David Gallardo / InfoLibre

@davidgallardo78

Los hombres no lloramos. Es una afirmación falsa de manual pero, como ocurre con las fake news, de tanto repetirla termina calando en el imaginario popular y no termina de irse. Un tópico que erróneamente podemos creer que está superado, pero que en realidad seguimos arrastrando.

Y es que, si (por una vez) atendiéramos a nuestro alrededor, veríamos toneladas de señales que nos indican que los hombres tienen que ser necesariamente valientes, fuertes, dominantes, poderosos, competitivos, autosuficientes, protagonistas e incluso temerarios. Tipos duros de libro que, desde luego, no muestran sus sentimientos ni tampoco flaquean.

Es ciertamente abrumador el bombardeo de estímulos a través de la publicidad, los medios de comunicación o las redes sociales. ¿Cómo procesa todo eso un niño al que en realidad nadie le ha explicado en qué consiste exactamente pasar a ser un hombre? ¿Acaso hay que pasar por la mili? Eso todavía hay quien lo sigue diciendo sin rubor ni pudor.

Para tratar de dar respuesta a semejante interrogante, el ilustrador y escritor Joan Turu publica Los hombres (no) lloramos. Un cuento dedicado “a los hombres que acogen su propia vulnerabilidad” y que empieza así: “Nil era un niño la mar de feliz, pero últimamente le preocupaba algo. Notaba que estaba creciendo y eso le inquietaba porque, cuando los niños crecen se hacen hombres. Pero a él nadie le había enseñado a ser un hombre. Cansado de esperar, empezó a fijarse en los hombres de su familia, en los que veía por la calle, en los libros o en la tele”. 

Un texto acompañado de ilustraciones en las que pueden verse anuncios publicitarios con hombres rodeados por mujeres por usar el desodorante más atrayente, al abuelo de Nil hablándole de su paso por el ejército, moteros o incluso un funeral en el que las mujeres lloran desconsoladas pero los hombres, efectivamente, no. Las lágrimas no van con ellos, debe ser que no las llevan de serie dentro.

“Parto de la base de que, como hombre y como padre de una niña y un niño, me ha removido la paternidad en el sentido de cómo educo a mi hija y a mi hijo. Si los educo con los mismos valores, si tienen el mismo derecho a expresar las emociones”, explica Turu a infoLibre, añadiendo: “Porque a los hombres se nos niega mucho el contacto con las emociones. La única emoción que seguramente tenemos validada es la rabia, porque tú como hombre puedes expresar rabia y nadie pondrá en cuestión tu hombría. En cambio, la gente pone en duda que te muestres vulnerable o triste. Tenemos que demostrar mucho que somos muy hombres”.

No en vano, confiesa el autor que acoger su vulnerabilidad es uno de los pasos que más le está “costando como hombre”, por esa dificultad de desvincularse de la idea del “padre protector que va a buscar la comida y sustenta” a la familia. “Personalmente, yo a veces no puedo con todo”, reconoce, apuntado de esta manera que ese sentimiento tan personal es que le llevó a contar esta historia para, humildemente, ayudar a los niños a escapar de los estereotipos de género.

Así las cosas, cuenta que quería mostrar “otras masculinidades” a través de un cuento que pusiera el tema encima de la mesa para preguntarnos cómo se construye esa masculinidad imperante. Quedan así dibujados agentes secretos, caballeros medievales, guerrilleros con aspecto de Rambo y futbolistas sin camiseta a lo Cristiano Ronaldo. No falta el político dando su discurso iracundo o el cantante de reguetón rodeado de chicas. Está hasta He-Man.

“Los referentes que tenemos son ejemplos que nos marcan y el niño se dice ‘vale, esto me está enseñando que esto es ser hombre’. Así vamos copiando el mismo patrón y el mismo rol, pero justo por eso quería visibilizar otras formas de ser hombre mucho más sanas“, plantea. Para tratar de cambiar estas dinámicas, Turu cuenta esta historia con un lenguaje adaptado a los más pequeños y una propuesta centrada en la crianza respetuosa y consciente.

Todo ello, además, enfocado para que los más pequeños puedan liberarse y comenzar a ser ellos mismos, lejos de imposiciones y roles opresivos. Pero no en solitario, sino aprendiendo junto a sus padres y madres, según destaca el autor: “Mi hijo va algún día con falda a la guardería. O con coletas porque ve a su hermana y lo pide. Y entonces ahí aparece algún familiar que te pregunta cómo dejas a tu hijo ir así. Eso me indica que tengo más trabajo con los hombres de mi alrededor que con mi hijo, que no tiene ninguno. El problema vendrá cuando escuche prejuicios o comentarios de adultos que digan que eso no está bien”.

En cualquier caso, Turu, que además de ser ilustrador y escribir cuentos también pinta murales y da charlas en colegios, ve avances que resultan inspiradores y esperanzadores. Y es que, “gracias al feminismo, una niña jugando al fútbol no es ningún problema ya o, al menos, empieza a estar más tolerado”. Sin embargo, asegura que no es “igual si un niño va con falda al colegio o dice que hace ballet”. “Las mujeres han recorrido mucho camino y los hombres aún estamos lejos”, apostilla.

Y añade: “Cuando voy a dar charlas a institutos, veo que las jóvenes no son las mismas que cuando yo estudiaba la ESO. En cambio, los chicos podrían ser los mismos, con los mismos roles, las mismas dinámicas. Diría en parte que lo entiendo, porque qué grupo social con privilegios renunciaría a ellos de forma voluntaria. Es muy difícil. Sería asumir la otra cara, que es perder privilegios de forma voluntaria. No sé si se dará”.

Los hombres (no) lloramos parte también de que el feminismo no solo ha ayudado a la sociedad a cuestionarse cómo se educa a las mujeres para que cumplan o encajen concierto canon de belleza o en ciertos roles de comportamiento, sino que también ha ayudado a los hombres a replantearse su propia educación y las presiones sociales para cumplir con una determinada imagen de la virilidad. “Nosotros también somos, en menor medida, víctimas del patriarcado, por ejemplo porque nos guardamos nuestro dolor y no lo expresamos”, plantea.

“Todo lo que es mostrar vulnerabilidad y emoción lo tenemos negado”, afirma, volviendo así el núcleo de este cuento, que lleva al propio autor a preguntarse quién sería él si le hubieran educado diferente y hubiera tenido otros referentes: “Los siete primeros años de vida nos marcan mucho y aprendemos dinámicas que luego nos cuesta horrores quitarnos porque las tenemos interiorizadas. Lo peor que puedes decirle a un hombre es que es femenino. O el famoso no llores, que es de chicas. Sería bueno que desde pequeños podamos tener otros referentes y otras maneras de ser hombre más positivas“.

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