de la vida humana con tendencia a generar focos de protestas prolongados.

IV. Bloqueo motivacional-existencial: El miedo contra la seguridad existencial

Decía Alain Touraine[5], que nos encontramos en una sociedad desestructurada en permanente descomposición social, ante la disociación del espacio social (debilitamiento de las relaciones sociales de vida) y el espacio institucional (desaparecimiento de normas, valores y hegemonía que regulen democráticamente la vida política y social).

El coronavirus evidenció las dificultades del sistema social, para conservarse como un todo integrador de prácticas y reproductor de creencias compartidas, confirmando una vez más que somos una sociedad desestructurada, en permanente descomposición social, a la vez que se evidencian con fuerza los efectos de la globalización neoliberal como una “globalización negativa”, causante de injusticias, desigualdades, conflictos, violencias, inseguridades y miedos.

Los tres bloqueos arribas mencionados, en sus distintos niveles de conducción de la crisis, demuestran (a grandes rasgos) que las decisiones para enfrentar la crisis no son objetiva, pertinente y estratégica. Sumado a eso aparece un tipo de bloqueo silencioso, que transita de manera encubierta en la sociedad hondureña: el miedo y la inseguridad existencial.

La única medida impulsada para contrarrestar el miedo en la actual coyuntura es el aislamiento social. Partiendo de que nuestra democracia es de baja intensidad, que los fascismos sociales están a la orden del día y las ayudas humanitarias no contribuyen a reducir la incertidumbre en la ciudadanía, el aislamiento social es un productor de miedos, miserias morales y un reproductor de incertidumbre, desesperanza e inseguridad existencial, para los sectores históricamente excluidos.

Como define Zygmunt Bauman[6], miedo es el nombre que le damos a nuestra incertidumbre, a nuestra ignorancia respecto a la amenaza y a lo que hacer, por hacer. La sociedad hondureña hoy experimenta tres miedos interiorizados: el miedo que amenaza al cuerpo (miedo a la muerte), miedo que amenazan la existencia (la renta, el empleo, deudas, alimentación) y un miedo que amenaza el lugar de las personas en la sociedad (miedos de clase, género, posición o jerarquía social).

En ese marco y partiendo de nuestros argumentos expuestos en páginas anteriores, el régimen es incapaz de promover acciones sólidas que ofrezcan a la ciudadanía, seguridad, certidumbre, integración y felicidad en tiempos de crisis. En contraposición, eleva al miedo y la inseguridad existencial con frases apocalípticas: lo peor está por venir, hay que prepararnos para el peor escenario, entre otras.

En conclusión, las actuales acciones políticas, económicas, sociales y humanitarias están generando un bloqueo motivacional-existencial que no permite que la crisis se gestione democráticamente, en los niveles existenciales y emocionales, es decir, que las actúales medidas y acciones no generan certeza, seguridad y convicción de que como sociedad vamos a tener un futuro esperanzador y un nuevo orden democrático capaz de cerrar las brechas de exclusión.

Reflexiones finales

  1. El campo burocrático debe dar paso al campo científico. Las actuales acciones carecen de estrategias y coordinación y están direccionando a la población a un genocidio silencioso.
  2. El mayor reto que impulsa a la gestión democrática de la crisis es la superación de los actuales fascismos sociales, por nuevas acciones estratégicas que pongan en el centro mecanismos certeros para atacar la exclusión, desigualdades y marginalidad.
  3. La acción política también tiene su papel en el campo de las emociones. Toda acción debe de ir acompañada de un mensaje que trasmita a la sociedad certeza, esperanza y seguridad existencial en tiempos de complejidad.

Descargar: ANALISIS-CESPAD II PARTE- Bladimir López

[1] Bourdieu, Pierre. Razones prácticas sobre la teoría de la acción. Editorial Anagrama, Barcelona España, 1997. pp 45-50.

[2] En el momento que se escribe este artículo se desarrollan acercamientos entre la Secretaria de Salud, la Organizaciones Panamericana de Salud (OPS) y el Colegio Médico para conjuntar esfuerzos.

[3] Monedero, Carlos. Curso urgente de política para gente decente. Editorial Paidós, México, 2013.pp 200-202

[4] Wacquant, Loïc. Castigar a los pobres: el gobierno neoliberal de la inseguridad social. Editorial Gedisa, Barcelona: 2010.pp 167-179

[5] Touraine, Alain. Un nuevo paradigma para comprender el mundo de hoy. Editorial Paidós, Barcelona España, 2006. pp 21-37.

[6] Bauman, Zygmunt. Miedo líquido, la sociedad contemporánea y sus temores. Editorial digital Diegoan, México, 2006.pp 20

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