Doctor HORACIO ULISES BARRIOS SOLANO, Premio Nacional de Ciencia “JOSÉ CECILIO DEL VALLE”

I ANTECEDENTES

“La Controversia de Cambridge” es tema desafortunadamente no lo enseñan en la UNAH y lo digo con conocimiento de causa como graduado de la misma, sin embargo, este extremo que me lo confirmó un connotado economista pues hay algunos colegas que duermen y se levantan con los postulados de la economía estándar, él fue quien me animó a investigar y posteriormente a divulgar sobre este tópico de poca difusión en la Academia; no obstante, fue mi maestro en la Maestría que cursé en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras yme acredita como el primer hondureño con un Máster en Gestión de Empresas Cooperativas; y hoy por hoy un amigo especial a quien le guardo respeto, consideración y alta estima.

El punto medular de la polémica desde 1953 es la pregunta que hizo la sobresaliente economista Joan Robinson[1] a los Premios Nobel’s como Paul A. Samuelson[2] y otros más de su época, pero ella no  obtuvo El Premio Nobel de Economía por el único pecado de haber nacido mujer y cuya pregunta que hasta la fecha no la han podido contestar siendo” la manzana de la discordia”, obviamente, si aplica el vocablo era “la medición del capital”, término acuñado por Harcourt[3] (1969).  

Explicar la importancia de tal concepto estribaba en que para medir la tasa de beneficio (el concepto teórico mas importante en una economía de mercado) es necesario medir el capital heterogéneo, para de ahí derivar la magnitud del beneficio por medio de la teoría de la productividad marginal[4].

II DESARROLLO

Ahora bien, soy de opinión, que para comprenderla transcribo a mis ciberlectores la  CARTA ABIERTA DE UN KEYNESIANO A UN MARXISTA[5] que a letra se lee:

“Debo advertirle que le será muy difícil seguir esta carta. No porque sea difícil, al menos así lo espero (no le importunare con fórmulas algebraicas, o curvas de indiferencia), sino porque le resultará tan desconcertante que no sabrá como tomársela

Ante todo, deseo aclarar mi postura personal. Usted es muy educado y procura que no se note, pero al ser yo una economista burguesa, el único interés que puede tener en escucharme es enterarse de qué tipo particular de insensateces voy a decir ahora. Peor aún, soy una keynesiana de izquierdas. Por favor, no se moleste en ser cortés al respecto: sé lo que piensa de los keynesianos de izquierdas.

Casi podría decirse que soy la keynesiana de izquierdas por antonomasia. Estaba sacando conclusiones rosáceas, en vez de azuladas, de la Teoría general mucho antes de que ésta se publicase. (Me encontraba en la situación privilegiada de pertenecer a un grupo de amigos que colaboraron con Keynes[6] mientras la escribía). Por tanto, fui la primera gota que cayó en la tinaja con la etiqueta “keynesianos de izquierdas”. Además, en la actualidad constituyo una proporción importante del contenido de la tinaja, ya que buena parte del resto se ha ido evaporando. Ahora ya sabe lo peor.

Pero deseo que me considere dialécticamente. El primer principio de la dialéctica es que el significado de una proposición depende de lo que niega. Conque la misma proposición tiene dos significados distintos según desde dónde se aborde. Sé aproximadamente desde qué perspectiva enfoca usted a Keynes y comprendo su punto de vista. Emplee un poco de dialéctica e intente comprender el mío. Estudié en una época en que la economía vulgar se hallaba en una situación particularmente vulgar. Ahí estaba Gran Bretaña, siempre con más de un millón de obreros parados, y ahí estaba yo con mi supervisor enseñándome que el paro era lógicamente imposible por la Ley de Say[7].

