Por: SEGISFREDO INFANTE

            He pensado muchas veces antes de atreverme a redactar este artículo. No es fácil para un hombre del otoño sugerir ideas respecto de los modos más o menos correctos de transferir conocimientos importantes a las nuevas generaciones. Recuerdo que hace algunas décadas la discusión principió en cómo transferir tecnologías de los países desarrollados hacia los países atrasados (o “en vías de desarrollo”), sin causar perjuicios en los aparatos de producción de cada zona periférica. Creo que Manlio Martínez Cantor escribió y publicó un libro oportuno sobre este tema. Aquí conviene subrayar que ya va siendo hora que los autores hondureños aprendamos a citar las palabras y las ideas de otros paisanos, sobre todo si tales palabras han sido publicadas, previamente, en periódicos y revistas. Me consta que existen libros históricos elaborados a bases de citas y párrafos dispersos en periódicos que aparentemente han quedado en el olvido. No sólo basados en citas de libros como se ha estilado en ciertas esferas. En Honduras Ramón Oquelí fue un ejemplo del rastreo bastante minucioso de los contenidos en las hemerotecas, sin desdeñar a ninguno de los autores con los cuales se topaba en sus investigaciones. Oquelí ni siquiera desdeñaba en sus cronologías históricas y generacionales, a ciertos personajes que lo malquerían. O ninguneaban.  

            Lo expresado en el párrafo anterior sugiere varios sentidos. El primero de todos es el gran problema de la transferencia de conocimientos sólidos a las nuevas generaciones de jóvenes, que desde mi percepción se encuentran huérfanas de conocimientos consistentes sobre los valores históricos, literarios y científicos (individuales y colectivos) de nuestro propio país o de cualquier otra parte del mundo. No digamos sobre los valores universales que en gran medida se fraguaron en el “Mundo Occidental”, con la amalgama de las visiones judías y cristianas, y a la par con los antiguos conocimientos greco-romanos, especialmente de la Antigua Grecia. Estos valores milenarios suelen ser despreciados por una “nueva” literatura supuestamente laica que, utilizando a la democracia misma, se dedica a socavar las bases y valores de la Civilización Occidental, mediante un relativismo extremoso, y con unas tendencias ideológicas cargadas de un fanatismo cuajado de rencor, cuasi “religioso”, con retrasos históricos de ocho siglos.

            Antes de seguir redactando este artículo debo reafirmar que existen excepciones de la regla, sobre todo porque en Honduras hay unos pocos jóvenes lectores que oscilan entre los once y los veintiún años de edad, que se apasionan con libros que por regla general casi nadie sugiere en las escuelas ni tampoco en los colegios de secundaria. En otros artículos he subrayado mis dudas en relación con los jóvenes cuyas edades se mueven entre los veinticuatro y los treinta y cinco años aproximados, que han llegado a las universidades sin ganas de leer y sin ganas de pensar, y que en las elecciones generales pasadas votaron a favor de un “novedoso” personaje, aparentemente “outsider”, que al revés de un verdadero político se ha proyectado como si fuera un enorme chiste, con sólo observarlo a primera vista. Por supuesto que hay muchachos interesantes en las edades mencionadas que participan en talleres literarios y en grupos de lectura y reflexión, tal como el “Círculo Universal de Tegucigalpa Kurt Gödel”, para solo colocar un ejemplo que conozco en forma directa. Pero estamos hablando de la excepción de la regla. En tanto que la verdadera regla hondureña y probablemente de muchos países del mundo, es la vaciedad cultural y el desencanto que ello produce, para hundimiento de las viejas generaciones, y para perjuicio de los jóvenes mismos. Con jóvenes iletrados que poco o nada saben de su verdadero pasado, la sociedad caminará sobre las peores encrucijadas de la “Historia”, sin ninguna estrella polar que ilumine el horizonte.

            Para poseer conocimientos consistentes hay que leer consistentemente. O cuando menos acercarse a este propósito de la vida. Para pensar en forma correcta se necesita el auxilio de lenguajes más o menos correctos. Comprendo que analizar a la sociedad hondureña actual es harto complicado. Pero más complejo se pone el asunto si los viejos, los maduros y los jóvenes estamos poseídos de la superficialidad y del fanatismo, con unos lenguajes cada vez más pobres y rencorosos al momento de intentar expresar ideas. No queremos oradores histriónicos al estilo de Hitler; pero sí queremos gente con capacidad de coordinar pensamientos equilibrados para el beneficio individual y societario.   

            En el plano personal me siento un tanto frustrado por esta incapacidad que exhibimos los hombres y mujeres otoñales al momento de pretender transferir nuestros conocimientos a las nuevas generaciones. Comprendo que debemos conversar y “bajar a su nivel”, con el único propósito de ayudarles a subir el nivel cultural o espiritual. Un libro que tal vez podría ser interesante se titula “Los Desheredados; por qué es urgente transmitir la cultura” (2018), del joven filósofo francés, realmente joven, François-Xavier Bellamy, para asumir un tono imparcial en los diálogos de altura de nuestro momento actual.

            Tegucigalpa, MDC, 21 de julio del año 2019. (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el jueves 25 de julio de 2019, Pág. Cinco).

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