Por Rafael Delgado Elvir
Economista. Catedrático universitario

El presidente del Banco Central de Honduras nos recordó recientemente, a todos los hondureños, sobre la delicada situación en que se encuentra el país. Tratando de transmitir éxitos donde no existen, informó sobre una de las tendencias más características de cualquier economía en crisis. Se refirió a las remesas e informó que estas siguieron creciendo, alcanzando en el año 2019 la cifra de 5,500 millones de dólares. Agregó además, para reforzar su intención, que la tendencia continúa, alcanzando para el primer mes del 2020 un incremento mensual del 15%.

Así están las cosas en Honduras, dependiendo su economía de los envíos de dinero de los miles de hondureños viviendo en el extranjero. Sin el menor rubor se presenta esto como algo digno de mencionarse y como un logro de estos últimos años. Pero se sabe de sobra que detrás de estos miles de millones de dólares están los refugiados, el éxodo humano que ha venido sucediendo por varias décadas, pero cada vez con más violencia, con más costos y en mayores cantidades en los últimos años. En cada dólar que se cuente hay una tragedia humana, individual y familiar. Son miles de ciudadanos que perdieron la esperanza y que intentan una y otra vez el camino de la huida; que finalmente logrado el propósito de cruzar la frontera de EUA y habiendo conseguido trabajo, empiezan a sostener económicamente a los que quedaron atrás. Para los que todavía no han alistado su mochila, es dinero que utilizarán para diferentes usos y que definirá sustancialmente sobre su presente y su futuro.

La migración masiva, violenta y desesperada como ocurre en Honduras y las multimillonarias remesas, cuya evolución registran y revisan periódicamente los funcionarios, son dos lados de la misma moneda. Se trata del fracaso rotundo en poder construir un país con esperanzas para sus habitantes. Les llaman migrantes, pero realmente son refugiados que abandonaron el país obligados por la situación, para proceder a solicitar asilo en EUA. Hay que pensar en esto e intentar comprender lo que sucederá para el país si este proceso de la migración irregular y violenta continúa en las mismas cantidades observadas hasta ahora, sus consecuencias para la economía y para los hogares.

Desde hace muchos años se debió iniciar con algo novedoso. Pero no se hizo nada. Por eso es necesario comenzar con una agenda del cambio que solamente será posible con un liderazgo diferente en el gobierno, en la empresa privada y en la sociedad civil. Estoy convencido que al final el contubernio de los gobernantes con la corrupción y el narcotráfico, la descomposición social que eso trajo, marcó el punto de inflexión y marcó para muchos una señal clara que avivó el éxodo y la desesperanza. No habrá condiciones favorables para nada novedoso con gobernantes marcados con ese fierro de la vergüenza.

Es necesario emprender una reforma educativa con contenidos atractivos, maestros capacitados e infraestructura moderna que integre a todo joven que tenga la edad escolar y que reduzca sustancialmente la deserción. Es necesaria la creación de un poderoso sistema de educación vocacional que forme al hondureño del futuro para los trabajos de la agricultura, manufactura y servicios. Todos los intentos hasta ahora en estas áreas han sido falsos, tímidos y sin recursos suficientes, creando así condiciones para más desempleo y limitadísimos ingresos en los hogares.

El abandono de los sectores como la agricultura es escandaloso. Es necesario llevar el financiamiento, la asistencia técnica, las alianzas entre el productor y la agroindustria, la propiedad sobre la tierra al campo. Los terribles embates a la agricultura de los tratados de libre comercio deben pararse y negociar nuevas condiciones que garanticen un mercado para la producción nacional. Solamente con esos elementos como base se puede pensar en una agricultura en condiciones de equilibrarse y frenar la huida de los hondureños convertidos por estos gobiernos en refugiados.

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