Por: Vilma Mejia.

San Pedro Sula, cortes. Este 29 de abril, el Día Internacional de la Danza en Honduras es, ante todo, una reivindicación. Celebramos la persistencia de generaciones de artistas que han sostenido el movimiento con recursos propios, pero esa celebración no debe ocultar una deuda histórica: el acceso a la cultura no es un privilegio de pocos, es un derecho humano y un componente fundamental de la educación pública.

En un país donde el presupuesto para las artes es tratado como un gasto prescindible, se ignora que la formación cultural es tan básica y necesaria como cualquier otra materia escolar. Para los niños y niñas, bailar debería ser un camino accesible y gratuito garantizado por el Estado, no un acto de resistencia individual. Hoy denunciamos la falta de voluntad política para integrar la danza en el sistema educativo nacional y la invisibilización de una profesión que, aunque carece de garantías laborales, sigue siendo el pilar de nuestra identidad.

Para entender por qué la danza sobrevive en la precariedad, es imperativo señalar cuatro pilares de abandono que sostienen esta crisis: El arte como un lujo para pocos: Ante la inexistencia de programas públicos y el colapso de la infraestructura estatal, la danza se ha convertido en un privilegio de clase. El Estado ejerce una forma de violencia cultural al negarle a la niñez de los sectores vulnerables el acceso al arte, dejando la formación casi exclusivamente en manos de academias privadas para quienes pueden pagarlas. El exilio del talento: Honduras está exportando su riqueza intelectual y creativa. Al no existir un futuro laboral digno, los bailarines más brillantes se ven forzados a abandonar el país para no morir en la indigencia profesional, regalando su talento a naciones que sí valoran su disciplina.

Por otro lado, en la Casa de la Cultura de San Pedro Sula es el epicentro de esta lucha. A inicios de 2025, surgió una controversia debido a una propuesta de la Secretaría de Educación para instalar la Escuela Normal Bilingüe del Valle de Sula en el mismo inmueble. Miembros del Consejo Cultural y el Club Rotario se opusieron firmemente, argumentando que el edificio fue destinado por ley para fines culturales y para la Escuela Nacional de Artes desde hace más de 20 años.

En 2024 se anunció una inversión de L2.5 millones para la restauración de la infraestructura (pisos e instalaciones eléctricas). Sin embargo, la comunidad artística cuestiona la ejecución real de estos fondos, ya que la infraestructura física sigue mostrando un deterioro crítico que sugiere que el presupuesto se diluye en burocracia.

A pesar del deterioro, la institución sigue impartiendo talleres. En abril de 2026, se realizaron clausuras de módulos de costura y se celebró el Festival de las Artes. Programas como “Mi casita en el barrio” buscan llevar formación gratuita a colonias vulnerables, demostrando que es el esfuerzo humano el que sostiene la llama ante la desidia estatal.

El estigma masculino: Una barrera invisible

El maestro Gabriel Fernández fue enfático en señalar que el problema de la danza en Honduras no es solo económico, sino cultural y de género. Durante la entrevista, relató cómo la presión social actúa como un filtro que expulsa a los varones de las aulas antes de que puedan profesionalizarse.

“Muchos jóvenes llegan con un talento natural increíble, pero se enfrentan a un entorno que les dice que la danza no es para hombres. Ese estigma pesa más que el cansancio físico. En academias como CENSEA, vemos cómo los grupos de niñas están llenos, pero los varones son casos aislados. Actualmente, apenas contamos con tres alumnos hombres en el área de ballet; es una cifra que debería preocuparnos a todos porque nos dice que estamos perdiendo artistas por culpa de prejuicios arcaicos”, explicó Estela Paz, directora de CENSEA.

La precariedad laboral y el “cuerpo que se agota”

Uno de los puntos más críticos de la entrevista con Fernández fue la desprotección absoluta en la que viven los bailarines hondureños. Al no existir un marco legal, el cuerpo que es su herramienta de trabajo está a merced de la suerte.

“Si un bailarín se lesiona en Honduras, está solo. No tenemos seguro social especializado en lesiones de alto impacto, no hay convenios con clínicas de fisioterapia y mucho menos un plan de jubilación. Un bailarín de 40 años, después de haber entregado su vida al arte, se encuentra en un vacío legal donde no tiene derecho a nada. Por eso el ‘exilio del talento’ es una realidad: se van porque aquí el sistema no los reconoce como trabajadores”, denunció el maestro.

Actualmente, la matemática de la supervivencia en Honduras no deja espacio para la expresión artística. Mientras el costo de la canasta básica alimentaria ya supera los L16,200.00, el salario mínimo promedio apenas roza los L14,100.00. Esta brecha negativa obliga a las familias a priorizar lo básico: comer o pagar los servicios públicos, cuyos costos se han disparado tras las constantes alzas al precio de los combustibles en este primer cuatrimestre de 2026.

Bajo este escenario de asfixia económica, pagar una mensualidad por clases de danza sin sumar el costo del transporte que sube al ritmo de la gasolina deja de ser una opción educativa para convertirse en un lujo prohibitivo. El Estado, al no ofrecer alternativas públicas gratuitas y de calidad, está sentenciando a la danza a ser una disciplina de élite, robándole el derecho al movimiento a miles de niños y jóvenes que hoy viven en condiciones de vulnerabilidad.

Ante este vacío estatal, la responsabilidad de democratizar el arte ha recaído sobre los hombros de las instituciones privadas. Academias como el Centro Sampedrano de Enseñanza Artística (CENSEA), conscientes de esta realidad,

han integrado en su modelo de gestión un compromiso con la sociedad a través de becas educativas. Estos programas permiten que talentos brillantes, que de otro modo quedarían excluidos por su situación financiera, puedan acceder a una formación de alto nivel.

Sin embargo, estos esfuerzos privados son oasis en un desierto de gestión pública; la formación de un artista no debería depender exclusivamente de la buena voluntad de particulares, sino de una política cultural robusta que garantice que el arte sea un derecho y no una excepción.

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