Por: SEGISFREDO INFANTE

            Por supuesto que hay momentos de relativa tranquilidad. Incluso de paz. Pero tales momentos suelen ser relegados al olvido, en tanto que hay sociedades e individuos que por naturaleza parecieran “conflictuados”. Es decir, personas predispuestas a crear y generar conflictos por donde quiera que caminen, aun cuando a veces tales actitudes posean condimento ideológico en cierto porcentaje justificatorio. El panorama se agrava cuando los acontecimientos humanos se convierten en tornados múltiples, y altamente vertiginosos, que escapan a la racionalidad y a cualquier intento originario de análisis esclarecedor, dada la multiplicidad de los fenómenos “incontrolables”.  

            Aquí reaparece aquella metáfora de los árboles de la orilla que impiden que podamos contemplar el bosque. La mirada se queda atrapada en el comienzo o se pierde entre los senderos de la arboleda, mucho más si se trata de una jungla de bosque impenetrable; o de una selva cuajada de zancudos y otras alimañas. Nos quedamos en el borde de la realidad sin lanzar la mirada abarcadora, racional, indispensable. Las visiones e informes resultan, en consecuencia, superficiales, tramposos o sesgados. Sólo con el paso de los años y las décadas se puede saber la verdad más o menos completa.

            Ocurre que en ciertas circunstancias el individuo íngrimo, o una sociedad específica, apenas subsisten frente a lo que aquí llamamos demasiada realidad inmediata, misma que tiende a obnubilar la mirada, a confundir los conceptos, y a asfixiar la respiración, como si se tratara de un fenómeno tóxico, que más pareciera una acumulación de realidades yuxtapuestas en un solo momento histórico, que impactan sobre un grupo humano en particular. Aunque existen cuando menos cuatro caminos para acceder a la realidad, al individuo “equis” le resulta imposible procesar los datos que, como una avalancha, se le vienen encima. Esos cuatro caminos están señalados en mi libro filosófico “Fotoevidencia del Sujeto Pensante”: El sendero de la filosofía; el de la ciencia; el de la teología; y el del saber popular. En este último conocimiento he incluido la buena poesía, en verso o en prosa. Al final las cuatro esferas de la realidad se interconectan unas a otras, mediante cordones umbilicales o resortes en espiral creciente.

El conocimiento empírico comienza con la realidad sensorial inmediata. Pero si alguien se queda atrapado en la inmediatez, pierde la objetividad y carece de perspectiva regional y universal. Esto es, no tiene la menor idea de los confines del bosque. Por eso Platón y Aristóteles coincidían (a pesar de sus diferencias) en que la realidad sensorial indefinida, sin límites, hace imposible la “ciencia” o el saber filosófico riguroso. No se debe andar por el mundo pretendiendo extraer conocimientos sólidos de fenómenos presentistas y sin sustancia, análogos a las “estrellas” fugaces. En consecuencia, devenimos obligados a trascender las realidades inmediatas apabullantes, y a buscar la sustancia histórica como se busca el oro en las profundidades de los ríos y las cuevas.

A propósito de los tiempos contemporáneos es preciso recordar que en la vitrina de la “Historia” hemos visto desfilar inquisidores exitosos de diverso tipo. Tal vez el primer acto inquisitorial claramente definido ocurrió cuando la mitad de los atenienses, con derecho a voz y voto, acusaron y asesinaron “democráticamente” a Sócrates. De tal suerte que la imagen inmaculada e impoluta de un Tomás de Torquemada, se convierte en un símbolo de las inquisiciones cristianas y anti-cristianas, ateas y creyentes, en contextos histórico-geográficos distantes. Aquí el verbo “inquirir” adquiere un nuevo significado, en tanto que los “torquemadas” de diverso pelaje aparecen y reaparecen en diferentes momentos, tal como lo hicieron en pleno siglo veinte, con mayor fuerza y cobertura, quemando libros y personas, y luego persiguiendo o fusilando a todos los disidentes políticos reales o inventados, bajo cualquier pretexto acusatorio. Los ejemplos al respecto son contundentes y abarcadores. Inclusive masivos y devastadores.

Demasiada realidad inmediata pareciera volver impracticable la reflexión serena que es menester cultivar a fin de trascender la hostilidad del paisaje y del paisanaje, en cualquier parte del mundo en donde se encuentre el sujeto fotopensante. El “Caos”, en la evolución de los mitos, las leyendas y las ideas claras, es lo contrario del “Cosmos” y la “Razón”. Por experiencia se sabe que a pesar de todas las calamidades de los seres humanos, al final del camino desértico, o en el horizonte del mar bravío de la medianoche, se alza luminoso el faro de la razón razonable, conciliadora, en favor de casi todos los segmentos de una sociedad. También aquí contamos con ejemplos contundentes. En este caso la subjetividad universal adquiere objetividad concreta y determinada en personas pacíficas, sólidas, amorosas y equilibradas como Mahatma Gandhi. Nunca en “torquemadas” “conflictuados”, vengan de donde vinieren.

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