Ahora llega Keynes y demuestra que la Ley de Say es una tontería (Marx[8] también lo demostró, evidentemente, pero mi supervisor nunca me habló de las ideas de Marx al respecto). Además (y es por eso que soy keynesiana de izquierdas y no de la otra variedad), en el acto comprendo que Keynes está demostrando que el paro será un hueso muy duro de roer, porque no es un mero accidente; tiene una función. En resumen, Keynes me llevó a la misma idea del ejército de reserva de mano de obra, de la cual mi supervisor había procurado apartarme con tanto cuidado.

Si posee aunque sólo sea un poco de dialéctica, comprenderá que la frase “soy keynesiana” tiene un significado completamente distinto, cuando la pronuncio yo, que si la dijese usted (naturalmente, usted nunca podría llegar a eso).

Ahora voy a decirle aquello que le dejará demasiado anonadado o demasiado acalorado (según su temperamento) para comprender el resto de la carta: entiendo a Marx muchísimo mejor que usted. (En seguida le daré una interesante explicación histórica de por qué es así, si para entonces no se ha quedado tieso o hirviendo de cólera.)

Cuando digo que entiendo a Marx mejor que usted, no quiero decir que conozca el texto mejor que usted. Si comienza a bombardearme con citas me dejará fuera de combate en un instante. De hecho, ya desde un principio me niego a participar en este juego.

Lo que quiero decir es que yo llevo a Marx en la médula de los huesos y usted lo tiene en la boca. Tomemos, por ejemplo, la idea de que el capital constante es una materialización del trabajo aplicado en el pasado. Usted piensa que esta noción debe demostrarse con mucha palabrería hegeliana. En tanto que yo digo (aunque no empleo una terminología tan pomposa): “Claro, ¿qué otra cosa podría ser?”

Es por eso que logró embarullarme de tal forma. Como todo el rato estaba intentando demostrarlo, pensé que estaba hablando de otra cosa (nunca logré descubrirla) que debía ser demostrada.

Del mismo modo, supongamos que los dos deseamos rememorar un punto difícil de El capital, por ejemplo el esquema del final del Volumen II. ¿Qué hace usted? Lo mira en el libro. ¿Qué hago yo? Cojo un papel y lo reconstruyo.

Ahora voy a decirle algo aún peor. Supongamos, a título de mera curiosidad, que lo busco en el libro y resulta que la respuesta que había elaborado en mi trozo de papel no coincide con lo que en realidad dice el texto. ¿Qué hago? Compruebo mis deducciones, y si no puedo encontrar ningún error, busco el error en el libro. Supongo que más vale que no siga escribiendo, pues debe pensar que me he vuelto loca. Pero si es capaz de seguir leyendo, intentaré explicárselo.

Como he dicho, fui educada en Cambridge en una época en la cual la economía vulgar había alcanzado un bajísimo nivel de vulgaridad. Pero, así y todo, en medio de los disparates, se había conservado un precioso legado: el método de razonamiento de Ricardo.

Es algo que no puede aprenderse en los libros. Si desease aprender a montar en bicicleta, ¿se inscribiría en un curso por correspondencia? No. Pediría prestada una bicicleta vieja, se montaría en ella y se caería y se heriría las rodillas y se tambalearía hasta que de pronto, ¡ahí va!, sabría montar en bicicleta. Seguir un curso de economía en Cambridge era lo mismo. Y tal como sucede con la bicicleta, una vez se ha aprendido se convierte en una segunda naturaleza.

Cuando leo un párrafo de El capital, primero tengo que pensar a qué significado de c se estaba refiriendo Marx en ese momento: si se trata del stock total de trabajo incorporado, o del flujo anual de valor a que da lugar el trabajo incorporado (no es frecuente que nos facilite las cosas diciéndonos de qué se trata: es preciso deducirlo del contexto). Y salgo a toda marcha en mi bicicleta, perfectamente a mis anchas.

El marxista es muy distinto. Sabe que lo que dice Marx debe ser correcto en cualquier caso, ¿por qué malgastar, pues, energías mentales deduciendo si c es un stock o un flujo? Entonces llego a un punto en que Marx dice que se está refiriendo al flujo, aunque del contexto se desprende claramente que debería referirse al stock. ¿Qué hago? Dejo mi bicicleta y rectifico el error; vuelvo a montar y sigo adelante.

