Juan Ramón Martínez

Hermanos y hermanos:

Estamos aquí para recordar a los nuestros. Levantar sus nombres al viento para el que el olvido no cubra de arena sus retratos. Para entender que los hechos humanos se repiten en forma trágica, casi siempre. Y que el poder y la fuerza, muchas veces desconocen a los hermanos. Pierden la capacidad de impresionarse al  oír los lamentos de los demás. De servir al bien común. Y también estamos aquí, en este santo lugar, para entender porque hermanos contra hermanos, se quitan la vida; y les niegan el derecho de cumplir la voluntad de Dios sobre la tierra. No  es fácil entender porque Caín mató a Abel. Ni tampoco entender su excusa cuando Dios le preguntó y respondió con una frase que todavía se usa para justificar las irresponsabilidades:¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?

Si no comprendemos las cosas, las motivaciones de los criminales  es difícil perdonar. Muchos años después todos queremos entender porque ocurrieron los hechos que nos apenan, cuáles fueron los motivos que impulsaron a los ejecutores; los errores cometidos y las finalidades que le dieron fuerza a los criminales para tener la capacidad de odiar tanto y provocar tanto dolor y tanto daño a los demás, sin experimentar sentimiento alguno de culpa. Porque hace poco oyendo las palabras del Padre Nuestro, hemos perdonado a quienes nos han ofendido. Pero no  hemos olvidado los hechos, los nombres de las víctimas y de los ejecutores; y posiblemente nunca lo haremos. Caín siempre oyó,  desde el viento  y las hojas de los arbustos la pregunta: ¿dónde está tu hermano Abel?.

Hace 71 años,  a estas  horas ( 10 am) se asaltaba el Centro Capacitación Santa Clara. Se producían las primeras muertes. Se encarcelaba en el presidio de Juticalpa a hombres y mujeres, trabajadores y visitantes que estaban en el momento de los hechos haciendo diligencias en el Centro de Capacitación que el Obispo Católico Nicolás D’Antony y sus sacerdotes había convertido en una escuela de formación para que los campesinos implorando la posibilidad de vivir mejor, hicieran de la palabra de Dios, una guía certera para la felicidad y el encuentro con el Padre, creador del cielo y de la tierra.

 Todavía, viajaban hacia Juticalpa Iván Betancourt, María Elena Bolívar y Ruth García Mallorquín por la carretera de tierra, sin saberlo, al encuentro de la muerte. Estaban los cadáveres en la Morgue del hospital de Juticalpa de Alejandro Figueroa, Fausto Cruz, Arnulfo Gómez, y Francisco Colindres. Se debatía en lucha desigual defendiendo su vida, victima un disparo en la columna,– en el hospital San Francisco– Máximo Aguilera.  Todavía no había llegado al presidio de Juticalpa la lista fatídica en la que el mayor José Enrique Chinchilla había anotado los nombres de los que quería interrogar y ajusticiar en la casa hacienda de la Finca los Horcones en el Valle de Lepaguare, propiedad de Manuel Zelaya Ordoñez. Todavía, ninguna de las nueve víctimas se había enfrentado al interrogatorio brusco, al golpe directo, la ofensa vulgar y al ruido no escuchado del disparo que les quitó la vida a los que, convertidos en cadáveres fueron tirados, para esconderlos en un pozo de malacate de cuarenta metros de profundidad. Como dijeron después los ingenieros.  

Lincoln Coleman  supo desde el principio que los iban a matar. Se lo dijo a su hija y se despidió en el presido de Miguel Álvarez, con serenidad y firmeza. Bernardo Rivera, el Padre Casimiro, Oscar Ovidio Ortiz, Juan Benito Montoya, Roque Ramón Andrade, Lincoln Coleman, Iván Betancourt,  María Elena Bolívar Vargas y Ruth García Mallorquín, caminaban hacia la tortura y la muerte.

No hay muerte justificada. Solo la de Jesucristo que la entrego voluntariamente para salvarnos a todos nosotros,  lavando nuestros pecados. El resto de las muertes, las ocurridas hace 71 años en el departamento de Olancho; y las que ahora se cometen– día a día– en todo el territorio nacional, no tienen justificación. Ningún humano autoridad y cristiana para matar a otro ser humano.

La vida no es nuestra. Es de Dios. Solo suya. Nos la presta, para que la cuidemos; y se la devolvamos enriquecida; y después de usarla en el  servicio de la construcción de un mundo mejor, para salvados por su santa voluntad, nos coloque al final — a su lado– hasta el fin de los tiempos.

