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Cuando los hijos “pegan”

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Fotografía cortesía de diario El Heraldo

Sábado 08 de julio de 2017

Por: Luisa Agüero

Una mujer de 46 años fue detenida por golpear de manera brutal a doña Abelina Martínez, su anciana madre de 84 años.  Las autoridades de Trinidad, Copán, recibieron la alerta por una llamada anónima y así pudieron llegar hasta María Hilda Martínez, la agresora de la mujer que la trajo al mundo, en la aldea Agua Zarca, un recóndito lugar del occidente en nuestro país. Los golpes fueron múltiples y en innumerables ocasiones, por lo cual fueron los propios vecinos quienes dijeron basta y se comunicaron con la policía.

Sin embargo, no todos estos casos trascienden y muchos quedan ocultos entre el miedo y las amenazas de sus vástagos o de familiares cercanos. “Es muy duro dar el paso de denunciar a tu hija. Cuando es reincidente más aún. Si hubiera sido la primera vez, pues perdonas. Y la segunda, también. Pero en mi caso era ya la tercera, y ya dije que no aguantaba más… Mi integridad física peligraba, la próxima vez mi hija me mataba en un momento de ira”. Este testimonio lo brindó una mujer que llamaremos María, madre de 67 años, quien pidió mantener su nombre en la privacidad por la vergüenza de una hija, de quien  hace cinco años no sabe nada. “Andaba con los planes de irse y seguramente lo hizo porque nunca volví a saber nada de ella”, cuenta al sacar de adolorido corazón lo que durante mucho tiempo cargó  en silencio a sus espaldas.

Su hija, un día se levantó y dijo que no quería estudiar más. Su madre le recordó que ella y su padre se levantaban todos los días a las cinco de la mañana para trabajar y  pagarle los estudios. “Se puso como una histérica, me dio  mordiscos, puñetazos, de todo. Ahí dije que ya no aguantaba más”, nos contó.

El fenómeno aún es minoritario, pero muy serio, y no menos preocupante. En los últimos dos años, la Fiscalía del Consumidor y la Tercera Edad dio cuenta de 200 denuncias de maltrato contra personas mayores de 60 años, de las cuales, 145 fueron por violencia intrafamiliar, 10 de abandono y 49 de negación de asistencia por parte de parientes cercanos.

Hay algo cierto: el número de casos aumenta a velocidad de vértigo: padres que ponen un pasador en la puerta de la habitación porque temen que su hijo cumpla las amenazas que va soltando de día -“Cada vez que salía algo de malos tratos en la televisión  me decía: Vas a acabar así”, cuenta María.

Los expertos hablan de una patología social propia de la época contemporánea, que afecta a familias de todas las clases sociales. Los padres, desbordados, se muestran renuentes  a pedir ayuda por miedo al estigma que supone el sentir que fracasaron  educando a sus hijos.

En promedio se han recibido desde 2013, seis denuncias semanales en los cuales los afectados son personas de la tercera edad.

Hay quienes consideran que el problema esencialmente es la educación demasiado permisiva y sin límites que recibieron los hoy hijos tiranos. Otras voces hablan del síndrome del emperador. Creen que hay niños que nacen con una cierta predisposición genética a comportarse así y piden que no se haga tanto énfasis en la culpa de los padres para que el peso del estigma no les impida pedir ayuda antes de que sea tarde.

El pequeño tirano busca ante todo revertir el orden jerárquico de la familia, quiere tomar el control de la casa recurriendo a todo tipo de violencia psicológica y física, sin importarle el dolor que pueda infligir a sus seres cercanos. Va avanzando paso a paso, tanteando y chantajeando a unos padres que dan a torcer su muñeca una y otra vez hasta que pierden todo tipo de autoridad.  “Acababa cediendo siempre, haciendo todo lo que ella quería para no provocarla. Si ella te decía esto, yo cedía para no enojarla, y volvía  a hacerlo para que no chillara, para que no  amenazara con que se iba de la  casa”, cuenta María. “Me metía en la cama a veces con miedo. A mí me anulaba, pero a mi marido, no la dejaba comer en la cocina con ella. ‘Yo con este cerdo no quiero cenar, que se quite de en medio’, nos decía. Se convirtió en la reina y señora de la casa y nosotros en sus sumisos esclavos”, recuerda entre lágrimas.

El fenómeno es relativamente nuevo y no hay unanimidad entre los expertos. Quienes lo han estudiado de cerca insisten en separar este nuevo perfil de violencia de casos como el del hijo toxicómano que recurre a la fuerza para conseguir dinero, o de jóvenes que tienen alguna enfermedad mental que propicia ataques violentos. Tampoco suele ser una respuesta a unos padres excesivamente autoritarios ni tiene por qué darse en familias desestructuradas.

