Revolución tecnológica toca puertas en  Honduras

Por: Luisa Agüero

En los últimos años estamos asistiendo a la progresiva incorporación de tecnología digital en multitud de objetos que nos acompañan en nuestras actividades cotidianas. Éstos no actúan o se utilizan de forma aislada, sino que están conectados entre sí, se comunican con otros objetos por medio de las redes de datos, es lo que se ha venido a denominar Internet de las cosas.

En la actualidad, las diferentes conexiones y accesos a Internet se realizan en su mayoría mediante algún tipo de equipamiento de red doméstico tradicional como PCs, smartphones, netbooks, etc. Sin embargo, para el año 2020 la tendencia se invertirá y las máquinas acapararán la mayor parte del acceso a la Red, en muchas ocasiones de forma autónoma.

Los últimos informes de consultoras como Mason o de compañías como Cisco estiman que para 2020 estaremos rodeados por entre 44.000 y 50.000 millones de dispositivos y objetos domésticos conectados a diferentes redes, entre los que se encontrarán electrodomésticos, teléfonos, libros, vehículos, sistemas de domótica y seguridad, contadores de consumo (agua, gas, electricidad), agendas, videoconsolas, equipos de audio y vídeo, etc. Esto supone que, en media, habrá unos 6 ó 7 de estos dispositivos con capacidad de acceder e interaccionar en red por cada habitante del planeta.

A estos dispositivos habrá que sumar los múltiples sensores que se irán instalando en todo tipo de objetos para registrar diferentes aspectos de la realidad física, los cuales se comunicarán con Internet y otras redes de forma fija o inalámbrica, utilizando protocolos IP, y que funcionan en muchos casos de forma autónoma, sin interacción del usuario, y necesitarán transmitir sus datos a sistemas inteligentes capaces de interpretarlos y analizarlos.

Implicaciones para la industria y usuarios

Muy bien, unas cifras impresionantes pero, ¿qué supone esto para la industria y para los consumidores domésticos? La primera y más inmediata consecuencia es que se generarán tremendas cantidades de datos, de informaciones que deberán circular de forma fluida por Internet y otras redes. En el límite, cada objeto físico del mundo real tenderá a contar con una representación virtual en la nube.

La segunda consecuencia directa es, la necesidad de adoptar una nueva versión del protocolo IP, la IPv6 para soportar la identificación unívoca de estos objetos en la Red.

La tercera y quizá la más importante consecuencia de este exponencial crecimiento de máquinas interconectadas es la necesidad de un incremento de, por lo menos, el mismo orden en las capacidades de transmisión de las redes de datos y en la potencia de procesamiento de los centros de operaciones.

Si bien algunos de estos objetos y sensores se comunicarán utilizando accesos fijos a Internet (ADSL, Cable, Fibra Óptica), en la mayoría de las ocasiones estarán sujetos a la movilidad del usuario, por lo que utilizarán algún tipo de conectividad inalámbrica (Bluetooth, Wi-Fi, 2G, 3G, 4G y superiores).

Preguntas sin respuesta

La tendencia humana de estar siempre conectados con nuestras redes sociales hará que estos dispositivos transmitan y reciban constantemente datos muy diversos, en algunas ocasiones de pequeño tamaño, pero en otras serán descargas de vídeo, audio, imágenes de alta resolución, etc. que necesitarán grandes cantidades de ancho de banda.

Y aquí vienen las preguntas más importantes: * ¿Estamos preparándonos para el tremendo aluvión de datos digitales que se nos avecina? * ¿Cómo están mejorando nuestras redes de Banda Ancha? * ¿Serán capaces de soportar el incremento en el tráfico de datos futuro? * ¿Qué tecnologías y protocolos serán los más apropiados para ello? * ¿Qué capacidad de procesamiento necesitaremos para controlar los millones de objetos conectados? * ¿Cómo podremos extraer auténtico valor de los datos captados y registrados por los millones de sensores?

La respuesta a estas cuestiones es compleja, ya que depende de múltiples y muy diversos factores. Algunos analistas señalan que vamos en el buen camino, otros, ya nos han dado algunos toques de atención, prediciendo el posible colapso de las redes inalámbricas en los próximos cinco años, si no se toman las medidas apropiadas.

En lo que sí parecen coincidir todos es en que, el grado de crecimiento del mercado de comunicaciones entre máquinas (M2M) depende directamente de las mejoras y avances efectuados en infraestructuras y tecnologías de redes.