Ahora, imaginemos que le digo a un marxista: “Mire aquí. ¿Se está refiriendo al stock o al flujo?” El marxista dice: < > (“es el capital constante”, y me da una pequeña conferencia sobre el significado filosófico del capital constante. Le digo; “Deje el capital constante. ¿No habrá confundido el stock con el flujo?” Entonces el marxista dice: “¿Cómo iba a equivocarse? ¿No sabe que fue un genio?”, y me da una pequeña conferencia sobre el genio de Marx. Pienso para mis adentros: tal vez sea marxista, pero no sabe mucho de genios. Su activa mente procede paso a paso, tiene tiempo de avanzar con cuidado y no dar patinazos. Su genio lleva botas de siete leguas y avanza a todo tren, dejando tras de sí un rastro de pequeños errores (¿y qué más da?). Digo: “Dejé el genio de Marx. ¿Se trata del stock o del flujo?” Entonces el marxista se envara un poco y cambia de tema. Y yo pienso para mis adentros: es posible que este hombre sea marxista, pero no entiende mucho de bicicletas.

Lo interesante y curioso de todo ello es que la ideología que rodeaba mi bicicleta como una densa niebla cuando comencé mi trayecto tendría que haber sido muy distinta de la ideología de Marx y, sin embargo, mi bicicleta debería ser exactamente la misma, con algunos adelantos modernos y algunos modernos defectos. Lo que voy a decir ahora cae más dentro de su línea, conque ya puede relajarse un momento.

[9]Ricardo existió en un momento particular en el cual la historia inglesa estaba dando un viraje tan brusco que las posiciones progresivas y reaccionarias cambiaron de lugar en una generación. Se sitúa justo en el punto en que los capitalistas estaban a punto de sustituir a la vieja aristocracia terrateniente como clase efectivamente dirigente. Ricardo era progresista. Su principal preocupación era demostrar que los terratenientes eran unos parásitos de la sociedad. Con ello se convertía, en cierto modo, en defensor de los capital ¡si as. Estos formaban parte de las fuerzas productivas por con trasposición a los parásitos. Era más pro-capitalista con mira a los terratenientes que pro-obrero contra los capitalistas (con la ley de hierro de los salarios, los obreros siempre saldrían malparados, ocurriese lo que ocurriese). Ricardo tuvo dos discípulos capaces y bien preparado; Marx y [10]Marshall. Entre tanto, la historia inglesa había un dado el viraje y los terratenientes ya no preocupaban a nadie; ahora se trataba de los capitalistas. Marx modificó así el argumento de Ricardo: los capitalistas se parecen mucho a los terratenientes.

Y Marshall lo modificó en sentido contrario: los terratenientes se parecen mucho a los capitalistas. Pasada la curva de la historia inglesa topamos con dos bicicletas exactamente iguales: una se dirige a la izquierda y la otra a la derecha. Marshall hizo algo mucho más eficaz que modificar la respuesta. Cambió la pregunta. Para Ricardo, la teoría del valor era un medio para estudiar la distribución del producto total entre salarios, rentas y beneficios, cada uno considerado globalmente. Este es el gran problema. Marshall redujo el significado del valor a un pequeño problema: ¿por qué un huevo es más caro que una taza de té? Tal vez sea un pequeño problema, pero su solución es difícil y complicada. Se necesita mucho tiempo y bastante álgebra para deducir la teoría que lo explica, de modo que tuvo ocupados a los discípulos de Marshall durante cincuenta años. No tuvieron tiempo de pensar en el gran problema, ni tan sólo de recordar que existía un gran problema, porque tenían que estar siempre estudiando la teoría del precio de la taza de té. Keynes volvió a cambiar la pregunta. Comenzó razonando en términos de Ricardo: el producto global, y ya no tiene sentido preocuparse de una taza de té. Cuando se razona en términos de producto global, los precios relativos quedan diluidos, incluso el precio relativo del dinero y del trabajo. El nivel de precios entra en el planteamiento, pero sólo como complicación, no como cuestión esencial. Si tiene una cierta práctica en el manejo de la bicicleta de Ricardo no tendrá que detenerse a pensar cómo proceder en este caso, simplemente siga adelante: se prescinde de la complicación hasta haber resuelto el problema central. Con que Keynes comenzó por quitar de en medio los precios monetarios. La taza de té de Marshall se hizo humo. Pero si no podemos valernos del dinero, ¿qué unidad de valor tomaremos? Una hora hombre de trabajo. Es la medida de valor más asequible y razonable, de modo que, lógicamente, se adopta. No es preciso demostrar nada, sólo hacerlo y ya está. Como puede ver, volvemos a planteamos los grandes problemas de Ricardo y estamos utilizando la unidad de valor de Marx. ¿De qué se queja, pues? Por amor de Dios, no mezcle a [11]Hegel en esto. ¿Qué pinta Hegel entre yo y Ricardo?”

