Clave de SOL:
Por: Segisfredo Infante

A mediados de la década del setenta, cuando todavía era un muchacho, me gustaba leer los artículos de análisis político de Víctor Meza y de Amílcar Santamaría. También los breves artículos de cine de Enrique Ponce Garay. No conocía personalmente a ninguno de los tres, hasta que se presentó la oportunidad de un acercamiento gradual que podría llamarse amistad, sobre todo con los dos primeros personajes. Amistad que creció en el devenir zigzagueante de los años.

Con “Lito” G. Aguilera conversábamos, vía teléfono, acerca de estas aproximaciones respecto de Víctor Meza, en tanto que Lito también trató al personaje a mediados de la década del setenta. Es más, incluso trabajó con él, en la vieja Editorial Universitaria de la UNAH. Mientras recordábamos al escritor polémico, el hombre agonizaba en un hospital de Valle de Ángeles, según me han dicho. También Rocío Tábora me informó de los últimos momentos del “licenciado Meza”, como le decíamos cariñosamente en nuestros años juveniles. Y como siempre le dijimos.

Mis sentimientos acerca de Víctor Meza son encontrados: de gratitud, respeto y ambigüedad. Pero sobre todo de respeto. Mientras el hombre fallecía, circuló en las redes sociales un libelo difamatorio e impreciso contra Víctor Meza. Me resultó casi imposible creer tales expresiones extremistas. Pero entonces me dije a mí mismo: otras personas reivindicarán la memoria del licenciado Meza, y me comprometí, para mis adentros, redactar el presente artículo, lo más equilibrado posible, en tanto que nunca he escrito una gacetilla contra Víctor Meza, ni jamás me he entregado a la triste tarea consuetudinaria de difamar a nadie en particular.

Aunque lo conocí y lo traté en el segundo quinquenio de la década del setenta, nuestra amistad se estrechó a finales de los años ochenta, en el contexto de la caída del “Muro de Berlín” y durante toda la década del noventa. Él me llamaba por teléfono, por regla general a media noche, con el objeto de hacer un comentario hacia alguno de mis artículos publicados. O para informarme de su última visita a Pekín. O bien para que nos encontráramos al día siguiente, en algún punto de la capital, a conversar o a departir los vinos fuertes. Una noche salimos en su vehículo en dirección a Comayagüela, a visitar al amigo santabarbarense Víctor M. Leiva, y mientras avanzábamos me dijo: “Segisfredo, personas como usted y yo debiéramos vivir en un país como Nueva Zelanda”. No le contesté nada. Pero quedé sumido en el silencio durante un buen rato.

Otra nota interesante es que cuando Joaquín Medina Oviedo (QEPD) organizaba las conferencias de la revista “The Honduras Letter”, Víctor Meza y el autor de estos renglones nos sentábamos casi siempre a la par. Y raras veces el fuerte escritor pedía la palabra. En tales conferencias veíamos y escuchábamos a Edmundo Orellana Mercado, Hugo Noé Pino, Juan Ramón Martínez, Amílcar Santamaría, Ramón Medina Luna, Ian Walker (británico), y a muchas otras personalidades de ambos sexos y de diversas instituciones públicas y privadas.

Durante el año dos mil, o dos mil uno, solíamos reunirnos con Víctor Meza y diferentes representantes de la llamada “sociedad civil”, en la residencia de doña Armida de López Contreras. Era sabroso escuchar a Víctor Meza intercambiar opiniones con el coronel ® Francisco Zepeda Andino (uno de nuestros “aguiluchos”). En tal contexto le escuché el relato de su extraña experiencia en Nicaragua como simpatizante del “Frente Sandinista” a comienzos de la década del setenta. Por cierto que al retornar a Honduras el rector Jorge Arturo Reina le abrió las puertas de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, desempeñándose en aquel entonces como director de la vieja Editorial Universitaria y como jefe de Relaciones Públicas de la misma universidad.

Siempre que pude leí los artículos y ensayos de Víctor Meza. Incluso los que publicó en un periódico sampedrano poco antes de morir. Solo un artículo me incomodó: uno en el que citaba la “República” de Platón equivocadamente, en tanto que ni en griego, ni en latín ni en español, aparecía tal palabreja hipotéticamente platónica. Pero mi respeto volvió hacia Víctor Meza cuando comenzó a relatar sus vivencias recientes en el “Museo de la Tolerancia” en México. Escribió varios artículos haciendo llamados a la tolerancia política e ideológica. Quise comunicarme con él. Pero no sabía su número telefónico.

En un artículo muy posterior, Dios mediante, relataré algunas de nuestras conversaciones aisladas con Víctor Meza y Mario Sosa Navarro. Además subrayaré que el licenciado Meza hizo una aclaración pública en el sentido que él nunca había firmado una nota injuriosa contra el galardonado escritor don Óscar A. Flores. Y aunque hubo un distanciamiento inexplicable entre nosotros, ahora que ha fallecido le deseo al teórico revolucionario, en realidad socialdemócrata, la mejor posteridad posible. ¡Sea!

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