Accesos

Un informe denominado “El estado de la conectividad en 2015: informe sobre el acceso global a internet”, es el segundo estudio anual realizado por Facebook, que analiza el estado global de la conexión a internet.

La investigación señala que más de 3,200 millones de personas tenían acceso a internet en 2015, pero aún existen 4,100 millones de personas sin acceso a internet.

Esto se debe principalmente a 4 obstáculos:

  • Disponibilidad: la proximidad de la infraestructura necesaria para poder acceder.
  • Asequibilidad: el costo del acceso en relación con los ingresos.
  • Relevancia: un motivo para acceder, por ejemplo, contenido en el idioma principal.
  • Preparación: la capacidad para acceder, incluidas las habilidades, el conocimiento y la aceptación cultural.

Lo cierto es que la conectividad enmascara discrepancias amplias entre países desarrollados y en vías de desarrollo, ya que el 82% de la población en naciones desarrolladas utiliza internet, comparado con un 35% en los países en vías de desarrollo.

Otra diferencia la marca la velocidad de internet, ya que los países desarrollados utilizan redes 3G y 4G, mientras que las redes 2G son las que predominan en países en vías de desarrollo, esto significa que una APP puede demorar hasta 30 minutos en descargarse en una red 3G y de 1 a 3 minutos en una red 3G o 4G.

Y para afrontar los obstáculos de la conectividad, las corporaciones, gobiernos y sociedad civil deben trabajar en conjunto para desarrollar estándares globales para recopilar información sobre conectividad y así poder elaborar iniciativas de inclusión conjuntas.

Estos datos también servirán para comprender cómo se dispersan las poblaciones, a fin de que los gobiernos y otras entidades puedan priorizar las inversiones en infraestructura, desde el transporte hasta la atención médica y la educación.

Conectividad en Honduras

En el caso de Honduras, la penetración de internet a junio de 2016 llegaba  a 30,4% de la población (2,7 millones de personas), según datos del Internet World Stats, lo que ubica a nuestro  país por debajo de la media de los países en vías de desarrollo.

Asimismo, es el país de Centroamérica con la más baja penetración de internet. En el caso de Nicaragua tiene un 31,8% de penetración, El Salvador 50,4%, Costa Rica 86,9% y Guatemala 34,9%

A nivel regional, Honduras solo supera a Nicaragua en acceso y aprovechamiento de las Tecnologías de la Información (TI), afirmaron expertos mientras advertían  la existencia de varios retos sobre el tema.

Uno de ellos es que la penetración de banda ancha fija aquí  está como en 8 por ciento; eso es bastante bajo, pero existe una oportunidad para crecer si se aplican  las políticas adecuadas.

Con 30 por ciento que se añada, algo posible, se puede decir que la economía crecería al doble, es decir, que de 3.6 por ciento del PIB proyectado, bajo un escenario actual, Honduras pasaría a elevar su PIB por arriba del 7 por ciento.

Otro de los retos radica en que la población entienda el alto potencial de las TI, luego está en volver competitivo el sector de las telecomunicaciones. Aquí salió colación el oligopolio en la telefonía celular, al haberse concentrado en dos empresas este mercado.

El bajo acceso que presenta Honduras es refrendado por el Reporte del 2015 sobre Medición de la Sociedad de la Información del UIT, en el que Honduras aparece en la posición 120 de 167 países a nivel mundial.

Luxemburgo aparece en el primer puesto y Eritrea en el último con 1.27 puntos, en comparación, Honduras, durante ese período, logró crecer 4.5 y, en cinco años, saltó de la posición 103 a la 120.

Pero el crecimiento hondureño es lento, mientras el auge de las TI solo se compara a un tren en movimiento cuyos últimos vagones están a punto de pasar y de no subirse lo antes posible, será necesario continuar el camino a pie.

Además, Honduras podría ser rebasada por Nicaragua que invierte en  acceso a banda ancha y ha colocado  un satélite en órbita para fines de atención a catástrofes naturales.

Hiperconexión

Hoy, solo el 1% de los objetos del mundo está conectado, pero la revolución está a la vuelta de la esquina. Veamos las posibilidades y los problemas de esta hiperconexión.