Una educación liberal demasiado permisiva, en la que los roles y la jerarquía se ha borrado, es el lugar ideal para que emerjan este tipo de comportamientos. Suele  ocurrir en familias donde la relación entre padres e hijos está en pie de igualdad, donde las normas no se imponen sino que se negocian; en casos de padres sobreprotectores, que afirman querer a sus hijos “hagan lo que hagan”; en familias con progenitores insatisfechos con sus roles, que sienten que sus vidas están vacías o que no querían tener hijos.

Los especialistas también coinciden en otras dos cuestiones: la madre es en la abrumadora mayoría de los casos la víctima; y el problema se está feminizando, a la vista del aumento de casos de hijas agresoras.

“Para mí, el mayor error que he cometido fue intentar ser su amiga en vez de su madre”, prosigue María. “Queremos ser tan amigos de los hijos y darles tanto. Ese ha sido otro error mío, darle todo lo que yo no he podido tener, porque vengo de una familia humilde”.

Otra perspectiva

Disimulado bajo una capa de negligencia, abuso de confianza en el plano económico o mediante pequeños desprecios como falta de atención, el maltrato a personas mayores, a los ancianos, ha ido creciendo sigilosamente en Honduras en los últimos años.

Con el silencio de las víctimas como cómplice y sin cifras oficiales del número de ancianos en situación de riesgo, los expertos alertan de un aumento importante del maltrato en este colectivo. Solo por casos de violencia doméstica, se atendieron unos 13, 000 casos a nivel nacional hace tres años, de los cuales 1, 212 fueron denuncias de hombres en contra de las mujeres, el 7,8% más con relación al  año precedente.

Otro caso conocido fue el de Indira Herrera, quien resulto presa después que su madre denunciara las golpizas que le propinaba. Algunos de esos hechos no trascienden pero forman  parte de los delitos que deberían mantener ocupados a los defensores de la tercera edad en el Ministerio Público (MP).

La madre violentada por su propia hija enferma alcohólica y drogadicta, Martha Valladares, se presentó al MP mostrando moretes en los ojos, una herida en  la cabeza, en una mano y con un brazo quebrado y varias partes del cuerpo con laceraciones que le imposibilitaban caminar. Eso fue más que suficiente para que la Unidad de Delitos Especiales pudiera seguir otro proceso de dolor, pero esta vez, para que las autoridades lograran buscar justicia en contra de su hija.

Lo cierto en que, en los dos últimos años, la  violencia entre hijos contra padres y abuelos no puede obviarse. Es algo que enfrentamos, aunque no trascienda como las cifras de la inseguridad.  Alrededor del 20 y 25 por ciento de las denuncias que entran a la Fiscalía del Consumidor y la Tercera Edad, corresponden a delitos relacionados con violencia física y psicológica hacia el adulto mayor.

Estas, son denuncias que tienen que ver, específicamente, con abandono y pleitos en el núcleo familiar en el cual se incluye la violencia psicológica y física que a veces, hasta por años han venido soportando los familiares en edad adulta. Sin embargo, lo que hay que tomar en cuenta es que no muchos se atreven a denunciar.

Al desnudo

A falta de datos específicos sobre la situación general, las cifras obtenidas, dan visibilidad tan solo de una parte del problema, ya que hacen referencia exclusivamente a las denuncias por violencia doméstica —que recoge las agresiones o tratos vejatorios por parte de una persona a un miembro de su núcleo familiar o de convivencia—, sin tener en cuenta el maltrato en el ámbito de la pareja, la violencia económica o el abuso en el ámbito de las instituciones, entre otras.

Aun así, las cifras de las que se dispone han disparado las alarmas de los servicios sociales y plasma un panorama de la reincidencia de las situaciones de abuso sobre la figura, normalmente desvalida, del anciano.

El problema es multifactorial.  Las causas para volverse en contra de un familiar en edad mayor, son muchas en nuestro país, pero una de las más importantes se debe a los vicios de alcoholismo y drogadicción de los hijos, nietos y hasta bisnietos.

Muchas de las personas adultas que se atrevieron a denunciar, al momento de brindar su declaración declinan en dar detalles, ante el temor de volver a sus hogares y ser víctimas de las descargas de furia de sus hijos u otros parientes que se hayan dado cuenta de la denuncia.

Por otra parte, el temor a sus mismos parientes, es otra de las limitaciones por la que cientos de adultos mayores no se abocan a las autoridades. Lo cierto es que estas personas sienten tanto pavor  que prefieren “pedirle a Dios” que haga justicia por ellos y escuche las súplicas para que el ultrajador cambie “de actitud” hacia ellos.

