Por: Carolina Alduvín

Este fin de semana, una parte mayoritaria de la humanidad, celebra su mayor fiesta religiosa: el nacimiento del Salvador del mundo, un tiempo de tregua en guerras y conflictos, de espíritu cálido y fraterno, cuando la generosidad aflora y el egoísmo debería desvanecer. Cuando se invoca cantando una noche de paz y de amor. Inmersa en una vorágine de mercadeo y comercialización de todo, cuando hacemos balance de lo acontecido desde el invierno previo y formulamos algunos propósitos, en su mayoría destinados al olvido luego de unas cuantas jornadas. El deseo general formulado por los jerarcas y celebrantes reza: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz, a los hombres de buena voluntad. La frase resume toda la sabiduría de la concordia.

Concordia nos habla de colocar corazón con corazón en todos nuestros sueños, planes, propósitos, afanes y logros; sin embargo, el ego, la ambición desmedida, el orgullo y la falta de empatía, parecieran no borrarse ni en estas fechas. En las últimas dos semanas, me ha tocado presenciar discusiones en todos los niveles, con el objetivo de alcanzar acuerdos, con los cuales, todas las naciones podamos vivir y, a la vez, dejar vivir a las especies que nos acompañan en el viaje por la galaxia, a bordo de la nave especial que denominamos Tierra, nuestra madre tierra.

Es claro que no podemos amar lo que no conocemos, ni discernir la importancia de algunos procesos que, además de la incasable labor de nuestros agricultores, ponen comida en nuestras mesas, materiales para transformar en objetos útiles, construir nuestras viviendas y sostener una economía que permita un adecuado flujo de bienes y servicios que satisfaga las necesidades de todos. La mayoría de los cultivos de los que nos nutrimos, requieren la intervención de agentes polinizadores, para que las flores se conviertan en frutos; en algunos casos, basta con que el viento sople, pero en la mayoría participan los insectos, principalmente las abejas, quienes sobreviven en medios sumamente hostiles, creados por los propios humanos en su lucha contra las plagas. Eso, casi no lo vemos, no nos preocupa, no forma parte de nuestra conciencia.

Los otros dos grandes enemigos del planeta y nuestras especies compañeras de viaje son la deforestación y la contaminación; la primera, afecta los ecosistemas terrestres, desplaza y pone en peligro las especies que los habitan y cumplen papeles determinantes en la supervivencia de todos. Algunos se convierten en campos de cultivos, otros se urbanizan o desertifican, constituyendo pérdidas permanentes o difícilmente reversibles, la contaminación afecta a todos, hay exceso de materiales de desecho que no se reciclan, que algunos animales confunden con alimento y mueren por inanición, otros envenenan tierras y agua, se nos olvida que esas partículas tóxicas, eventualmente se incorporarán a nuestra comida o al agua que bebemos. En el proceso, las especies se van extinguiendo por falta de hábitat o por exceso de enemigos.

Las Naciones Unidas, desde hace décadas, convoca a todos los estados miembros, a hacer esfuerzos de entendimiento para que juntos, en equipo, salvemos al planeta y a las diferentes especies que, relacionadas directamente o no, a nuestras vidas o sistemas de producción, cumplen un papel en el equilibrio global. Somos conscientes de que, con la buena voluntad de la que hablan los jerarcas religiosos, nuestra convivencia sería más fácil, el trabajo en equipo hacia metas comunes, sería más factible, pero no parece haber conciencia acerca de que todas las naciones debemos tener los medios para revertir los enormes daños infringidos a los recursos naturales que tomamos por sentados y que, además, creemos inagotables. Pero no es así, hay naciones con el deber moral de contribuir con las demás a movilizar los recursos para conservar y revertir los ecosistemas de los que tradicionalmente han extraído sus riquezas.

En estos foros mundiales, vemos poca voluntad para ceder, dicen que los países en desarrollo, no saben lo que quieren, son desordenados y un largo etcétera para evadir la responsabilidad. Todos debemos ceder un poco, tomar los pasos adecuados hacia nuestra meta, compartir responsabilidades y participar en las soluciones para mitigar y revertir los efectos de los cambios climáticos, para prevenir los efectos devastadores de desastres naturales y evitar los causados por humanos, es indispensable fundirnos en la mejor buena voluntad, como lo deseamos en esas noches de Navidad y buena voluntad entre familias y entre naciones. Felicidades a todos.

carolinalduvin46@gmail.com

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