Por: SEGISFREDO INFANTE

            Es una locución “fragmentaria” que goza de abolengo en la cultura occidental, pero que a la vez se ha universalizado gradualmente. Se encuentra en los textos bíblicos, tanto en la Torá o Pentateuco, como en el “Nuevo Testamento”. Un ejemplo: En el “Libro de Job” el personaje central es visitado por unos amigos apegados fielmente a la letra de la ley, pero incapaces de regalarle misericordia espiritual al hombre justo, sapiente y desgraciado, quien en sus peores momentos luctuosos sufre de enfermedad, desolación, perplejidad, angustia, desamor y desventura. Alguien, nada religioso por cierto, escribió más o menos así: que los verdaderos amigos se conocen en la adversidad, ya se trate de la cárcel, la enfermedad, el exilio, la marginalidad o la pobreza extrema.

            Amar al prójimo es un verbo que se encuentra implícito en el contenido de los “Diez Mandamientos”. Pero la misericordia, como atributo divino que se transfiere a los seres humanos, está claramente documentada en las famosas “Diez Palabras” inscritas en el “Viejo Testamento”. Los tres o cuatro “amigos” de Job poseían conocimiento de la ley mosaica y de otras tradiciones, pero carecían de la indispensable misericordia hacia los demás, razón por la cual fueron excluidos de la presencia divina de “YHVH”.

La concreción del amor al prójimo, en el terreno de los hechos, es consubstancial al discurso del Rabino de Galilea, quien entrelazaba la espiritualidad con la caridad, cuando auxiliaba a los enfermos, a los menesterosos y a los pecadores, ya fueran de su propia nación o de otras naciones. Ignorar este punto, el cual es clarificado en la “Carta de Santiago”, es como anular la misericordia de Dios y de los seres humanos. Jesús llegó al nivel sublime de exhortar a que amáramos a nuestros enemigos. E imploró el perdón de sus verdugos, cuando agonizaba en la cruz.

Después del amoroso Rabino de Galilea, podemos mencionar en épocas recientes el nombre del hinduista Mahatma Gandhi, quien practicaba el amor al prójimo con su ejemplo cotidiano, con su pacifismo real, con sus ayunos infinitos y con el respeto a los adversarios. Incluso fue asesinado por un fanático hinduista, a quien le fue imposible comprender la condescendencia de Gandhi hacia otras religiones. Seguidamente, y casi a la par, tenemos a la católica “Madre Teresa de Calcuta”, con un desprendimiento absoluto hacia los menesterosos de la India, al margen de que pertenecieran a una religión oriental muy diferenciada del cristianismo occidental. Más tarde aparece el político sudafricano Nelson Mandela, quien después de renunciar en forma definitiva a la lucha armada, decide, dentro y fuera de la cárcel, buscar la conciliación nacional de todos sus paisanos, oriundos de diferentes grupos raciales e ideológicos, sin exclusiones, desechando para siempre la venganza “política”, a pesar de haber sido víctima directa de un feroz racismo, cargado de condimentos ideopolíticos. Con tal accionar Nelson Mandela logró que Sudáfrica se instalara con solvencia en el llamado concierto de las naciones realmente democráticas, con algunos capítulos económicos pendientes de solución.

Nuestro amable lector comprenderá, por lo antes esbozado, que es harto difícil amar al prójimo, sobre todo a las personas que por diversos motivos ofenden nuestra dignidad personal. También es harto difícil aprender a perdonar cuando somos difamados sin ningún motivo, en nuestro caso por el simple hecho de publicar. En mi experiencia de escritor he sido expuesto, por haber dicho, casi siempre, que prefiero reflexionar antes que ser fiscal acusador y juez de los demás. Mi tarea es el análisis histórico, filosófico, económico y político de largo alcance. No acusar ni juzgar a individuos. El mismo Rabino de Galilea, con una mirada abarcadora, aconsejaba “No juzgar para no ser juzgados”, pues con la misma vara que medimos seremos medidos. De hecho, Jesús de Nazaret solamente respondía a las preguntas que le formulaban en la plaza pública; o en el círculo de sus discípulos y amigos.

También he sido insultado, en situaciones recientes, por negarme a aplaudir en un cien por ciento la filosofía anti-histórica de Karl Popper, uno de cuyos objetivos principales fue desacreditar a Platón y a Guillermo Hegel. Tales insultos han provenido, inesperadamente, de un colega y dos amigos a quienes he respetado mucho y a quienes, por principio de cuentas, jamás he ofendido. También he recibido dardos más o menos venenosos por negarme a aplaudir el capítulo de la teoría del “superhombre” y la parte del pensamiento antioccidental del alemán Friedrich Nietzsche. A tales personas (a pesar  que me alejo de ellas), las seguiré respetando, y dispensando un inevitable cariño.

Con la pérdida acelerada de valores orientales y occidentales, la necesidad de amar y perdonar al prójimo, se convierte en un imperativo autónomo kantiano, más acá y más allá de las importantes locuciones religiosas, y de los discursos ideopolíticos. Pues el amor es bello y eterno, y en consecuencia se torna irrenunciable.

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