Juan Ramón Martínez

Para justificar el error político, Fidel Sánchez Hernández, llamo a la invasión en contra de Honduras guerra de “legítima defensa”. 57 años después, Centroamérica y las dos sociedades: la salvadoreña y la hondureña, siguen mostrando las heridas de aquella acción política irracional que solo dictó la falta de liderazgo consistente en los dos países, con capacidades para mantener el dialogo; e impedir llegar al uso de las armas para desangrar a las dos naciones más parecidas de la región. El padre Ellacuría –muerto por los militares salvadoreños en forma criminal y cobarde– escribió que los dos países tenían ideas equivocadas, uno del otro. Y que por ello no se entendían. Y tenía razón.

Unos pocos dirigentes de El Salvador y de Honduras, han creído que el peligro para la existencia de su país, es el vecino. Y que por ello, deben estar preparados para matarse. Mientras tanto, hacen lo posible para debilitar al otro. Ahora es Bukele, dentro de un esquema de mercadeo que quiere destruir la seguridad en sí mismos de los hondureños. Para lo que ha emprendido una campaña del “buen vecino”, amigo del pueblo; pero enemigo de los gobernantes que no tienen la popularidad suya; y tampoco el control y domino dictatorial con la que quiere conquistarnos y dominarnos.

Se cree Morazán. Se coloca por encima de los demás gobernantes –a los que menosprecia sin  disimulo– y además, levanta el espíritu del héroe de Perulapan, sobre cuyos despojos incluso ha emprendido una extraordinaria modificación de su monumento funerario, para confirmar su superioridad; y hacer que los hondureños se sienten cada día menos ante su figura mediática y su voluntad de carcelero universal.

La guerra de 1969 dejó una lección: en los conflictos armados algunas veces pierden los dos contendientes. La incapacidad militar para dominar a Honduras, como era el objetivo cuscatleco, creó las condiciones para la guerra civil y el fin de la hegemonía de los militares en el control del poder. Frenó el desarrollo económico de El Salvador y el ímpetu de su crecimiento jamás ha sido recuperado.

Honduras también perdió. “El Reformismo Militar” -en Honduras- se ahogó en la sangre de los inocentes de Olancho y en las lágrimas de los salvadoreños expulsados en forma ingrata desde territorio hondureño. Y aunque regresamos al estado de derecho con la inauguración de un gobierno civil en 1982, jamás hemos podido eliminar los problemas que impiden nuestro desarrollo. Seguimos –con una población triplicada– siendo el país de menor desarrollo de Centroamérica.

En vez de la guerra precedida de las conductas inamistosas por ambas partes, lo cerebral y correcto es la rectificación. No pueden seguir creyendo que Honduras es conquistable con pedazos de dulce de panela. O que El Salvador va dejar de imaginar que le queremos invadir militarmente cada vez que un desfile de nuestros burócratas uniformados se coloca frente a sus ojos. El mundo requiere actitudes nuevas para enfrentar los retos  que no tienen límites y que no se detienen en las fronteras.

Esta es la época de la cooperación constructiva, de la competencia bajo reglas claras. Sin cartas marcadas bajo la mesa. El tiempo de las trampas infantiles, el juego de querer entrar por la puerta de la cocina, abandonando lo principal donde esperan los saludos fraternos, es una estupidez.

Aunque los hondureños no son santos y en 1969 no siempre fueron justos con los salvadoreños que vivían en Honduras y que contribuían al desarrollo de nuestro país, este no es el momento de la revancha o el resentimiento ciego. Es la hora de ver hacia adelante. Cooperando las dos naciones, para construir el futuro común.

La Prensa, SPS, Honduras 9 de julio de 2026

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