POR DOCTOR HORACIO ULISES BARRIOS SOLANO

Premio Nacional de Ciencia “JOSÉ CECILIO DEL VALLE”

[1]La discusión pública sobre Ucrania tiene que ver con la confrontación. Pero ¿sabemos lo que está pasando? ¿Sabemos hacia dónde vamos? En mi vida he visto cuatro guerras comenzadas con gran entusiasmo y apoyo público, todas las cuales no supimos terminar y de tres de las cuales nos retiramos unilateralmente. La prueba de la capacidad y habilidad política es cómo termina la guerra, no cómo comienza. Con demasiada frecuencia, la cuestión de Ucrania se plantea como un enfrentamiento: si Ucrania se une al Este o al Oeste. Pero para que Ucrania sobreviva y prospere, no debe ser un puesto aliado avanzado de ninguno de los lados contra el otro, debe funcionar como un puente entre ellos.

Rusia debe aceptar que tratar de forzar a Ucrania a convertirse en un satélite y, por lo tanto, mover las fronteras de Rusia nuevamente, condenaría a Moscú a repetir su historia de ciclos auto cumplidos de presiones recíprocas con Europa y Estados Unidos.

Occidente debe entender que, para Rusia, Ucrania nunca será simplemente un país extranjero. La historia rusa comenzó en lo que se llamó Kievan-Rus. La religión rusa se extendió desde allí. Ucrania ha sido parte de Rusia durante siglos y sus historias estaban entrelazadas antes de esa fecha. Algunas de las batallas más importantes por la libertad rusa, comenzando con la Batalla de Poltava en 1709, se libraron en suelo ucraniano. La Flota del Mar Negro, que es la manera como Rusia proyecta su poder en el Mediterráneo, tiene su base de operaciones estratégicas e históricas en Sebastopol, en Crimea. Incluso disidentes tan famosos como Aleksandr Solzhenitsyn y Joseph Brodsky insistieron en que Ucrania era una parte integral de la historia rusa y, de hecho, de Rusia.

La Unión Europea debe reconocer que su morosidad y torpeza burocrática; así como la subordinación del elemento estratégico a la política interna en la negociación de la relación de Ucrania con Europa contribuyeron a convertirla en una crisis. La política exterior es sobre todo el arte de establecer prioridades.

Los ucranianos son el elemento decisivo. Viven en un país con una historia compleja y una composición políglota. La parte occidental se incorporó a la Unión Soviética en 1939, cuando Stalin y Hitler se la repartieron como un botín. Crimea, el 60 por ciento de cuya población es rusa, pasó a formar parte de Ucrania recién en 1954, cuando Nikita Kruschov, ucraniano de nacimiento, la otorgó a Ucrania recién como parte de la celebración del tricentenario de un acuerdo ruso con los cosacos. Occidente es mayoritariamente católico; Oriente (el este) en gran parte ortodoxo ruso. Occidente habla ucraniano; Oriente habla principalmente ruso. Cualquier intento de un ala de Ucrania de dominar a la otra, como ha sido el patrón y la tendencia histórica; conduciría eventualmente a una guerra civil o una ruptura. Tratar a Ucrania como parte de una confrontación Este-Oeste hundiría durante décadas cualquier posibilidad de llevar a Rusia y Occidente, es decir a Rusia y Europa, a un sistema internacional cooperativo.

Ucrania ha sido independiente por solo 23 años; anteriormente había estado bajo algún tipo de dominio extranjero desde el siglo XIV. No es de sorprender que sus líderes no hayan aprendido el arte del compromiso consecuente, y menos aún de la perspectiva histórica. La política de la Ucrania posterior a la independencia demuestra claramente que la raíz del problema radica en los esfuerzos de los políticos ucranianos por imponer su voluntad a las partes recalcitrantes del país, primero por una facción, luego por la otra. Esa es la esencia del conflicto entre Viktor Yanukovich y su principal rival política, Yulia Tymoshenko. Representan las dos alas de Ucrania y no han estado dispuestos a compartir el poder. Una política sabia de EE. UU. hacia Ucrania buscaría una manera de que las dos partes internas del país cooperen entre sí. Debemos buscar la reconciliación, no la dominación de una facción.

Rusia y Occidente, y mucho menos las diversas facciones de Ucrania no han actuado según este principio. Cada uno ha empeorado la situación. Rusia no sería capaz de imponer una solución militar sin aislarse en un momento en que muchas de sus fronteras ya son precarias. Para Occidente, la satanización de Vladimir Putin no es una política; es una estrategia y coartada para conseguir aislarlo y desacreditarlo ante el mundo.

Putin debería darse cuenta de que, cualesquiera que sean sus quejas, una política de imposiciones militares produciría otra Guerra Fría. Por su parte, Estados Unidos necesita evitar tratar a Rusia como un rival aberrante y maligno para pasar a enseñar diplomática y pacientemente las reglas de conducta establecidas por Washington.

Putin es un estratega muy serio, bajo los parámetros de la historia rusa. Comprender los valores y la psicología de los EE. UU. no son sus puntos fuertes. La comprensión de la historia y la psicología rusas tampoco ha sido un punto fuerte de los legisladores estadounidenses. Los líderes de todos los bandos deben volver a examinar los resultados, no competir en posturas. Esta es mi noción de un resultado compatible con los valores y los intereses de seguridad de todas las partes:

Ucrania debería tener derecho a elegir libremente sus asociaciones económicas y políticas, incluso con Europa. Ucrania no debería unirse a la OTAN, una posición que asumí hace siete años, cuando se trató por última vez.

Ucrania debe tener la libertad de crear cualquier gobierno compatible con la voluntad expresa de su pueblo. Políticos y líderes sabios ucranianos optarán y elegirán una política de Reconciliación entre los distintos pueblos, etnias y facciones culturales de su país

Internacionalmente, ellos deberán perseguir el lograr conseguir una posición como la de Finlandia. Y esa nación vive sin ninguna duda interna sobre su férrea independencia y coopera con Occidente en la mayoría de campos y espacios políticos; pero evita cuidadosamente la hostilidad institucional sobre Rusia. Es incompatible con las reglas del mundo que hoy existe ordenar a Rusia la anexión de Crimea Pero debería ser posible poner la relación de Crimea con Ucrania en un estado y posición de mucho menor tensión política. Para lograr ese objetivo, Rusia debería reconocer la soberanía de Ucrania sobre Crimea.

Ucrania, a su vez debería reforzar autonomía e independencia política en Crimea, y respetar la total autonomía e independencia de sus elecciones internas sostenida y garantizada por la presencia activa de especialistas y observadores internacionales. El proceso deberá incluir eliminar cualquier duda o ambigüedad sobre el «estatus» oficial de la flota rusa en el Mar Negro en Sebastopol. Estos son principios que se adoptan, no prescripciones que se ordenan. La gente que viva en la región deberá saber y entender que no todos ellos serán apetecibles para todas las partes. El examen no conseguirá la satisfacción absoluta; sino conseguirá una solución equilibrada de insatisfacción.

Si no se logran alguna solución basada en estos u otras propuestas parecidas, las ofensivas de confrontación violentas se acelerarán. El momento de saberlo llegará muy pronto” Y allí lo tenemos.


[1] Henry Kissinger fue secretario de Estado Norteamericano desde 1973 a 1977 y este artículo fue escrito y publicado por primera vez en el Washington Post en 2014, mantiene mucha vigencia porque es una radiografía de la génesis del conflicto ucraniano.

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