Juan Ramón Martínez
La elección de la Junta Directiva Provisional del Congreso nos permite recuperar las esperanzas. Y hacer de la reconstrucción del Congreso la base para fortalecer y blindar las instituciones democráticas, base del desarrollo nacional. Y así lograr que nuestro país vea la luz al final del túnel. 87 diputados de cuatro partidos políticos y un diputado del PLR, han prometido el respeto a la ley, rechazo a las patadas en el hemiciclo para devolverle el decoro al Congreso, blindando las instituciones básicas del estado de derecho: CNE, Fiscalía General y FFAA. Su promesa es una indicación que la mayoría calificada del Congreso, conoce que tiene una tarea reconstructiva por delante. Y que deben derribar paredes que separan al pueblo de sus legisladores; suspender prácticas que desnaturalizan su función legislativa y construir puentes para que que el respeto a la ley vuelva a ocupar el primer lugar sobre el que instalar la fuerza que vigile al Poder Ejecutivo para que no se aleje de sus obligaciones constitucionales de servirnos.
Lo que oímos fueron palabras, promesas e ilusiones. Pero hay que crearlas para obligar a los promesantes a cumplirlas. Es difícil no dudar. Todavía hay diputados con gorras de guerrilleros infantiles. con estrellas rojas que nunca podrán brillar en el cielo nacional. Es difícil descubrir que entre los 87 diputados hacen falta legisladores que no mas ayer, cuando parecía que el Congreso era una cueva de Ali Baba se pararon, levantaron la cabeza; y pusieron hidalgamente su pecho para defender a Honduras. Es inaceptable imaginar siquiera que ausencia – algunos amigos nuestros – se debe a que no les dieron puestos y beneficios. Y menos que sea porque están al servicio del caudillo de Lepaguare o su escudero el “divo” de la televisión.
Pero hay que defender el concepto – que algunas veces lo hemos olvidado – que los diputados son nuestros servidores, mandaderos. Y nosotros sus mandatarios. Para que, constituidos en vigilantes, en cada departamento, constatemos que están dedicados a sus tareas. Que no se descuidan el mandato. Y que se presentan a trabajar y a cumplir con sus obligaciones. Los diputados no son los dueños de los electores; ni de los territorios que representan. Tampoco agentes vinculantes entre el Congreso y el Ejecutivo. Ni ejecutores de proyectos. Son servidores. Una sola funcion legislar y defender nuestros derechos vigilando al ejecutivo. Por lo que debemos controlarlos. Y por la Comisión de Ética, someterlos disciplinariamente a quienes descuidan sus obligaciones para entregarse al gozo del poder, al enriquecimiento fácil y a las tentaciones de la corrupción.
Conclusión: para que cambien tenemos que cambiar. Débenos vigilar sus conductas y sus relaciones. No podemos permitir que se sienten superiores. Porque allí crece la cizaña que facilita la corrupción, el deshonor y el autoritarismo. Los diputados no son los dueños del departamento. No deben nombrar empleados. Debemos llamarles la atención y denunciarlos en forma valiente, como se hace cuando uno contrata jardinero y este no nos poda los rosales y no fertiliza los jazmines. Para dedicarse a la lujuria de los vicios y la holganza.
Si los electores descubrimos que el respeto a la ley, la obligación de hacer lo que ordenan las reglas y no los caprichos de los que imaginan que el poder les permite hacer lo que les da la gana, podemos usar la capacidad del legislador para ordenar las cosas y desarrollar al país. Los ciudadanos tenemos que rescatar nuestra superioridad para que los diputados y todos los demás funcionarios, sean nuestros subordinados trabajando exclusivamente para lograr nuestra felicidad.
Pero si seguimos creyendo que los diputados son superiores; que pueden darse de patadas; y, nosotros no hacer nada para corregir sus malacrianzas nada cambiara. Y el país se hundirá inevitablemente. Muchos olvidan que fuimos parte de una Republica Centroamericana que solo duro 15 años; y que Honduras si la siguen gobernando usurpadores como Redondo o extorsionadores como Mel Zelaya, puede desaparecer el 2050 como ha anunciado el historiador hebreo Jubal Harari.
Podemos rectificar los errores de este cuatrienio. Ocho de cada diez hemos entendido que Redondo nos ha enseñado la oscuridad de los precipicios. Y descubierto en forma dolorosa que si caemos otra vez no nos volveremos a levantarnos. Por lo que es obligatorio hacer sentir a los diputados que no nos compran. Que no somos sus sirvientes. Que la soberanía reside en nosotros. Y que la superioridad está en nuestras manos, porque con ellas, depositamos los votos, convirtiendolos en nuestros legisladores.

