Mario Hernán Ramírez

Fue el 16 de abril de 1959 cuando estuvimos la última vez con el insigne periodista y novelista hondureño Ramón Amaya Amador en su residencia de esta capital, en un convivio de despedida en el que participamos entre otros Salvador Turcios h., José María Espinoza, Matías Fúnez p., Jorge Figueroa Rush, todos ellos ya fallecidos descansando en la paz eterna y quien suscribe.

En esa memorable fecha nos reunimos para despedir a Moncho, ya que al siguiente día partía rumbo a Europa (Checoslovaquia), de donde no regresó jamás sino hasta que sus cenizas fueron repatriadas y guardadas en un sitio especial en los predios de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, cuando el licenciado Jorge Arturo Reina y el doctor Dagoberto Espinoza Murra dirigían los destinos de la máxima casa de estudios como rector y vice-rector, respectivamente.

Ese día del mes de abril, libamos y comimos hasta el hartazgo el famoso churrasco argentino, porque Armida, su bella esposa, era de origen gaucho. Esa residencia pertenecía al recordado empresario Yanuario Landa Blanco, padre y abuelo de las periodistas Nora y Norita Schauer y también de la intelectual Nina, la que fue esposa del abogado Froylán Ochoa Alcántara, ubicada exactamente frente a la desaparecida casa Rivera y Compañía, en el mero centro de la capital, justo a media cuadra de donde laboraba Moncho, con alguno de los mencionados, en el desaparecido ex decano de la prensa nacional, diario El Cronista.

Al siguiente día partió rumbo a su destino del que no regresó jamás, sino convertido en cenizas, porque en 1966 ocurrió el trágico accidente aéreo entre Praga y Bratislava, donde también fallecieron otros sobresalientes miembros de la intelectualidad global.

Pues bien, la Academia Hondureña de la Lengua (AHL) que con el mejor de los aciertos conduce el connotado intelectual Juan Ramón Martínez, creó en el 2017 el premio Ramón Amaya Amador, dotado de una buena cantidad de dinero, pergamino de honor y otros galardones atinentes a la personalidad del homenajeado, considerado como el primer novelista hondureño; el primero en recibir semejante presea fue el desaparecido poeta Cirano Pompeyo del Valle, y el año pasado se le otorgó al abogado, escritor y poeta Miguel R. Ortega, habiendo seleccionado al filósofo, historiador y escritor Julio Escoto, residente en la ciudad de San Pedro Sula, hasta donde viajó una comisión de académicos e invitados, amigos de Amaya Amador y Escoto.

La Academia Hondureña de la Lengua, es una de las instituciones de mayor prestigio y respeto dentro de la sociedad hondureña, por cuanto desde su fundación en 1948, disfrutó del apoyo de lo más granado de la intelectualidad nacional, entre quienes figuraron: Esteban Guardiola, Silverio Laínez, Alejandro Alfaro Arriaga, Juan B. Valladares R., Rafael Heliodoro Valle, Julián López Pineda, Luis Andrés Zúñiga, Marcos Carías Reyes, Joaquín Bonilla, Carlos M. Gálvez, Carlos Izaguirre, Antonio Ochoa Alcántara y Céleo Murillo Soto, todos ellos prominentes figuras del infinito mundo de las letras, cuyos nombres permanecen en la docta institución inscritos en letras de oro.

Aquí debemos reconocer que con el correr del tiempo y la renovación de valores, figuró como director de la misma el recordado poeta y diplomático Oscar Acosta Zeledón, quien con su presencia y equipo de colaboradores mantuvo en alto la tea del prestigio, durante le correspondió dirigir los destinos de esta institución, que antaño estuvo anexa a la también docta Academia Hondureña de Geografía e Historia en edificio propio que se encontraba en la 1ª.avenida de Comayagüela, local histórico que fue destruido por las embravecidas aguas del río Grande durante el fatídico y tristemente célebre huracán Mitch en 1998.

La Academia cuenta hoy día con su propio edificio en la calle La Fuente de Tegucigalpa, desde donde sus honorables miembros pasan elucubrando y tratando de mantener en alto el prestigio de que siempre ha gozado la misma, constituyéndose como una de las academias de mayor prestigio, perteneciente a la  Real Academia Española, de la cual dependen todas las demás de Iberoamérica, y ha sido precisamente durante el período de Juan Ramón Martínez Bardales, cuando la misma ha cobrado nuevos brillos y algo muy importante, reconociendo en vida el valor de algunos compatriotas que habían pasado desapercibidos por los gobiernos y otras instituciones cívico-culturales, que como la Academia Hondureña de la Lengua deben ser ejemplo de patriotismo para honrar a quien honor merece.

Julio Escoto, el galardonado 2019, es un hombre cuyo prestigio ha trascendido las fronteras patrias, pues además de haber residido durante algunos años en la república de Costa Rica, en donde dejó sabiamente bien sentada su indiscutible labor intelectual, ha hecho altos estudios en prestigiadas universidades de Estados Unidos y Europa, calificado con notas sobresaliente, por lo que es digno de encomio y entero reconocimiento el trabajo intenso, sostenido y sin prejuicios de ninguna especie de la actual directiva de la AHL, que no solo prestigia a quienes honra, sino que ella misma acrecienta su existencia, fortaleciendo así la vinculación entre dos continentes, América y Europa.

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1 Comentario

  1. Qué excelente historia Marito. Felicidades como siempre, el que sabe, sabe y usted es nuestro ícono de la comunicación. Hasta siempre, su averiguática amiga, Vilcast

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