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Desde hace varios años, las feministas latinoamericanas han colocado en el centro de sus discusiones lo que Rita Segato denominó la guerra contra las mujeres, haciendo referencia a una nueva forma de organización del poder político, de orden paraestatal y criminal, cuyo objetivo estratégico son los cuerpos de las mujeres y sujetos feminizados.

En esta guerra no declarada, los cuerpos funcionan como garantes del dominio territorial del crimen organizado; aunque simbólica, esta función se materializa en la violencia expresiva contra las mujeres, donde es común el exceso de crueldad (Segato, 2014).

Sin embargo, la guerra contra las mujeres posee otro protagonista: el capital privado. María Mies, en su libro Patriarcado y acumulación a escala mundial, expone que, con el advenimiento del modelo económico neoliberal en la década de los setentas, se generó un nuevo proceso de acumulación capitalista que integró a las mujeres del Tercer Mundo a la economía global del mercado.

Por abstracta que esta discusión pueda parecer, se concretiza en la vida de miles de millones de mujeres que hoy, por la pandemia del nuevo coronavirus, se ven obligadas a permanecer bajo algún estado de confinamiento en sus casas, y Honduras no es la excepción.

Este retorno al espacio doméstico, históricamente feminizado, nos hace reflexionar sobre las transformaciones que la guerra contra las mujeres adquiere en esta escena global, y su capacidad de adaptarse a “la cuarentena” como nueva forma de organización social en un mundo neoliberal profundamente desigual.
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