Y es que el  futuro tiene un nombre poético con el Internet de las cosas. The Internet of Things, como dicen los anglosajones, es una tendencia que moverá en las próximas décadas cantidades ingentes de dinero e ingenio. Detrás de este pastel, van a estar las grandes operadoras, pues  el tráfico se multiplica; y los fabricantes de dispositivos de acceso y de red, requerirán más ancho de banda e infraestructuras para hacerlo posible, además de miles de millones de sensores y aparatitos con capacidad de conexión.

También están muy expectantes los fabricantes de vehículos, los gestores del sector sanitario, las empresas de logística o de seguridad e incluso los políticos. Y es que el Internet de las cosas cambiará la faz de los hogares y permitirá tener información al minuto del transporte y de nuestros movimientos por la ciudad en la que vivimos, o de nuestras constantes vitales.

Objetos con una IP

Básicamente, esta hiperconexión consiste en que cada dispositivo que exista a nuestro alrededor vaya dotado de una dirección de Internet, y por tanto de capacidad para comunicarse con otros objetos. Es decir, Internet saldrá del redil de la informática y colonizará cualquier cosa que se nos ocurra, y otros que ni imaginamos.

Esa comunicación se hará por muchos medios: WiFi, WiMax, RFID, 3G, LTE, Bluetooth, NFC… No solo hablamos de dispositivos que hoy ya tienen electrónica, como pueden ser una lavadora o un refrigerador, sino de otros que hasta ahora no la tenían, como una bombilla, un interruptor, un termostato, e incluso dispositivos mecánicos.

El  Internet de las cosas hará las delicias del más sibarita, permitiendo, por ejemplo, que la iluminación de la casa se adapte al programa de televisión que vemos sin que nosotros tengamos que mover un dedo. O detectando nuestro estado de ánimo y cansancio y seleccionando la música más apropiada, o incluso proponiendo los ingredientes de la cena según la actividad y consumo calórico del día.

Controlar qué tenemos en la refrigeradora desde el supermercado, iniciar una lavadora desde la oficina o activar el aire acondicionado cuando estamos en el carro, camino a casa, son solo algunas de las cosas que ya se pueden ver.

Comunicación M2M

El desarrollo del Internet de las cosas implica también que cada vez más las conexiones a Internet serán entre máquinas, y no entre personas que se mandan un mensaje por correo electrónico o mensajería instantánea. Es lo que en el sector se conoce como comunicación M2M (machine to machine, máquina a máquina), y que hará posible que cientos, miles de millones de sensores y chips repartidos por todos sitios comuniquen los datos que registran, ayudando así a regular el tráfico de las ciudades, a medir el consumo de energía del alumbrado público o a controlar los niveles de humedad en los bosques.

El resultado serán las ciudades inteligentes o smart cities. Gracias al rastro informativo que dejamos con nuestro móvil, con la tarjeta de crédito o con un simple trayecto en vehículo, los gestores urbanos, tras un análisis, podrán prever embotellamientos, gestionar mejor el estacionamiento  y evitar las colas ante el funcionario de turno.

Para hacer todo esto posible, el número de aparatos conectados se multiplicará. En la actualidad, hay enchufados a Internet entre 8.000 y 10.000 millones de dispositivos, pero, en 2020, esta cantidad se habrá multiplicado por cuatro o cinco.

Tan solo en enchufes, interruptores y bombillas puede haber una media de 50. Si sumamos a eso los contadores de agua, luz, gas, cortinas, persianas, dispositivos de ocio, televisores, ordenadores o sensores de temperatura, y luego agregamos prendas de vestir inteligentes, los cientos de aparatos que tiene un carro o las farolas de las calles, nos vamos a quedar muy cortos.

El mercado mundial de domótica o del hogar inteligente crecerá a razón de un 60% anual en los próximos cinco años. Como resultado, en 2017 habrá 90 millones de familias que disfrutarán de tecnología de este tipo en su casa. Otras estimaciones dan cuenta  que el tráfico IP se ha multiplicado en naciones como España entre 2011 y 2016, en 13 por ciento,  y al culminar, habrá 258 millones de dispositivos conectados (casi seis por cada habitante del país).

Un escrito de Martín Quiroga refleja que si bien no hay una única definición, los especialistas se refieren a ella como la conexión entre objetos físicos y sistemas informáticos, que por medio de sensores, software y otros dispositivos conforman una red. Así, desde GPS, escáneres o a través de la tecnología inalámbrica bluetooth, puede tenerse una conexión móvil, virtual e instantánea que produce grandes volúmenes de datos que mejoran la gestión urbana.

