Reproducido por el  Dr. HORACIO ULISES BARRIOS SOLANO Premio Nacional de Ciencia “JOSÉ CECILIO DEL VALLE”

Por ser hoy 31 de diciembre último día del año reproduzco un segmento del Sermón predicado la mañana del domingo 15 de marzo de 1863 por CHARLES HADDON SPURGEON a quien llamaron  el predicador del pueblo y fue en el Tabernáculo Metropolitano, Newington, Londres traducido al español por Allan Román el 28 de febrero 2013. La inscripción sobre el memorial, “Eben-ezer, hasta aquí nos ayudó Jehová”. La misma puede leerse de tres maneras:

[1]“Tienes que leer, antes que nada, la palabra que está en el centro, la palabra de la que depende todo el sentido y en la que se concentra su plenitud. “Hasta aquí nos ayudó Jehová”. Noten, amados, que no se quedaron quietos ni rehusaron usar sus armas, sino que mientras Dios estaba tronando ellos estaban peleando, y mientras los relámpagos estaban centelleando en los ojos del enemigo, ellos les hacían sentir la potencia de su acero. Así que a la vez que glorificamos a Dios no debemos negar ni descartar la agencia humana. Nosotros tenemos que luchar porque Dios lucha por nosotros. Debemos golpear, pero tanto el poder para golpear como el resultado de golpear tienen que venir de Él. Adviertan que ellos no dijeron: “Hasta aquí nos ayudó nuestra espada, hasta aquí nos animó Samuel”. No, no, “hasta aquí nos ayudó Jehová”. Tienen que admitir ahora que todo lo que es verdaderamente grande tiene que ser del Señor. No pueden suponer que algo tan grande como la conversión de los pecadores o el avivamiento de una Iglesia puedan ser jamás la obra de un hombre. En el río Támesis, cuando la marea se aleja, se puede ver que hay un largo trecho de cieno fétido y pútrido, pero más tarde la marea regresa. Pobre incrédulo, tú que pensabas que el río se iba a quedar sin agua hasta estar completamente seco y que los barcos iban a encallar, mira, una vez más la marea regresa llenando alegremente otra vez la corriente. Pero tú estás muy seguro de que un río tan grande como el Támesis no ha de ser llenado excepto por las mareas del océano. Entonces no puedes ver grandes resultados y atribuirlos al hombre. Cuando se realiza una pequeña obra, los hombres a menudo se otorgan el crédito, pero cuando se realiza una gran obra, no se atreven a hacerlo. Si Pedro hubiera estado lanzando su anzuelo sobre un costado del barco y hubiera capturado un gran pez, habría podido decir: “¡Bien hecho, pescador!” Pero cuando el bote estaba lleno de peces de tal manera que comenzaba a hundirse, no podía pensar en él entonces. No, antes bien cae de rodillas y dice: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador”. La grandeza de nuestra obra nos compele a confesar que debe ser de Dios, que debe ser sólo del Señor. Y, queridos amigos, ha de ser así si consideramos lo poco con lo que comenzamos. Jacob, cuando se aprestaba a cruzar el Jordán, dijo: “Con mi cayado pasé este Jordán, y ahora estoy sobre dos campamentos”. Ciertamente el hecho de que estuviera sobre dos campamentos debía ser obra de Dios, pues él sólo tenía su cayado. ¿Y no recuerdan, unos cuantos de ustedes aquí presentes, que una mañana pasamos este Jordán con un cayado? ¿Éramos un centenar cuando les prediqué por primera vez? Qué cantidad de reclinatorios vacíos, cuán escaso puñado de oyentes. Con el cayado pasamos ese Jordán. Pero Dios ha multiplicado a la gente y ha multiplicado el gozo, hasta convertirnos no sólo en dos campamentos, sino en muchos campamentos; y muchos en este día se están reuniendo para oír el Evangelio predicado por los hijos de esta iglesia, que han sido engendrados por nosotros y enviados por nosotros para ministrar la palabra de vida en muchas aldeas y villorrios a lo largo de estos tres reinos. Gloria sea a Dios porque esto no puede ser una obra del hombre. ¿Cuál esfuerzo hecho por la sola fortaleza del hombre habría de igualar lo que es alcanzado por Dios? Entonces, el nombre del Señor ha de ser inscrito sobre la piedra del memorial. Yo soy siempre muy celoso acerca de este asunto. Si como una Iglesia y como una congregación, si como individuos no le damos siempre la gloria a Dios, es totalmente imposible que Dios obre por medio de nosotros. He visto muchos prodigios, pero no he visto todavía a un hombre que se arrogara el honor de su obra para sí, a quien Dios no dejara solo tarde o temprano. Nabucodonosor dijo: “¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué?” Contemplen aquel pobre lunático cuyo pelo creció como plumas de águila y sus uñas como las de las aves: ese es Nabucodonosor. Y eso habrán de ser ustedes, y eso habré de ser yo, cada uno a su manera, a menos que nos contentemos con darle toda la gloria a Dios. Ciertamente, hermanos, seremos una pestilencia en la nariz del Altísimo, algo ofensivo, algo incluso como carroña delante del Señor de los Ejércitos, si nos arrogamos cualquier honor. ¿Para qué envía Dios a sus santos? ¿Para que sean semidioses? ¿Hizo Dios fuertes a los hombres para que se auto exaltaran hasta llegar a Su trono? ¿Cómo, acaso el Rey de reyes te corona con misericordias para que tú pretendas tener señorío sobre Él? ¿Cómo, acaso te dignifica para que usurpes las prerrogativas de Su trono? No; tienes que venir con todos los favores y honores que Dios ha puesto en ti, y arrastrarte hasta el pie de Su trono y decir: ‘¿Quién soy yo, y qué es la casa de mi padre para que te hayas acordado de mí? “Hasta aquí nos ayudó Jehová”.

