Por: SEGISFREDO INFANTE

            En el curso de los años he meditado sobre el contenido de una canción francesa de la autoría del cantautor belga Jacques Brel, conocida bajo el título simplón, o prosaico, de “Ne me quitte pas” (o “No me dejes”, de 1959). La verdad es que hay versos, en la canción, en donde choca lo prosaico con lo poético, con una habilidad que siempre habrá de sorprender a aquellos que la escuchen o la lean con atención. Cuando aquí hablo de versos, es que tal composición fue elaborada con una técnica y un sentido poético que viaja de lo terrenal a lo celestial, y viceversa.

            Se trata de versos cortos, con ricas aliteraciones, estribillos y rimas en lengua francesa, que saltan por aquí y por allá. Las traducciones al español, de las cuales he leído varias, pocas se aproximan a la fuerza lacónica expresiva de Jacques Brel, quien ha sido criticado por supuesta insinceridad teatral al interpretar (a veces llorando) esta armoniosa balada, en tanto que fue él quien abandonó a su amante “parisina” Suzanne Gabriello, más conocida como “Zizou”.

La verdad es que Jacques Brel (1929-1978), al conocer el embarazo de su amante, se negó, en un comienzo, a abandonar a sus hijas anteriores, de una vieja relación conyugal. Pero me parece que el cantante belga realmente amaba, hasta lo más hondo, a “Zizou”, su mujer idealizada. Esta conclusión preliminar obedece a que he observado, detenidamente, la letra y los entrelineados de “Ne me quitte pas”, en donde resulta evidente la autocrítica dolorosa, el remordimiento y el deseo de reconciliación con su amada sublime. O la “Amada Inmortal”, tal como se anunció en una película sobre la vida oculta del compositor Ludwig van Beethoven.

En una presentación televisiva de Pablo Rosetti, un trovador chileno que caminaba cantando con su guitarra desafinada por los bares y restaurantes de Tegucigalpa y de San Pedro Sula, para ganarse la vida y la de su novia sampedrana, le rogamos que interpretara “Ne me quitte pas”. Rosetti, que había crecido en París y que en consecuencia hablaba (o habla) muy bien el francés, expresó, en aquel ya lejano programa, que “Ne me quitte pas” es “la canción más bella del mundo”. Por supuesto que tal expresión elogiosa ya la habían lanzado, previamente, otros intérpretes. Sin embargo, he repensado el asunto.

Al haber escuchado tantas veces esta melodía interpretada por centenares de cantantes de diversas lenguas, entre ellos el estadounidense Frank Sinatra; la francesa Édith Piaf; la afrodescendiente Nina Simone; la argentina-francesa Sole Giménez; y la mejor interpretación, para mi gusto, por la canadiense Celine Dion, he corroborado que se trata de una de las canciones románticas más hermosas del planeta. Quizás haya otras canciones populares más lindas y profundas que “No me dejes”. Podemos recordar el tango nostálgico “Volver”, de Alfredo Le Pera y de Carlos Gardel. “Cuando tú no estás”, de Manuel Alejandro y de Raphael Martos. La balada “La Playa” del grupo “La Oreja de Van Gogh”. Y “Vivo per lei” (o “Vivo por ella”) de Gatto Panceri, Valerio Zelli y del tenor Andrea Bocelli, acompañado por Marta Sánchez.

Pero Jacques Brel exhibe una peculiaridad fuera de serie. La letra y la música de su canción “No me abandones” sugiere que es producto de una experiencia contradictoria demasiado íntima; antinómicamente inexpresable. Que sin embargo debió trasladarla al lenguaje musical porque de lo contrario el cantautor podría haberse ahogado. Aunque su voz de cantante no sea ni remotamente de las mejores, la sinceridad expresiva lo elevó hacia un plano superior, incluso desde el ángulo poético. Los críticos superficiales hablan de autohumillación degradante de Brel, perdiendo de vista que el amor auténtico es humilde y sencillo; pero también profundo. Algunos de los versos de “Ne me quite pas” son magníficos, incluso cuando contradicen la lógica formal. En tanto que uno de los secretos de la mejor poesía de todos los tiempos, es volar más allá de los lenguajes lógicos, mediante transgresiones respetables. Vale la pena aclarar, por enésima vez, que en sentido estricto “Poesía” y “Filosofía” son cosas predominantemente distintas, aun cuando exhiban puntos de fuerte coincidencia en el transcurrir de la “Historia”.

Veamos algunos versos tal vez mal traducidos al español de “Ne me quitte pas”: Hay que “olvidar// aquellas horas// que a veces mataban” (…) “el corazón de la felicidad”// (…) “Yo te ofreceré // perlas de lluvia// traídas de un país// en el que nunca llueve” (…)  “Escarbaré la tierra,// incluso muerto,// para cubrirte// de oro y brillantes.” (…) “No me dejes:// inventaré para ti// palabras imposibles// que sólo tú entenderás” (…) “No lloraré más// no hablaré más,”// (…) “Me esconderé” (…) “Deja, tú, que me convierta// en la sombra de tu sombra// en la sombra de tu mano// en la sombra de tu perro”. He aquí lo pedestre y lo más sublime del amor, combinados alternativamente.     

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