En 2016 las ciudades de América Latina y el Caribe podrían aprovechar el incremento en el uso de Internet y de teléfonos inteligentes para implementar aplicaciones, o apps como se las conoce en inglés, para mejorar la viabilidad del ambiente urbano.
Las ciudades de la región han construido ciclovías y comienzan a implementar sistemas públicos de bicicletas. Sin embargo, para los ciclistas puede ser un verdadero rompecabezas el saber en qué estación hay disponibilidad  o un lugar para estacionar. Algunas ciudades comenzaron a generar apps para teléfonos inteligentes para facilitar esta información. Otra iniciativa de sistema de estacionamiento guiado se ha desarrollado para autos, informando a las personas dónde encontrar rápidamente estacionamiento. Esto significa una notable ventaja dado que se estima que el 30% del tráfico es causado por automovilistas buscando dónde estacionar.

La congestión en “horas pico” es un problema que aqueja, sobre todo, a las grandes urbes. Esto ha motivado a reemplazar los semáforos tradicionales por inteligentes que, mediante sensores, dan prioridad a los tramos de vehículos que llevan mayor retraso. En Aarhus (Dinamarca) se implementaron señales de tránsito que, guiadas por las conductas de los automovilistas, indican tiempos de demora y sugieren caminos más rápidos.
Otro ejemplo es el alumbrado público inteligente. Las ciudades comenzaron a programar el encendido y apagado de luces y a ajustar los niveles de iluminación acorde a la demanda. Así, se reduce un promedio de 30% de la demanda energética total, aunque Oslo disminuyó su consumo en un 62% gracias a esta solución.
También los gobiernos han comenzado a monitorear la producción de basura. Mediante sensores y una cámara, en Shangai se estima el peso, volumen y tipo de residuos además de la temperatura y el nivel de líquidos al interior del contenedor. Además cuentan con alertas que detectan desechos potencialmente peligrosos – ladrillos y otros materiales de construcción – para las plantas de incineración.

El alumbrado público, la gestión del tránsito y transporte público o el manejo de residuos constituyen claros ejemplos de cómo IoT está permitiendo a los gobiernos mejorar la eficiencia energética, reducir la emisión de gases, ahorrar tiempo y costos, entre otras ventajas.

Por ejemplo, la ciudad de Rio de Janeiro ha logrado conocer mejor la movilidad de los ciclistas y peatones, combinando la información obtenida del sistema BikeRio y de las cuentas de Twitter. De este modo, puede planificar y optimizar los recursos para la construcción de ciclovías, en función de la demanda de los ciudadanos.

Tiempo al tiempo

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Aunque muchos aseguran que ya está aquí, al Internet de las Cosas aún le falta tiempo para desarrollarse del todo. Según los expertos, se tratará de una verdadera revolución (aún mayor que la Revolución Industrial) porque impactará de lleno en varios aspectos de nuestra vida. Cambiará nuestra forma de expresarnos, vestirnos, de trabajar, entretenernos e incluso alimentarnos. Los gobiernos, por su parte, también deberán incorporarlo generando nuevos espacios de interacción. 

El grupo de investigación de Business Insider,  ha desarrollado un informe sobre cómo el Internet de las Cosas impactará en el mundo. Según los expertos, para el año 2020 habrá más de 2 billones de dispositivos conectados. Esto incluye desde un simple smartphone, hasta un coche o una casa. Para ello, se invertirán más de 6 trillones de dólares en la mejora de servicios y productos, con el fin de que todos estén conectados. 
Según el informe, la industria manufacturera, la del transporte y la agricultura, implementarán nuevos servicios e invertirán en maquinaria desarrollada. En la industria de los combustibles, por ejemplo, existirán al menos 5 millones de dispositivos que permitirán extraer gas y petróleo. A su vez, en la energía se invertirán en más de un billón de dispositivos inteligentes para 2020.

Las casas y los hospitales, dispondrán de edificios inteligentes que les permitirán recoger información (big data) de las personas y cambiar la manera en que viven. Las compañías de comida, por ejemplo, invertirán en más de 300 millones de dispositivos que les servirán para conectar las tiendas con las personas y viceversa. Se tratará de una verdadera Revolución Digital.

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