SEGISFREDO INFANTE

La primera vez que visité las playas de Tela en periodo de “Semana Santa”, fue durante el año 1970. Por esos meses yo pernoctaba en San Pedro Sula y mi padrino de pila bautismal me invitó a unas vacaciones de tres o cuatro días. Nos alojamos en una casona familiar muy cerca de los oleajes del mar. La idea era alejarse de los ruidos sampedranos y disfrutar de unas playas paradisíacas, un poco en las afueras de la ciudad-puerto, caminando en dirección oeste. Mi madre me había contado “maravillas” de su preadolescencia, cuando ella había vivido en Tela y en El Progreso, con una familia cuyos integrantes eran amigos de nuestro tío abuelo Rosendo López Osorio Cubas, quien era general y abogado, y uno de los funcionarios de las compañías fruteras. Por otro lado, mi señor padre, que era un exiliado español, el primer punto geográfico de Honduras en donde consiguió un empleo, fue precisamente en Tela. Y nuestro tío abuelo materno, olanchano de origen y dueño de por lo menos dos haciendas en el valle del Guayape, parece que era pariente lejano o amigo personal del papá, o de la mamá, del escritor Froylán Turcios Canelas. (Este es un tema laberíntico que hemos conversado con Moisés Canelo). Originariamente “Don Rosendo”, que hacía las veces de patriarca de nuestra familia, se había instalado en Trujillo, pasando posteriormente a Tela y finalmente a San Pedro Sula, en donde se supone que fue sepultado con honores. Pero este último dato habría que corroborarlo.

Tela es como el pretexto y el contexto para discurrir en torno a una práctica religiosa que la mayoría de los cristianos católicos olvidan, sin excluir a otros cristianos que también se van a turistear a las playas. Pero debo aclarar que con aquella experiencia teleña, cuando apenas contaba con trece años de edad, experimenté un sabor agridulce en la boca y fue algo desolador en mi corazón. Aunque tenía los tres tiempos de alimentación asegurados, no andaba ni un solo centavo en mi bolsa. Vi desfilar a millares de personas en calzonetas y bikinis a la orilla del mar. Pero me era imposible comprar un solo refresco para calmar la terrible sed. Recorrí las calles de la ciudadela y había películas de “romanos” y la “Pasión de Cristo” en los cinematógrafos locales. El comentario “crítico” de los sobrinos de mi padrino (hombre bueno que debe gozar de la paz de Dios Eterno) es que se trataba de “las únicas películas en donde muere el muchacho”.

Desde aquella época, nunca más volví a visitar las playas costeras catrachas en el corto periodo de “Semana Santa”. Lo hice en diversos momentos mucho antes y mucho después de los días sacros para la cristiandad occidental, que más o menos coinciden con la “Semana del Pésaj” de un pequeño país del “Cercano Oriente”, manantial de las tres religiones monoteístas que perduran. Por regla general me he dedicado a reflexionar y a leer durante los días señalados, preferiblemente textos que tengan que ver con el pasado histórico lejano; poesía mediterránea; hermenéutica bíblica; un poco de teología y de filosofía. Sin embargo, recuerdo que una vez me quedé acostado en mi cama, durante tres días, leyendo “Cien años de soledad” de García Márquez, a fin de escribir, años más tarde, una especie de artículo-ensayo que fue publicado en la revista sindical “Frente”, coincidiendo con la premiación del “Nobel de Literatura” (1982) que le fue adjudicado al narrador colombiano. También solía visitar las casas de mi amigo eternamente entrañable Roque Ochoa Hidalgo, con el propósito de conversar sobre los más variados temas, o de escuchar, en silencio y durante varias horas, la mejor música clásica de todos los tiempos, cuyos discos eran abundantes en su discoteca privada. En sus casas, una en el barrio San Rafael de Tegucigalpa, y la otra en la colonia “San Miguel”, éramos atendidos por “Doña Rafaela” (la madre de “Don Roque”), quien también nos regalaba su amistad y las exquisiteces gastronómicas de la temporada.

Es imposible comparar el ruido de decenas de miles de bañistas y la sequedad salina de las playas costeras, con la reflexión profunda, la lectura de buenos libros y el amor y la amistad que todavía se experimentan en los pueblos del interior del país, inclusive en la brumosa capital (muy escasa de agua), en donde más o menos se respetan las mejores tradiciones occidentales. Naturalmente que dentro de un sistema democrático, cada quien es libre de tomar el rumbo que se le antoje durante las vacaciones de “Semana Santa” o en cualquier otro feriado. Eso lo respetamos. Pero uno de los bemoles de esta temporada, es que ciertos políticos aislados, en diversos momentos de nuestra historia, casi siempre han deseado que el pueblo se olvide de todos los problemas, para luego engendrar esperpentos legales que atentan contra nuestra sociedad.

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