Les dije que este texto puede leerse de tres maneras. Lo hemos leído una vez poniendo el énfasis en la palabra que está en el centro. Ahora ha de ser leído mirando en retrospectiva. Las palabras “hasta aquí” parecieran ser una mano que apunta en esa dirección. Miren el pasado, miren el pasado. ¡Veinte años, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta, ochenta, “hasta aquí”! Diga eso cada uno de ustedes. A través de la pobreza, a través de la riqueza, a través de la enfermedad, a través de la salud, en casa, fuera de casa, en tierra, en el mar, en honor, en deshonra, en perplejidad, en gozo, en tribulación, en triunfo, en oración, en la tentación, “hasta aquí”. Junten todas esas cosas. A veces me gusta contemplar una larga avenida de árboles. Es muy deleitable fijar la mirada desde un extremo hasta el otro del largo paisaje, una suerte de templo frondoso con sus pilares de ramas y sus arcos de hojas. ¿No puedes mirar los largos pasillos de tus años, mirar las verdes ramas de la misericordia en lo alto, y los sólidos pilares de benignidad y de fidelidad que sostienen tus goces? ¿No hay pájaros cantando en aquellas ramas? Seguramente debe de haber muchos. Y un sol radiante y un cielo azul están allá; y si volteas a lo lejos, puedes ver el brillo del cielo y un trono de oro. “¡Hasta aquí! ¡Hasta aquí!”

Luego el texto puede leerse de una tercera manera: de cara al futuro. Pues cuando un hombre se acerca a una determinada señal y escribe: “hasta aquí”, mira en retrospectiva a mucho de lo que representa el pasado, pero “hasta aquí” no es el fin, pues todavía se ha de recorrer una mayor distancia. Más pruebas, más dichas; más tentaciones, más triunfos; más oraciones, más respuestas; más arduos trabajos, más fortaleza; más luchas, más victorias; más calumnias, más consuelos; más leones y osos con los que luchar, más zarpazos del león para los David es de Dios; más aguas profundas, más montes altos; más tropas de demonios, más huestes de ángeles todavía. Y luego viene la enfermedad, la ancianidad, los achaques, la muerte. ¿Ya se acabó todo? ¡No, no, no! Vamos a levantar otra piedra cuando entremos en el río; vamos a gritar Eben-ezer allí: “Hasta aquí nos ayudó Jehová”, pues aún viene algo más. Un despertar a Su semejanza, un ascenso por esferas estrelladas, arpas, cantos, palmas, vestiduras blancas, el rostro de Jesús, la compañía de los santos, la gloria de Dios, la plenitud de la eternidad, la infinitud de la bienaventuranza. Sí, tan seguramente como Dios nos ayudó hasta aquí hoy, nos ayudará hasta el final. “No te desampararé, ni te dejaré”. Entonces, ánimo, hermanos; y al tiempo que amontonamos las piedras, diciendo: “Hasta aquí nos ayudó Jehová”, ciñamos los lomos de nuestra mente, y seamos sobrios, y esperemos recibir la gracia que ha de ser revelada en nosotros hasta el fin, pues así como ha sido, así será por todos los siglos.

Necesito un poco de aceite para derramarlo sobre esta señal de piedra; necesito algo de aceite. Jacob derramó aceite sobre ella e invocó el nombre del Señor. ¿Dónde obtendré yo mi aceite? Agradecidos corazones, ¿tienen ustedes algo de aceite? Espíritus de oración, ¿tienen algo de aceite? Compañeros de Jesús, ¿tienen algo de aceite? Ustedes que tienen comunión con Él de día y de noche, ¿tienen algo de aceite? Derrámenlo, entonces. Rompan sus frascos de alabastro, oh, ustedes, Marías. Viertan sus oraciones junto con la mía en esta mañana. Ofrezcan sus acciones de gracias junto con mis agradecidas expresiones de reconocimiento. Acérquese cada uno de ustedes, y derrame hoy ese aceite sobre este Eben-ezer. Necesito algo de aceite y me pregunto si puedo obtenerlo de aquel corazón que está por allá. Oh, dice uno, mi corazón es un duro pedernal. Yo leo en la Escritura que el Señor extrajo aceite del duro pedernal. ¡Oh, que hubiese un alma que fuese conducida a creer en Cristo esta mañana, que algún corazón se entregara a Cristo hoy! ¿Por qué no habría de ser así? ¿Por qué no? El Espíritu Santo puede derretir el pedernal y mover montañas. Joven, ¿cuánto tiempo hemos de predicarte, cuánto tiempo hemos de invitarte, cuánto tiempo hemos de hacer que te duelas, cuánto tiempo hemos de suplicarte, de implorarte? ¿Será este el día en que cederás? ¿Dices tú: “yo no soy nada”? Entonces Cristo lo es todo. Tómalo, confía en Él. No sé de qué mejor manera celebrar este día de Eben-ezer y de acción de gracias que algunos corazones acepten en este día el anillo de matrimonio del amor de Cristo, y que sean prometidos al Hijo de Dios por los siglos de los siglos. Que Dios conceda que así sea. Así será si oran pidiendo eso, oh corazones veraces. Lo cual para mi Familia y Yo es una verdad meridiana”.


[1] https://sanadoctrina.org/ebenezer.html


[1] Primer Libro de Samuel 7: 12.“Tomó luego Samuel una piedra y la puso entre Mizpa y Sen, y le puso por nombre Eben-ezer, diciendo: Hasta aquí nos ayudó Jehová”.

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