……………………………………………………………………………………….CONTINUARÁ


[1] Joan Robinson (19031983) fue una economista inglesa que formó parte de la denominada escuela pos keynesiana de Cambridge, Inglaterra. Constituye un paradigma de economista heterodoxa, ya que sus teorizaciones reunieron elementos de las más diversas escuelas oponiéndose generalmente a las distintas ortodoxias dominantes en la economía a medida que transcurría el siglo XX

[2] Paul Anthony Samuelson fue un economista estadounidense de origen judío de la escuela neo keynesiana. Es especialmente conocido por el planteamiento general del método de las estáticas comparativas que hizo en su libro Foundations of Economic Analysis de 1947. Wikipedia

[3] Geoffrey Colin Harcourt AC fue un economista académico australiano y miembro destacado de la escuela poskeynesiana. Estudió en la Universidad de Melbourne y luego en King’s College, Cambridge. Wikipedia

[4] Jaime Aboites A Profesor asociado “C” del Departamento de Producción Económica, División de Ciencias Sociales, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco. Actualmente cursa su doctorado en la Facultad de Economía, División de Estudios Superiores de la UNAM. México

[5] El texto de Joan Robinson fue publicada en 1953. Es una estupenda polémica, políticamente amistosa, pero analíticamente demoledora, con un marxista ortodoxo de la época (que típicamente confundía la ciencia con la pasión del escoliasta).

[6] John Maynard Keynes fue un economista británico, considerado como uno de los más influyentes del siglo XX. Sus ideas tuvieron una fuerte repercusión en las teorías y políticas económicas. Wikipedia

[7] En economía, la ley de Say es un principio atribuido a Jean-Baptiste Say que indica que la demanda está determinada por la producción, y que solo produciendo se puede generar demanda: Cuantos más bienes -para los que hay demanda- se produzcan, más bienes existirán que constituirán a su vez demanda para otros bienes. Wikipedia

[8] Karl Heinrich Marx, que del alemán se traduce al castellano como Carlos Enrique Marx, fue un economista, filósofo, sociólogo, periodista, intelectual y político comunista alemán de origen judío. Wikipedia

[9] David Ricardo fue un economista inglés de origen judío sefardí-portugués, miembro de la corriente de pensamiento clásico económico y uno de los más influyentes junto a Adam Smith y Thomas Malthus. Wikipedia

[10] Alfred Marshall fue un economista británico. Nació en Clapham, hijo de William Marshall, cajero en el Banco de Inglaterra, y Rebeca Oliver. Como profesor, ejerció una gran influencia sobre los economistas de su época. Wikipedia

[11] Georg Wilhelm Friedrich Hegel fue un filósofo del Idealismo alemán, el último de la Modernidad, llamado inclusive como la “conciencia de la modernidad”, ​ el tercero de entre quienes podríamos … Wikipedia

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