Estamos aquí, para celebrar la vida y condenar la muerte. Si causar la muerte a otro accidentalmente es una tragedia, la muerte deliberada, para silenciar al prójimo, para dañar al otro; y provocar lágrimas y dolores a sus familiares y amigos es un cataclismo que escandaliza a Dios y probablemente hace pensar a los animales – si ellos pudieran hacerlo — que los humanos no son hijos suyos.

Los acontecimientos de junio de 1975, cambiaron radicalmente las cosas en Honduras. Pusieron término final al reformismo militar. Entrecerraron la vía pacifica para hacer las reformas que el país necesitaba – y sigue necesitando — para salir de la pobreza y el abandono. Muchos se encaminaron por la ruta de responder con violencia  a la violencia institucionalizada.  La Iglesia Católica modifico sus relaciones con el movimiento campesino. El campesinado no se pudo recuperar y el vacío que vemos ahora, es fruto de aquel golpe demoledor del que creo que todavía no nos hemos limpiado totalmente todos. Aquella sangre derramada, sembró las bases del desorden establecido que mantiene sitiada a la Republica. Sin anuncios que tal situación pueda cambiar en el cercano futuro.

La vida siguió. Se formó el partido político de los cristianos; y nuevas organizaciones se crearon en el vacío dejado por los hechos de junio de 1975,  pero el rumbo del país se torció. Por ello seguimos vagando en el desierto, sin rumbo; y sin destino, sin honrar a nuestros muertos; y sin levantar en el corazón de las nuevas generaciones el altar para reconocer su sacrificio y sus dolores. Y construir las bases firmes de la paz y la solidaridad.

 Los hijos de las víctimas, siguieron sufriendo el calvario del abandono y la pobreza. Mientras que los de los victimarios, no solo fueron eximidos de su responsabilidad –en una alianza de nacionalistas y liberales en la Asamblea Nacional Constituyente en 1980 que emitiera un decreto de amnistía y un indulto– sino que además, escalaron posiciones en el poder y con el apoyo de los “hijos” de los más humildes, — ignorantes que entregaban su confianza a los menos indicados —  ganaron elecciones y se convirtieron en líderes y conductores del país, con tan mala voluntad que nunca supieron hacia donde lo dirigían. Fueron diputados, ministros, agregados militares en embajadas en Panamá y en Europa; e incluso, algunos descendientes se hicieron Presidentes de la República por dos veces, para mayor ofensa de todos.

Aunque quisiéramos decir lo contrario, las cosas no han cambiado. O, dicho con esperanza, han cambiado muy poco En 1975 fueron 15 las personas muertas. 14 mártires y uno de los asesinos que cayó en la reyerta. Ahora 71 años después,– en la comunidad campesina de  Rigores, municipio de Trujillo, 20 compatriotas fueron asesinados, con la misma saña, la misma perversidad, igual crueldad y odio parecido que en Olancho en 1975, ejecutados por “caínes” iracundos con la diferencia que hasta ahora ignoramos sus nombres. En 1975 las voces de los Obispos, sacerdotes y seglares de la Iglesia Católica, exigieron justicia y lograron que se supiera la verdad. Conocimos los nombres de los asesinos. Y no los olvidamos.

Ahora en cambio nadie reclama por los muertos de Rigores. Y es probable que nunca se sepan los nombres de los asesinos. Nuestros muertos sí, afortunadamente, marcaron con su sangre la cara de los culpables. La impunidad de ayer  y más la de ahora, anima al irrespeto de la vida, alimenta la brusca superioridad del que tiene la fuerza para matar al otro; y además, cuenta con la seguridad de caminar tranquilo sin asumir las responsabilidades que implica hacerle daño a los otros hermanos. Esperando que el poder lo premie por sus crímenes

Hoy elevamos una oración por nuestros muertos y pedimos protección por quienes todavía en la vida, se ganan la existencia con el trabajo honrado y cumplen la voluntad del Padre en la construcción del pueblo de Dios, encaminándose, tomados de la mano como hermanos, al encuentro con el Creador, nuestro padre común.

¡Que Dios tenga a su lado a los justos que murieron por amor al prójimo¡. ¡Que Jesucristo nos de fuerza para seguir adelante¡, perdonando a los que nos han ofendido; e incluso a los que nos ofenden hoy y los que nos van a ofender en el futuro. No como exhibición masoquista  de debilidad, sino como expresión de obediencia a quien dio la vida por nosotros y desde la cruz, — sobre el arco tenso de sus dolores infinitos–, anticipa en el encuentro en que vencida la muerte y derrotado el odio, podemos descansar  en la paz de nuestro Señor. Amen

(*)Texto leído por el autor en la Catedral de Tegucigalpa, el 25 de junio de 2026

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