Las pocas cifras conocidas resultan preocupantes pero se quedan cortas porque no siempre trascienden, únicamente cuando son publicadas por algún medio de comunicación. Lo que resulta contundente es que los adultos mayores temen denunciar porque no desean ser víctimas de represalias y optan por “sufrir” en silencio.

La furia que se refleja en los golpes e insultos que reciben los ancianos por parte de sus familiares, se debe también  a que, en algún momento, llegan a convertirse en una “carga” para sus parientes que aducen no poder afrontar la alimentación, el cuidado en la salud que incluye compra de medicamentos, higiene o hasta un poco de atención. Y aunque resulte difícil de creer, disputas por herencias fragmentan familias y separan  a los hijos, padres y  hermanos del adulto mayor que se unen  para eliminar el problema.

La edad que corresponde al adulto mayor es a partir de los 60 años, la llamada tercera edad, pero el mismo término abarca a las personas de 86 años en adelante en su etapa de ancianidad, a la que también se les ha impuesto un alto grado de intimidación y violencia por parte de los miembros de su familia.

Muchos ancianos esperan vivir un futuro mejor. Lejos del olvido, de la indiferencia y del rencor de sus familiares.

Le consultamos  a miembros de la policía preventiva, en San Pedro Sula, sobre el número de denuncias que atienden de personas mayores maltratadas por sus familias y las cifras manejadas son, hasta cierto punto, “conservadoras”.

La población de adultos mayores constituye uno de los grupos “frágiles” que urge de atención inmediata y especial, porque está siendo afectada por la pobreza. En la actualidad el 70.8 por ciento de los ancianos  se encuentra en situación de pobreza y, de este total, el 55 vive en situación de pobreza extrema. De cada diez hondureños adultos mayores, siete se encuentran en pobreza y cinco y medio en situación de pobreza extrema, manifiesta un informe anual de la Comisión Nacional para los Derechos Humanos, (CONADEH).

De un total de 426 mil  463 mil ancianos hondureños, solo 23 mil 397, es decir el 5.5 por ciento, cuenta con una pensión. Miles más se ven obligados a vivir de la caridad, mientras tres de cada diez trabajan para vivir. Un buen número de ellos es víctima de golpes y de abandono por parte de sus familiares.

Si bien es cierto,  existe una Ley de Atención Integral a la Persona Adulta Mayor, su aplicación todavía enfrenta tropiezos, sobre todo porque no existe una cultura de tolerancia hacia los ancianos, ni respeto desde el ámbito familiar, hasta el derecho a contar con lo mínimo para vivir.

Honduras tiene una ley de protección de los ancianos que se aplica cuando se conocen los casos. Sin embargo, ni todas las víctimas denuncian los hechos ni la mayoría de los procesos judiciales llegan a resolverse. “La justicia va lenta y puede pasar mucho tiempo desde que se denuncia hasta que hay una resolución judicial, y, en ese tiempo, el denunciante, por regla general, tiene que seguir viviendo con sus familiares, los denunciados, los que presuntamente le han maltratado.  Los vínculos afectivos son los que los disuaden de seguir con el proceso. “Muchas denuncias se quedan en nada porque las retiran”.

Según los expertos, además de las agresiones y los golpes, existen otras acciones, como el abuso de fármacos por ejemplo, que pueden considerarse maltrato físico. Las humillaciones entrarían dentro de la violencia psicológica y los movimientos inusuales en cuentas bancarias o testamentos se incluyen en el apartado de vejaciones económicas. Si usted es una  persona de la tercera edad,  víctima de la violencia a manos de algún familiar o conocido, no dude en llamar a la Fiscalía a los siguientes números: 25661120 ó 25662882, a la Fiscalía de Turno al 25500510, a la Estación Policial al 25523171, o directamente al 911, en busca de apoyo.

Hoy queda más que claro que se debe fortalecer el desarrollo moral de los hijos, ser más vigilantes en la elección de las normas, encontrar los incentivos que permitan que el joven responda a los límites. La denuncia, es necesaria cuando los padres no tienen capacidad para reencauzarlos. Las familias no deben guardar esto en secreto. Para eso, los profesionales y los poderes públicos deberían cambiar de actitud y entender la desgracia que padecen, y no aumentarla estigmatizándolos.

Este problema que hoy  está saliendo a la luz, esconde más casos de personas mayores  que soportan malos tratos y no los denuncian porque el temor es muy grande. Hablar de esto es una manera de abrir la puerta  para que otros adultos, en situaciones parecidas, se animen a compartir sus vivencias. De esa forma, se podrán aplicar  nuevas estrategias de intervención y especialización  entre las instituciones  que atienden y orientan a las víctimas.

 

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