Por: SEGISFREDO INFANTE

            Siendo un muchacho tuve ocasión de leer más de alguna de las obras poéticas de Esquilo, el padre de la dramaturgia trágica de Grecia. El abogado Guillermo Emilio Ayes (amigo íntimo de Medardo Mejía) expresaba, con cierto tono de desdén, que “después de leer a Esquilo, Shakespeare y Goethe, no quedaba nada más para leer”. En mi alma juvenil aquellas palabras salidas de los labios de un adulto mayor producían cierta gracia; pero también sorpresa. Me quedaba pensativo, pues había leído “Los Siete sobre Tebas” de Esquilo, y comprendía que algo de verdad quedaba flotando después de las expresiones unilaterales del amigo Ayes. Algo que compartíamos con don Roque Ochoa Hidalgo.

            Por aquella misma época, en noviembre de 1983, escribí y publiqué mi primer ensayo realmente filosófico, titulado “Aproximación a la Dramaturgia Griega”, basándome en las obras diversas de Aristóteles, Homero, Esquilo, Tucídides, Platón, Sófocles, Eurípides, Aristófanes, J.L. Borges, Francisco P. de Samaranch y otros autores que  habían vivido o que se habían aproximado a este grandioso tema, que coincide, eventualmente, con la cruda realidad actual de nuestro hermoso y triste país, en donde algunos jóvenes paisanos se despedazan a golpes y patadas unos contra otros, por motivos futboleros y por otros motivos sin aparente sentido; y en donde ciertos políticos y seudopolíticos se encargan de inyectar odio, diariamente, a las viejas generaciones poco avispadas respecto de las cosas que ocurren detrás de los telones, y a las nuevas generaciones predominantemente desinformadas de la historia imparcial de Honduras y de la cultura mundial en general.

            La semana pasada unos amigos y colegas me reenviaron unos videos en donde aparecen unos jóvenes acorralando a garrotazos y patadas a otros jóvenes simpatizantes del Olimpia y del Motagua, atizados por el fanatismo extremo que se ha cultivado durante décadas en las barras de cada uno de estos equipos de futbol. Se escuchan (en uno de los videos) los gritos de dolor de cuando menos una de las víctimas del espectáculo, sin que nadie pudiera hacer nada para salvarle su preciosa vida; ni a él ni a los demás. Entonces cruzaron por mi mente una serie de recuerdos y lecturas arremolinadas e inevitables. Entre ellas las palabras del Génesis, en donde el Dios Eterno expresa que la tierra clama por la sangre de Abel derramada por su hermano Caín, el envidioso.

            También vinieron hacia mí las imágenes de “Las Furias”, unos entes caninos mitológicos que llevaban el instinto de la venganza en sus entrañas, y que eran relevantes en una época anterior a la ciudad de Atenas civilizada, según algunas páginas de la “Orestiada”, una trilogía dramática del mencionado Esquilo. “Las Furias” están citadas, también, en un poema de Pompeyo del Valle (QEPD). Es interesante que para Esquilo y otros autores clásicos el instinto de venganza era todo lo contrario al razonamiento y al principio de justicia civilizadora. Este es un problema redescubierto, en fechas recientes, por la filósofo estadounidense Martha Nussbaum.

            He tenido acceso a tres traducciones de la obra de Esquilo. Incluyendo una moderna, con sus “Tragedias Completas”. Pero prefiero las traducciones con castellano arcaico, y con más fuerza poética. Es el caso que cuando se asesinan unos hermanos entre sí, en la obra “Los Siete contra Tebas”, dos personajes dolientes intercambian palabras estremecedoras: “!Horrendo de decir!” y “!Horrendo de mirar!”.

            Creo que las anteriores son las expresiones más adecuadas para aproximarse a la tragedia que vivieron los jóvenes hondureños en los alrededores del Estadio Nacional en Tegucigalpa. Matándose unos a otros por naderías. Atizados, quizás, por un dirigente deportivo que desde hace décadas se dedica a estilar vaciedades, y a veces veneno abundante, sobre las muchedumbres ingenuas que reciben mensajes peligrosos cuando se escenifican encuentros futboleros. Ese mismo personaje trata de coquetear con los dirigentes de Estados Unidos para alcanzar la presidencia de la República de Honduras a como dé lugar, sin importar la vida de los viejos y tampoco de los jóvenes. Sólo se importa a sí mismo, incluida su arrogancia chistosa y su desfachatez.

            En una de las versiones de las películas sobre el Viejo Oeste, Wyatt Earp le pregunta a Doc Holliday a qué se debe el instinto de matar de Johnny Ringo. Holliday contesta que mata por venganza, o por el solo hecho de haber nacido. Así de simple. Es decir, la banalidad completa del mal que decía la filósofo y politóloga judeo-alemana Hannah Arendt. Creo que la buena literatura y la mejor Filosofía son excelentes auxiliares para aproximarse al grave problema del salvajismo y de la barbarie “moderna” en Honduras y en otras partes del mundo, que parecieran estar minando a la civilización. Debemos trabajar con paciencia por erradicar a “Las Furias” de nuestro país. Mientras tanto vale la pena releer a Esquilo y recordar la novela “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad, que fue llevada al cine con aquella terrible frase final: “El horror”… “El horror”…

            Tegucigalpa, MDC, 25 de agosto del año 2019. (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el jueves 29 de agosto del 2019, Pág. Cinco).

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