Doctor HORACIO ULISES BARRIOS SOLANO, Premio Nacional de Ciencia “JOSÉ CECILIO DEL VALLE”

VIENEN…Joan Robinson demostró en su artıculo de 1953 que para medir el capital era necesario conocer los precios, los cuales a su vez necesariamente contienen la tasa de beneficio, por lo cual esto no era posible, punto es esencial, para comprender la “Controversia de los Cambridge” y [1]“parece, pues, que la controversia ha terminado. Debemos aceptar (aunque el error persiste en los manuales) que se ha demostrado que la productividad marginal del capital en el conjunto de la industria es una expresión carente de significado. La investigación encaminada a determinar las leyes que regulan la distribución del producto de la tierra entre las clases que componen la comunidad deberá orientarse en otro sentido” [2]“Ser mujer en el mundo de la Economía académica nunca fue fácil, y lo era aún menos en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, una joven británica consiguió brillar en la Escuela de Cambridge y obtuvo el reconocimiento no solo de figuras como Keynes, sino también de sus detractores. Se llamaba Joan Robinson, pero solían referirse a ella como “la señora Robinson”, por un motivo que reflejaba bien los prejuicios del momento: si la mencionaban solo por su apellido, todo el mundo daba por hecho que hablaban de un hombre.

Nacida en 1903 en el seno de una familia acomodada, aprendió de su padre, un militar represaliado por criticar la política inglesa en la I Guerra Mundial a defender sus ideas y asumir las consecuencias. Estudió Economía en el Girton College de Cambridge de la mano de Maurice Dobb y se casó con Austin Robinson, editor del Economic Journal. Con él y con James Meade, Roy Harrod, Richard Kahn y Piero Sraffa formó el denominado “Circo de Cambridge”, un grupo de jóvenes economistas en torno a Keynes, al que ayudaron en 1936 a publicar y difundir su Teoría General. Robinson fue una de las cuatro personas a las que Keynes menciona en su prólogo, y de las primeras que dio pie al estudio de la macroeconomía como una “teoría de la producción como un todo”.

Colaborar con Keynes no le impidió desarrollar sus propias teorías: en 1933 publicó Economía de la Competencia Imperfecta, donde sistematizaba las imperfecciones de la economía de mercado e introducía conceptos como el de monopsonio (   o monopolio de demanda) para reflejar el poder de fijación de precios que poseen los demandantes únicos de bienes o factores –por ejemplo, el que tiene el sector público español sobre los salarios de los médicos o el que podría llegar a tener Uber sobre los taxistas. Tenía la virtud de escribir de forma clara y accesible sobre los temas más complejos.

A raíz de un importante artículo suyo publicado en 1954 se vio envuelta en la denominada Controversia del Capital o Controversia de los dos Cambridge entre el Cambridge neorricardiano inglés –que representaban Piero Sraffa y ella y el Cambridge neoclásico estadounidense del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) –representado por Samuelson y Solow. Bajo la aparente complejidad técnica del debate yacía una idea simple y relevante: la teoría económica neoclásica basaba la superioridad del mercado a la hora de asignar recursos en la existencia de individuos y empresas que maximizaban su utilidad y sus beneficios; ahora bien, para que los precios relativos de bienes y factores reflejasen adecuadamente su escasez relativa era imprescindible que la maximización se hiciera en términos reales –es decir, que precios y cantidades se expresaran en unidades del bien y por unidad del bien x o unidades de capital por unidad de trabajo. Esto, sin embargo, se convirtió en un grave problema en el ámbito de los factores productivos cuando se trataba de maximizar la producción para unos factores trabajo y capital dados: el trabajo se podía agregar y homogeneizar en horas-hombre, pero el capital no se podía agregar en unidades físicas, al ser demasiado heterogéneo.

JOAN VIOLET ROBINSON

Este problema de la agregación del capital tiene implicaciones cruciales a efectos distributivos. Así, si para agregar bienes de capital hay que expresarlos en términos no reales sino, monetarios (multiplicando la tasa de rendimiento por el valor del capital, aunque se descuente luego la inflación), se produce una circularidad: no podemos obtener una relación entre tasa de rendimiento y cantidad de capital cuando valor y cantidad de capital vienen influidos a su vez por la tasa de rendimiento. Dicho de otra forma: si el capital no se puede agregar en una unidad física homogénea, los precios relativos de los factores (salarios y remuneración del capital) no tienen por qué reflejar su productividad marginal relativa como resultado de un proceso de maximización. No podemos entonces decir que las remuneraciones de los factores se corresponden de forma biunívoca con su aportación al proceso productivo, o, lo que es lo mismo, no podemos saber si la distribución de la renta derivada del mercado es o no justa. Hay una falacia de la composición al suponer que la posibilidad de vincular remuneración de los factores y productividad a nivel de empresa es replicable al nivel de la economía en su conjunto: la remuneración observada del capital a nivel agregado puede venir de la productividad del capital, o de factores institucionales totalmente ajenos a ella.

Los miembros del Cambridge estadounidense, con Paul Samuelson y Robert Solow a la cabeza, intentaron parchear el problema con hipótesis auxiliares, pero fue inútil. El propio Samuelson terminó reconociendo que no había una solución satisfactoria al problema: en un importante artículo  publicado en 1966 en el Quarterly Journal of Economics reconoció las “dificultades esotéricas” del problema y que “el cuento simple contado por Jevons, Böhm-Bawerk, Wicksell y otros escritores neoclásicos” –del que se deducía la existencia de una función de producción a nivel agregado– “no puede ser universalmente válido”, porque se basa en un supuesto clave falso: la posibilidad de agregación física del factor capital. La señora Robinson, por su parte, concluía: “Si existe alguna ley que rija la distribución de la renta, está aún por descubrir”.

