“y os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con ciencia y con inteligencia.”

Jeremías 3:15

Me di cuenta que en los talleres a los que he asistido sobre ministerios nunca se ha tratado los dones pastorales. Creo que Dios ha puesto estos dones en muchos jóvenes de mi generación, pero lamentablemente este ministerio sigue estando reservado de forma casi exclusiva para los que van al instituto y son enviados a pastorear una iglesia. Muy pocos descubren que tiene estos dones, más bien, van a un sitio donde esperan ser “inyectados” con esa capacidad y colocados en alguna parte del país.

No es que nuestro método sea incorrecto, sino que, en la práctica, encuentro muy pocos creyentes iniciando iglesias intencionalmente, la mayoría de los que hoy están en una obra han sido colocados allí por el liderazgo de su denominación o iniciaron una nueva obra después de una división.

Esa es nuestra realidad actual, pero si la cambiamos podemos obtener todavía más fruto mientras extendemos el reino; regularmente esos obreros asignados no aman tanto esa iglesia como un sembrador. Muchos pastores colocados buscan frecuentemente nuevas oportunidades de traslado para mejorar sus condiciones, no sienten el amor que sentía Pablo hacia las iglesias plantadas con sus propias manos.

Pero, regresando al asunto de los dones pastorales, quiero iniciar quitando esta suposición incorrecta:

Un buen predicador puede ser un gran pastor.

Aunque se espera que el pastor sea apto para enseñar y así parece indicarlo en los originales (en una sola categoría para pastores y maestros), esta no es una verdad completa. El ministerio pastoral tiene que ver mucho más con administrar que con comunicar; Un caso donde se hace evidente esta verdad es en el llamado de Moisés, quien era literalmente un fracasado en sus habilidades de comunicación, tanto por deficiencias naturales (era tartamudo) como por su personalidad (era introvertido), al parecer le atemorizaban las multitudes, pero a la vez tenía experiencia cuidando y dirigiendo pues fue pastor de ovejas. “Es mucho más fácil mejorar las habilidades de comunicación que las de administración.”

Me sorprendí al conocer la siguiente verdad:

Los maestros fortalecen la iglesia, los pastores la ayudan a crecer.

Aquí está otra gran debilidad, algunos pastores promueven el crecimiento numérico como el más importante, pero otros argumentan la madurez. ¡Ambas cosas son necesarias! Dios quiere iglesias grandes y maduras. Los maestros tienen una gran responsabilidad al instruir la iglesia, pero quien más puede hacer por su crecimiento es el pastor.

La gente va donde hay amor. Aunque no imposible, es bien difícil dar amor desde un pulpito lejano; es antes y después de terminado el sermón donde la gente puede recibir el amor de un pastor: en un saludo, en una palabra de fortaleza, en un consejo o hasta en una sonrisa. Hay momentos en los que se prefiere un abrazo antes que tres versículos bien explicados.

La gente seguía a Cristo porque Cristo amaba la gente. Los sermones del maestro eran profundos y prácticos, pero la mayor diferencia que la gente notaba entre Él y los fariseos era que Cristo les abrazaba, comía con ellos y era sensible a sus necesidades.

Jesús no era un maestro lejano que desde un flamante pulpito deslumbraba a las multitudes con corbatas de seda y trajes de sastre. Más bien era informal, cariñoso, podía sentar un niño en sus piernas e instruir a sus discípulos mientras compartía con ellos un bocado de pan. No tenía oficina, ni aire acondicionado, ni esperaba que el pueblo viniera a sentarse delante de su escritorio para recibir dirección, Él se movía, iba donde estaba la necesidad.

Esto me hace pensar esta segunda verdad:

Un maestro puede enseñarte a luchar contra un obstáculo, un pastor salta contigo.

Me siento muy bien enseñando, pero estoy consciente de que solo puedo mostrar un mapa. Gran parte del trabajo de los maestros es mostrar la ruta, un pastor te acompaña, te alumbra el camino, te da dirección y se recuesta contigo a descansar.

Las verdades son muchas, pero termino con la siguiente:

Los maestros son buenos dando ideas para los obstáculos que aparecen en el camino, los pastores te pueden decir que hay más allá del horizonte.

El trabajo de los maestros es para resolver asuntos instantáneos, el pastor puede hacerte soñar con los verdes pastos que hay después del río y mantenerte motivado para llegar allá. La principal responsabilidad de un pastor es poner visión en el pueblo y constantemente refrescarla. Las ovejas somos olvidadizas, perdemos de vista el objetivo, pero ahí está el pastor que nos la recuerda y mantiene en movimiento.

Dios les bendiga

Denis A. Urbina Romero
Licenciado en Ministerio Pastoral
Email: daurbinar@gmail.com

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