Los lectores que piensen que desde entonces no se usa la función de producción agregada para estudiar la distribución de la renta se van a decepcionar: pese a su debilidad teórica (muy bien explicada en este artículo), sigue siendo una pieza fundamental de la teoría económica actual, y afecta a conceptos tan relevantes como la productividad total de los factores. No es que se use –que puede ser razonable–, sino que se usa como si el problema de la agregación no existiese. El argumento habitual de que “no hay alternativa mejor” se consideraría inaceptable en otras ciencias: vendría a ser como seguir usando la física newtoniana a nivel cuántico, o un mapa de Londres para intentar orientarse por Madrid con la excusa de que es mejor tener algún mapa que no tener nada.

Robinson viajó mucho por China y Corea del Norte, donde dejó que los regímenes de Mao y su “Revolución Cultural” y de Kim-Il-sung y su “Juche” nublaran su entendimiento respecto a lo que allí estaba ocurriendo con las libertades individuales. Esta complacencia con el comunismo le granjeó numerosos enemigos, y sin duda influyó para que jamás recibiera el Nobel, a pesar de haber sido propuesta en varias ocasiones –en 1975 el Business Week publicó un artículo dándolo por hecho–. Sí merecieron el premio, sin embargo, sus discípulos Amartya Sen y Joseph Stiglitz, quienes la recordaban como una mujer con un carácter difícil y un punto de intolerancia, pero con una solidez intelectual formidable.

A su muerte, en 1983, el siempre elegante Samuelson se mostró “sorprendido de que nunca recibiera el Nobel”, alegando que había sido “una figura muy polémica, pero también una figura muy importante”, y que admiraba su espíritu rebelde que “nunca quiso seguir la corriente” de la teoría imperante. Robinson –como buena discípula de Keynes– reconocía la importancia de las matemáticas en la economía, pero criticaba que se utilizaran para convertir la economía en una ciencia oscurantista. Asimismo, rechazaba la ligereza con la que se despreciaba –como hacía Milton Friedman– la importancia de la validez de los supuestos en Economía. “La economía cojea de una pierna por sus hipótesis no contrastadas y de la otra por sus eslóganes no contrastables”, decía con ironía.

La historia económica ha dejado que la merecida fama de la ganadora de la controversia de Cambridge se diluya con el tiempo –al igual que la propia controversia–, aunque su herencia sigue viva en la escuela postkeynesiana, cuyos representantes participan ahora de manera activa en la revisión de la economía tras la Gran Recesión.

Y eso que, en 1967 –poco después de la denominada por Blaug “declaración de rendición incondicionalde Samuelson, el nombre de Mrs. Robinson sonó mucho, aunque por otros motivos. El director de cine Mike Nichols encargó al famoso dúo Simon & Garfunkel la banda sonora de su película “El Graduado”, protagonizada por un joven Dustin Hoffman. Paul Simon, poco inspirado, decidió reutilizar una canción que había compuesto inicialmente en honor de Eleanor Roosevelt y Joe DiMaggio –a modo de ubi sunt[3] de los grandes héroes americanos– y adaptarla al nombre de la protagonista de la película: una mujer madura que mantenía una relación íntima con un hombre mucho más joven que ella –algo entonces escandaloso. Como “El Graduado” era hija de su época, el protagonista terminaba casándose con una insulsa chica de su edad, pero la canción “Mrs. Robinson” conservó al menos una parte del homenaje original a una mujer que tuvo que enfrentarse a los prejuicios sociales de su época: su primer verso, “Brindo por usted, señora Robinson”, era el reflejo de este reconocimiento.

Como el que merecía la otra señora Robinson, que también se enfrentó a los prejuicios y se atrevió no solo a destacar en un mundo académico masculino en el que, pese a sus aportaciones, no obtuvo el rango de catedrática hasta 1965, a la muerte de su marido, sino también a rebatir los errores de la teoría económica dominante. No solo era una mujer valiente: era valiente por partida doble; sin embargo, la historia de la cíclica controversia sobre la teoría del capital debería registrar al menos tres episodios.

  1. Quizá pueda remontarse hacia fines del siglo XIX cuando Eugene von Böhm-Bawerk discute no solo con un póstumo Marx, sino también con J. B. Clark, Irving Fihser y Thorstein. Veblen;
  2. Se remonta a la depresiva década del treinta del siglo XX, sus actores fueron Frank Knight, Freidrich von Hayek y Nicholas Kaldor, entre otros; y

El más “conocido” se produce en el último cuarto del siglo XX y es desde luego, la “Controversia entre las dos Cambridge sobre la Teoría del Capital” que nos ocupa. ¿Qué es el capital?¿Y en qué unidades se mide? fueron los eternos -y comunes- interrogantes de estas controversias y aún lo siguen sie


[1] Guía de lectura de Joan Robinson-ALFONS BARCELÓ

[2] https://blognewdeal.com/enrique-feas/brindo-por-usted-senora-robinson/

[3] Dónde están


[1] http://revistasupuestos.com/otros/2020/9/28/el-renacer-de-la-controversia-de-cambridge

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